Capítulo 20
Un sueño peligroso
La manifestación hostil en Efeso llevó a Pablo a abandonar esa ciudad (comp. Mateo 10:23). Después de haber ido a Grecia, pasando por Macedonia, volvió por el mismo camino y abordó en Troas. El relato que se halla en los versículos 7-12 confirma que la cena se celebraba el primer día de la semana, como hoy en día. El sueño de Eutico durante la predicación de Pablo puede parecernos inconcebible. Pero, ¿no es también el apóstol quien nos habla cuando leemos sus epístolas? ¿Qué atención le prestamos? Ese terrible accidente nos muestra, respecto del orden moral, hasta dónde puede conducirnos la indiferencia hacia la Palabra: una caída y un estado de muerte. Pero aquí la gracia de Dios concedió un milagro consolador.
Por analogía, esta escena también puede hacernos pensar en la historia de la Iglesia responsable. Su sueño, su ruina y su aparente muerte han sido el resultado de la indiferencia hacia la enseñanza de los apóstoles, contenida en el Nuevo Testamento. Sin embargo, el Señor permitió un despertar seguido de alimento y consuelo para los suyos mientras esperan el alba de la gran partida (el arrebatamiento).
Pablo dejó Troas, queriendo ir solo por tierra. ¡Subrayemos el beneficio de andar a solas con el Señor! Luego se reunió con sus compañeros en Asón, de donde zarpó en dirección a Jerusalén.
Discurso de despedida a los ancianos de Éfeso
En Mileto, Pablo mandó llamar a los ancianos de Efeso para hacerles unas recomendaciones y despedirse. Les recordó lo que había sido su ministerio en medio de ellos y el ejemplo que se esforzó en darles. También les advirtió sobre los peligros que de afuera y de adentro amenazarían a la Iglesia (v. 29-30). ¿Cómo enfrentarlos? Los exhortó a estar vigilantes, pero sobre todo los encomendó a la gracia de Dios.
En lo que le concernía, el apóstol tenía un solo pensamiento: acabar fielmente su carrera (esta era un asunto personal para él; comp. 2 Timoteo 4:7) y el “ministerio” (este era el del Señor, comp. 1 Timoteo 1:12). Su vida no tenía otro sentido y estaba dispuesto a sacrificarla por la Iglesia que “muchas lágrimas” le había costado (v. 19, 31; Colosenses 1:24). Pero, ¿qué era esto en comparación con el infinito valor que la Iglesia tiene para Dios? A él le costó nada menos que la sangre de su propio Hijo (v. 28; 1 Pedro 1:19). En este inmenso precio el apóstol hallaba el motivo de su abnegación y lo recordó a los ancianos de Efeso para recalcarles su propia responsabilidad.
Para terminar, Pablo citó un precioso dicho del Señor Jesús:
Más bienaventurado es dar que recibir (v. 35).
¡Que podamos experimentarlo al imitar a Aquel que nos ha dado todo!
