Capítulo 26
Poderoso testimonio de Pablo ante Agripa
Invitado a testificar ante el rey Agripa, Pablo extendió solemnemente su brazo cargado de cadenas. Como en el capítulo 22, hizo el relato de su encuentro con el Señor y de las condiciones en que su servicio le fue confiado. Habiéndole sido abiertos sus propios ojos, recibió la tarea de abrir los de los gentiles para que por la fe tuvieran acceso a la luz, la libertad, el perdón de pecados y la herencia entre los santos (v. 18; Colosenses 1:12-13).
Las circunstancias de las conversiones no se parecen. Pedro estaba en su barco cuando reconoció su estado pecaminoso. Leví estaba recaudando los tributos públicos y Zaqueo se hallaba sobre un árbol cuando el Señor los llamó (Lucas 5:8, 27-28; 19:5). El etíope fue convertido en su carro y el carcelero de Filipos en la prisión a medianoche (Hechos 8:27, 16:29 y sig.). En cambio Pablo lo fue a mediodía, cuando iba por el camino a Damasco (v. 13). Lo importante es que cada uno pueda decir dónde y cómo conoció a Jesús; y no temamos contar nuestra conversión cuando se presente la oportunidad. No se trata de vanagloriarnos, puesto que al mismo tiempo debemos hablar del triste estado en que fuimos hallados. Al contrario, al testificar de nuestro encuentro con Jesucristo, exaltamos la soberana gracia que nos sacó de allí.
Casi cristiano
Llamado por Jesucristo para un ministerio extraordinario entre las naciones, Pablo no fue desobediente (v. 19). ¡Que nosotros tampoco seamos rebeldes para cumplir con los modestos servicios que el Señor nos ha confiado!
Para Festo, hombre sin necesidades espirituales, los conceptos de Pablo eran pura divagación (v. 24). En efecto, “el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura” (1 Corintios 2:14). Entonces el apóstol se dirigió directamente al rey Agripa; lo hizo con respeto, pero también con la autoridad que le daba la Palabra de Dios (Salmo 119:4). El rey escondió su turbación desviando la pregunta (v. 28). No obstante, estar casi convencido o “por poco” llegar a ser cristiano, es estar todavía completamente perdido.
¿Quién tenía la suerte más envidiable, el rey o el cautivo? Consciente de su alta posición ante Dios, Pablo, el prisionero de Jesucristo, no pensaba en la posición del hombre que estaba en su presencia, sino en su alma. No nos dejemos detener por la apariencia de los hombres, pensemos más bien en su destino eterno.
El apóstol fue llevado sucesivamente ante el concilio judío, Félix, Festo y Agripa. Pero también era necesario que compareciera ante César, quien en aquel tiempo era el cruel Nerón.
