Juan
Juan

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 19

Su condenación

Para burlarse, los soldados vistieron a Jesús con un manto de púrpura y una corona de espinas. Pilato aceptó presentarlo al populacho con ese atuendo: “¡He aquí el hombre!”. Con ira, los jefes contestaron:

¡Crucifícale! ¡Crucifícale!.

E invocaron un nuevo motivo: Ha blasfemado; “se hizo a sí mismo Hijo de Dios”. Pero esto hizo que el gobernador romano se sintiera más incómodo, pues podría ser que tuviese ante sí no solo a un rey, sino a Dios (v. 7-8). Para darse seguridad, invocó su poder; pero Jesús lo puso en su verdadero sitio. Ese magistrado pagano aprendió seguramente por primera vez quién le había dado su autoridad: la tenía no de César, como lo pensaba, sino de “arriba” (v. 11; Romanos 13:1). Al darse cuenta de que no tenía ascendencia sobre ese acusado extraordinario y que dicho caso lo superaba, quiso soltarlo. Pero los judíos no quisieron saber nada de ello y utilizaron un último argumento: “Si a este sueltas, no eres amigo de César”. Así, a pesar de la advertencia recibida (v. 11), el gobernador trató de complacer a los hombres y no a Dios. Al temer a la vez el resentimiento de los judíos y la reprobación de su soberano, sacrificó deliberadamente al inocente.

La cruz

Aquel que algunos días antes había entrado en Jerusalén con toda su majestuosidad real, salió de ella “cargando su cruz”. El mismo contraste se observa en el título que Pilato colocó sobre la cruz: El “Rey de los judíos” es “Jesús Nazareno”. Fue crucificado entre “otros dos”, y puesto así al nivel de un malhechor. Sin embargo, este evangelio no habla de los ultrajes que padeció por parte de los hombres (Mateo 27:39-44), ni de las terribles horas de abandono por parte de Dios cuando llevaba nuestros pecados. Todo aquí es paz, amor y obediencia a Dios.

El versículo 25 menciona la presencia y los nombres de algunas mujeres que miraban con el corazón quebrantado. Jesús confió su madre al discípulo que mejor conocía Su afecto.

Notemos cómo todo debe desarrollarse según “la Escritura”, hasta en los más mínimos detalles: la repartición de los vestidos (v. 24), el vinagre presentado al Salvador (v. 28; véase v. 36-37). Entonces Jesús mismo cumplió el último acto de obediencia voluntaria: “Entregó el espíritu” (v. 30, 10:18). Si alguien quisiera hacer algo para asegurarse la salvación, que escuche y crea las últimas palabras del Salvador al morir:

Consumado es,

o sea: “Cumplido está” (en griego esta expresión equivale a una sola palabra: tetelestaï, palabra que se escribía al final de una factura pagada). Nuestra inmensa deuda para con Dios ha sido pagada eternamente.

El costado abierto – Puesto en el sepulcro

Cuando los soldados iban a rematar a los crucificados, quebrándoles las piernas, comprobaron que con Jesús esa medida era inútil, pues ya había muerto. Para el malhechor convertido, aquella brutalidad significaba el cumplimiento de la palabra del Señor:

Hoy estarás conmigo en el paraíso 
(Lucas 23:43).

Pero uno de los soldados no temió profanar con su lanza el cuerpo del Señor (comp. Zacarías 12:10). A este último ultraje respondió una maravillosa señal de gracia: la sangre de la expiación y el agua de la purificación emanaron de su costado traspasado.

Luego tuvo lugar la sepultura de nuestro amado Salvador. Dios había preparado a dos discípulos para que rindieran al cuerpo de su Hijo los honores anunciados en las Escrituras: “Con los ricos fue en su muerte” (Isaías 53:9). Hasta entonces José y Nicodemo no habían tenido el valor de tomar abiertamente posición a favor de él. Pero ahora, conmovidos por la magnitud del crimen de su nación, comprendieron que guardar silencio los haría culpables de solidaridad. Amigos creyentes, nunca olvidemos que el mundo en el que vivimos ha crucificado a nuestro Salvador. Callar o complacernos con los asesinos equivaldría a negarlo. Por el contrario, es la oportunidad de darnos a conocer valientemente como sus discípulos.