Capítulo 8
La obra en Samaria
El Señor había mandado a sus discípulos: “Me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (cap. 1:8). Hasta entonces solo habían cumplido con la primera parte de esa orden. Para hacerlos pasar a la siguiente etapa, el Señor en su sabiduría recurrió a un medio penoso: la persecución, de la que la muerte de Esteban dio la primera señal. Esta tuvo como resultado la dispersión de los creyentes, y en consecuencia la difusión del Evangelio a otros lugares. Un viento desagradable a menudo tiene el feliz efecto de sembrar a lo lejos semillas útiles.
Felipe, el evangelista nombrado en el capítulo 6:5, descendió a Samaria para predicar a “Cristo”: No una doctrina, sino una Persona (v. 5; comp. v. 35). ¡Qué poder tendría nuestro testimonio si en lugar de presentar solamente verdades, también habláramos de Aquel de quien nuestro corazón está (o debería estar) lleno!
Así, esos samaritanos odiados y despreciados por los judíos también participarían de ahí en adelante del bautismo y del don del Espíritu Santo. Ni el nacimiento, ni los méritos, ni el dinero –como se lo imaginaba Simón el mago– dan acceso a tal privilegio. Todo proviene de la pura gracia de Dios.
Un etíope salvado
Felipe acababa de ser el instrumento de una gran obra en Samaria. ¡Cuál habrá sido su sorpresa al recibir la orden de abandonar su campo de trabajo para dirigirse a un camino desierto! ¡Extraño lugar para anunciar el Evangelio! Sin embargo, obedeció sin discutir. Y he aquí pasó el carro de un alto funcionario etíope, quien había hecho un largo viaje para venir a adorar en Jerusalén. Pero, ¿cómo podría encontrar a Dios en la ciudad donde Su Hijo había sido rechazado? Sin embargo, al regresar, este hombre traía un tesoro infinitamente más grande que los de su soberana (v. 27): una porción de las Sagradas Escrituras. Dios lo había conducido en su lectura hasta el corazón del libro del profeta Isaías: el capítulo 53. Así todo estaba preparado para el siervo del Señor. Por medio de Felipe, el etíope aprendió a conocer a Jesús. Pudo ser bautizado y seguir su camino “gozoso” para llegar a ser, muy probablemente, un mensajero de la gracia en su lejano país.
No solo son predicadores del Evangelio los que se dirigen a las multitudes. Empecemos por ser obedientes, en particular en nuestros desplazamientos. Entonces el Señor permitirá que nos hallemos justo en el momento preciso en el camino de alguien a quien podamos anunciar a Jesús.
