Hechos
Hechos

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 5

Presencia del pecado en la asamblea y castigo

El principio del capítulo 4 muestra que la acción del enemigo contra la verdad se ejerce desde afuera. El capítulo 5 comienza con la palabra “pero”: ahora el mal obra desde el interior, para corromper la Iglesia. Desde entonces Satanás no ha dejado de estar activo de estas dos maneras. El espíritu de imitación y el deseo de aparentar piedad llevaron a Ananías y Safira a mentir. Pedro los reprendió con santa indignación y enseguida la mano de Dios los alcanzó. Aquí no se trata de la salvación de sus almas, de su suerte eterna, sino de la manifestación del gobierno de Dios hacia sus hijos. So pretexto de que somos objetos de la gracia de Dios, no pensemos que por ello Dios subestime el pecado en nosotros. Dios es santo y así deben serlo sus hijos (1 Pedro 1:15-17). Al ver lo ocurrido, un gran temor se apoderó de los presentes. Nosotros debemos cultivar ese mismo sentimiento frente a Aquel que lee nuestros más secretos pensamientos.

Los versículos 12-16 nos hablan de los milagros de amor hechos “por la mano de los apóstoles” y nos muestran también que no es suficiente admirar a los creyentes, sino acercarse uno mismo al Señor (v. 13-14). En Apocalipsis 21:8, los cobardes son nombrados en primer lugar entre los que se pierden eternamente.

Oposiciones y persecuciones – Valentía de los apóstoles

El sumo sacerdote y sus compañeros estaban celosos de ver que hombres sin instrucción y no pertenecientes al clero obtuvieran tanto éxito entre la muchedumbre. Además, los saduceos que negaban la resurrección estaban especialmente en contra de los apóstoles, que anunciaban la resurrección del Señor Jesús (v. 17; cap. 4:1-2). Incapaces de ejercer su autoridad de otra manera, echaron en la cárcel a los apóstoles, a quienes no pudieron silenciar. Pero el Señor envió un ángel para librar a sus siervos. Seguidamente estos volvieron a enseñar en el templo. Al saberlo, los jefes del pueblo los hicieron comparecer ante el concilio y les reprocharon querer echar sobre ellos la sangre de “ese hombre”, mientras que, ante Pilato, ellos mismos juntamente con el pueblo habían dicho: “Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos” (Mateo 27:25). Cuando pretendían hacer callar a los apóstoles, Pedro y sus compañeros respondieron:

Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres (v. 29; cap. 4:19).

Una vez más dieron un brillante testimonio de la gloriosa resurrección de Jesús, “Príncipe y Salvador”, así como del perdón de los pecados por medio de él.

Odio fanático, consejo prudente y cristianos felices

Después de haber empleado un ángel para liberar a los suyos, Dios se sirvió de Gamaliel, un eminente fariseo (secta opuesta a la de los saduceos). Era un “doctor de la ley” conocido y respetado por los judíos. Con moderación y valiéndose de ejemplos que todos conocían, exhortó a sus colegas a tener paciencia, pues según el desenlace de ese asunto se vería si la obra era de los hombres o de Dios. Normalmente no es difícil discernir de qué lado están los que dicen ser alguien, como en el caso de Teudas (v. 36). Pero, ¡cuán distinta era la conducta de los apóstoles! Reconocían que ellos no eran nada por sí mismos y daban toda la gloria al nombre de Jesús, a quien perseveraban en anunciar (cap. 3:12; 4:10).

De antemano el Señor había advertido a sus discípulos que echarían mano de ellos, que serían perseguidos y entregados a las sinagogas y a las cárceles (Lucas 21:12). Efectivamente, todas estas pruebas no tardaron en sobrevenirles (v. 17-32), y desde entonces no han cesado de ser la porción de los creyentes en un lugar u otro. A menudo agradecemos al Señor por evitarnos las persecuciones que causan tantos estragos. Pero no olvidemos que sufrir por Su nombre es un honor. Los apóstoles se gozaron “de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del Nombre” (v. 41, comp. 1 Pedro 4:19; Mateo 5:11-12).