Hechos
Hechos

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 2

Descenso del Espíritu Santo

Ya habían pasado algunos días desde la ascensión del Señor. Su promesa, como la del Padre, iba a cumplirse (cap. 1:4). En forma de “lenguas repartidas, como de fuego”, el Espíritu Santo, persona divina, descendió a la tierra y se posó sobre cada uno de los discípulos. Seguidamente su poder se manifestó en ellos: tuvieron la capacidad para expresarse en idiomas que no conocían. Así Dios remedió en gracia la maldición de Babel y confirmó a todos que la bendición divina iba a extenderse por toda la tierra (Génesis 11:1-9).

La fiesta judía de pentecostés atraía cada año a Jerusalén una considerable muchedumbre de israelitas esparcidos por todas las naciones. Esa concurrencia ofreció la oportunidad para tener la primera gran reunión de evangelización. ¡Cuántos motivos de admiración para esa multitud! Cada uno pudo oír hablar en su propia lengua “las maravillas de Dios”. Y los que las presentaban eran unos “galileos” sin mucha instrucción (comp. 4:13; Juan 7:15). No es necesario pertenecer a una elite ni haber realizado ciertos estudios para ser siervo del Señor. Depender de él y someterse a la acción del Espíritu Santo son las principales condiciones requeridas. ¡Que cada uno de nosotros pueda cumplirlas!

Este discurso de Pedro logra su meta

Partiendo de un texto del profeta Joel (Joel 2:28-32), Pedro demostró a los judíos que el poder que actuaba en ellos era de origen divino. Cuando oigamos una lectura o una meditación bíblica, nunca olvidemos que Dios nos habla. En su predicación, Pedro recordó la vida perfecta de Cristo, su muerte y su resurrección anunciadas en varios pasajes del Antiguo Testamento y atestiguadas por los apóstoles. Así, a “este Jesús” que el pueblo había crucificado, Dios lo hizo sentar a su diestra, designándolo como Señor y Cristo. ¡Qué terrible debió ser para esos asesinos convencerse de haber cometido semejante crimen! Tocados en su conciencia, los oyentes se compungieron de corazón, es decir, fueron presos de temor y confusión a la vez. ¿Cómo apaciguar a Dios después de tal ultraje? En primer lugar, por el arrepentimiento, respondió Pedro. Este no consiste en un simple pesar por haber obrado mal, sino en un juicio que hacemos juntamente con Dios sobre nuestros malos actos, y en el abandono de la conducta anterior; esa ya es una primera manifestación de fe. Tres mil personas fueron convertidas y bautizadas después de esa primera predicación.

Efectos del poder del Espíritu Santo

El capítulo 2 termina con un admirable cuadro de la Iglesia en sus comienzos. Como hoy en día, realizaba reuniones para la edificación, la adoración y la oración (v. 42). Sin embargo, ahora frecuentemente limitamos la vida de la asamblea a estas reuniones, cuando debería tener su prolongación en las casas de los que la componen (v. 46). “Y sobrevino temor a toda persona”, declara el versículo 43. La seriedad y la gravedad pueden coincidir perfectamente con la alegría señalada en el versículo 46.

En el capítulo 3 vemos el poder del Espíritu Santo manifestándose no solo en las palabras de los apóstoles, sino también en sus obras.

Al pedir limosna a Pedro y a Juan, el cojo sentado a la puerta del templo, llamada la Hermosa, estaba lejos de esperar el don que iba a recibir: una milagrosa curación por la fe en el solo nombre de Jesús. “Lo que tengo te doy”, le dijo Pedro (v. 6). Cuando se trata de dar algo, generalmente pensamos primero en el dinero (v. 6). Pocas veces pensamos en dar a conocer nuestro inagotable tesoro celestial, a nuestro Salvador, lo cual es un gran privilegio.

¡Qué cambio para ese pobre cojo! Hasta entonces había estado “a la puerta”, es decir, fuera. Entonces entró en la presencia de Dios para alabarlo (v. 8). ¿Estará alguno de nuestros lectores aún “a la puerta”?