Hechos
Hechos

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 23

Pablo ante el concilio

El tribuno seguía sin entender la furia de los judíos contra un hombre en quien él no veía nada digno de reprochar. Para informarse mejor sobre el asunto, hizo comparecer a su prisionero ante el concilio. Una hábil palabra de Pablo (¿pero guiada por el Espíritu?) puso de su parte a la secta de los fariseos. La resurrección de Jesucristo era el fundamento de su doctrina e indirectamente el motivo de la oposición de los judíos. Pero Pablo ni siquiera tuvo la oportunidad de pronunciar el nombre de su Salvador. Echó esa manzana de la discordia entre los adversarios tradicionales: fariseos y saduceos. Seguidamente se produjo un gran tumulto en el concilio. Una vez más el tribuno tuvo que proteger a Pablo.

Después de todos estos acontecimientos, el apóstol solo y tal vez desanimado necesitó ser fortalecido; y el Señor mismo se presentó para consolar a su amado siervo. No le hizo ningún reproche; al contrario, reconoció el testimonio que Pablo acababa de dar en Jerusalén, lo consoló y le recordó su verdadera misión: anunciar la salvación no a los judíos, sino a las naciones. Con este fin iría a Roma.

¡Que podamos experimentar constantemente que “el Señor está cerca” y no estar afanados por nada! (Filipenses 4:5-6; 2 Timoteo 4:17).

Pablo es protegido y enviado a Cesarea

No vemos que el Señor interviniese de un modo milagroso, como en Filipos (cap. 16:26) o en el caso de Pedro (cap. 12:7), para liberar a su siervo. Simplemente dirigió los acontecimientos. Aquí se sirvió del joven sobrino de Pablo, de la calidad de ciudadano romano de este último, del menosprecio del tribuno romano hacia los judíos, a los cuales sin duda se alegraba de poder hacerles una mala pasada. El Señor le había prometido a su siervo que testificaría en Roma (v. 11). Todas las maquinaciones de sus enemigos no podrían, pues, impedírselo. Antes bien, contribuirían con la causa: esas amenazas indujeron al tribuno Lisias a mandar a Pablo bien escoltado a Cesarea (puerto donde el apóstol había desembarcado poco tiempo antes) para librarlo del complot de los fanáticos judíos. Al mismo tiempo, Lisias dirigió una carta al gobernador Félix respecto a su prisionero. Notemos cómo el tribuno arregló los acontecimientos para ocultar el error que estuvo a punto de cometer (v. 27; 22:25). Sin embargo, aquí las faltas de los paganos casi se borran ante la terrible culpabilidad de los judíos. Evidentemente, los cuarenta asesinos conjurados no pudieron cumplir su juramento, atrayendo de ese modo la maldición sobre sus propias cabezas.