Hechos
Hechos

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 13

Bernabé y Pablo llamados – Chipre

Aquí empieza una nueva división del libro de los Hechos. La iglesia de Antioquía viene a ser el punto de partida de la obra que se cumplirá entre las naciones. Bernabé y Saulo se fueron, llamados y apartados por el Espíritu Santo y acompañados por las oraciones de la iglesia. Su primera estación fue la isla de Chipre, de la cual Bernabé era oriundo (cap. 4:36). Al llegar a Pafos, los apóstoles fueron convocados por el procónsul Sergio Paulo, el más alto funcionario romano de la isla. Este “varón prudente” conocía al Dios de los judíos y deseaba oír su Palabra. Pero estaba aconsejado por un inquietante personaje: Elimas, mago judío, quien ejerciendo una actividad abominable a los ojos de Dios (véase Deuteronomio 18:9-10), aprovechaba las necesidades espirituales de Sergio Paulo para influir nefastamente sobre él. La oposición de ese hombre produjo precisamente lo que buscaba impedir y permitió que Pablo –llamado así por primera vez– diera al procónsul una prueba del poder del Señor castigando al falso profeta.

Elimas es una figura del pueblo judío, el cual a causa de su resistencia al Espíritu de Dios ha sido enceguecido “por algún tiempo”, para beneficio de las naciones.

Juan (Marcos) se devuelve – Predicación en Antioquía de Pisidia

Los apóstoles, prosiguiendo su viaje, llegaron a Panfilia. Pero allí Juan, llamado también Marcos (cap. 12:12), los abandonó y volvió a Jerusalén. Su fe no estaba a la altura del servicio para el cual se comprometió ni de las dificultades que entreveía. No basta con acompañar o imitar a un siervo de Dios. Incluso en una obra en común, cada uno tiene su propia responsabilidad ante el Señor y solo puede andar con su fe personal.

Al dirigirse a los judíos en la sinagoga de Antioquía de Pisidia, Pablo, como Esteban, recordó la historia de Israel y mostró cómo Dios había cumplido en Jesús las promesas hechas a David (Salmo 132:11). David era precisamente una figura preciosa del Salvador que debía descender de él (v. 23). Porque en contraste con Saúl, rey según la carne, Dios había escogido en la persona de David a un hombre según su corazón, quien haría todo lo que él quería (v. 22).

Todo concordaba para reconocer y designar a Jesús como el Mesías: el testimonio de Juan después del de todos los profetas, el cumplimiento de las Escrituras por su muerte, pese a que ningún crimen fue hallado en él (v. 28; Isaías 53:9), y por encima de todo su resurrección (v. 30).

Los oyentes divididos en dos grupos

“Si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación”, escribiría el apóstol Pablo a los Corintios (1 Corintios 15:14). No nos extrañemos, pues, al verlo insistir tanto en la resurrección del Señor Jesús. A los judíos ella les demostraba que él era el Mesías prometido, Aquel de quien habla el Salmo 16 y otras Escrituras (v. 34-35). A los paganos les confirmaba el poder de Dios y la inminencia de su juicio (cap. 17:31). A nosotros, los creyentes, la presencia de nuestro Redentor vivo en la gloria nos garantiza que su obra ha sido aceptada por Dios para nuestra justificación (Romanos 4:25), que nuestra porción es celestial (Colosenses 3:1-2) y que nuestra esperanza es segura y firme (Hebreos 6:18-20).

Por desgracia “el Evangelio” solo encontró contradicción y blasfemia por parte de los desdichados judíos (v. 45). Entonces, obedeciendo la orden del Señor, los apóstoles se volvieron solemnemente a las naciones, confirmando que la remisión de pecados es para “todo aquel que cree” (v. 38-39).

Aquellos judíos se juzgaban indignos de la vida eterna (v. 46). Y esto por incredulidad, mas no por humildad. El Señor los había designado bajo la figura del hijo mayor en la parábola del hijo pródigo (Lucas 15:25). Este en su egoísmo y su propia justicia se privaba voluntariamente de la alegría de la casa paterna.