Capítulo 7
Discurso de Esteban
Cuando el sumo sacerdote cedió la palabra a Esteban, este no aprovechó para refutar las falsas acusaciones de las cuales le inculpaban. El Espíritu Santo, del cual estaba lleno, le dictó “en la misma hora” lo que debía contestar (Lucas 12:11-12). Se sirvió de la historia de Israel para exponer los caminos de Dios y su fidelidad, al mismo tiempo que la infidelidad del pueblo. En efecto, ese relato que ocupa un relevante lugar en la Palabra de Dios contiene, bajo forma de “figuras”, enseñanzas destinadas a servir de advertencia (1 Corintios 10:11).
Abraham fue llamado por el Dios de gloria y obedeció (Hebreos 11:8). Por la fe confió en las promesas que Dios le había hecho desde antes del nacimiento de Isaac. Sus descendientes debían residir algún tiempo en Egipto y padecer allí bajo el yugo de la esclavitud, para luego salir de ese país e ir a servir al Señor en la tierra prometida. “Me servirán” (v. 7), palabras apropiadas para alcanzar la conciencia de ese pueblo indócil y rebelde.
La historia de José, rechazado por sus hermanos y luego exaltado por el Faraón, ilustra notablemente el odio de los judíos hacia Cristo y la posición gloriosa que Dios le dio después de haberlo librado “de todas sus tribulaciones” (v. 10).
Esteban continúa su relato
Esteban había sido acusado de proferir palabras blasfemas contra Moisés (cap. 6:11). Pero, por el contrario, ¡con qué veneración habló de aquel patriarca! La hermosura que Dios discernió en el recién nacido (v. 20), más tarde su poder en palabras y obras (v. 22), el amor que lo movió a visitar a sus hermanos (v. 23) y la incomprensión con la cual tropezó cuando quiso librarlos (v. 25, 35) son otros tantos rasgos que debían incitar al pueblo a fijar sus ojos en el Salvador a quien había rechazado. Además, el mismo Moisés había anunciado la venida de Cristo exhortando a escucharlo (v. 37). El apóstol Pedro, antes que Esteban, en su discurso del capítulo 3 (v. 22) había citado ese versículo 15 de Deuteronomio 18. ¡Doble testimonio del cumplimiento de esta Escritura! Pero ese pueblo se mostró rebelde e idólatra desde el principio de su historia; y pese a los más grandes testimonios de amor y paciencia de parte de Dios, su carácter natural no ha cambiado. Así son nuestros pobres corazones. Tan lejos como podamos remontarnos en nuestros recuerdos, aun en la más tierna infancia, hallamos la desobediencia y la codicia. Solo el poder de Dios ha podido darnos otra naturaleza.
El primer mártir
Esteban siguió su relato. Pese a comparecer como acusado ante el concilio, es él, por el contrario, quien enjuiciaba de parte de Dios a ese pueblo de “dura cerviz”, como ya se lo llama en Éxodo 32:9 y 33:3.
Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo (v. 51),
les dijo, estando él lleno del Espíritu. ¿Nosotros también le resistimos cuando se trata de hacer la voluntad del Señor, o de no hacer la nuestra?
¡Qué contraste entre la paz del discípulo, absorto en la visión gloriosa de Jesús a la diestra de Dios, y el furor de sus adversarios! Esta rabia los incitó, aun sin un simulacro de juicio, a cometer el crimen que durante muchos siglos acarrearía el rechazo de los judíos como nación y su dispersión por toda la tierra. Comparando las últimas palabras de este hombre de Dios (v. 56, 60) con las del Señor en la cruz (Lucas 23:34, 46), notamos una vez más cómo el discípulo se parece al Maestro sobre el cual ha puesto sus ojos. Ese homicidio es la trágica conclusión de la historia del pueblo rebelde, narrada por Esteban. Él la firmó con su propia sangre, llegando a ser así el primer mártir de la Iglesia después de la larga lista de los profetas perseguidos (v. 52; 1 Tesalonicenses 2:15-16). Esta escena introdujo el período de la Iglesia, caracterizada por la presencia del Espíritu Santo en la tierra (Esteban estaba lleno de él) y la de Cristo glorificado a la diestra de Dios, tal como lo describe el fiel testigo.
