Juan
Juan

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 20

El día de la resurrección

La primera persona que se apresuró hacia el sepulcro en esa gloriosa mañana de la resurrección fue María Magdalena, esa mujer de la cual el Señor había echado siete demonios (Marcos 16:9). Pero alguien se le había adelantado, pues la piedra del sepulcro ya estaba quitada. Entonces avisó a Pedro y Juan, quienes a su vez corrieron hacia la tumba y hallaron las pruebas evidentes de la resurrección… pero volvieron a su casa, sin embargo María no. Tan embargada estaba por el pensamiento de volver a encontrar a su amado Señor (v. 13) que no parecía sorprenderse de la presencia de los ángeles. Jesús no pudo dejar semejante afecto sin respuesta. Y ¡cómo fueron superados los pensamientos de María! Fue un Salvador vivo el que se acercó a ella, la llamó por su nombre y le confió un mensaje del más sublime valor. «El apegarse personalmente a Cristo es lo que permite a uno tener verdadera comprensión», dijo alguien. Jesús encargó a María la misión de anunciar a sus “hermanos” que la cruz, lejos de haberlo separado de ellos, era la base de vínculos completamente nuevos. Hechos inestimables: su Padre llegó a ser nuestro Padre, y su Dios, nuestro Dios. Jesús nos colocó para siempre en esas felices relaciones para el gozo de su propio corazón, para el del Padre y para el nuestro (Salmo 22:22; Hebreos 2:11-12).

Paz por un lado, duda por el otro

Era la noche de un maravilloso primer día de la semana. Según su promesa, el Salvador resucitado se presentó en medio de sus discípulos reunidos (cap. 14:19). Les mostró en sus manos y su costado “las pruebas indubitables” de que la paz con Dios había sido hecha (Hechos 1:3). Sopló en ellos la nueva vida (comp. Génesis 2:7; 1 Corintios 15:45) y los envió a anunciar el perdón de los pecados a los que creyesen (v. 23).

Ese domingo Tomás estaba ausente. Y cuando los demás discípulos le dijeron: “Al Señor hemos visto”, no creyó. Cuántos hijos de Dios se privan con ligereza de la preciosa reunión alrededor del Señor Jesús… tal vez porque, en el fondo de sí mismos, no creen verdaderamente en su presencia. Tomás representa al remanente judío que, en un futuro, reconocerá a su Señor y Dios al verlo. “¿Qué heridas son estas en tus manos?”, preguntarán (Zacarías 13:6). Pero la parte bienaventurada de los redimidos del período actual es la de creer aun sin haber visto (1 Pedro 1:8). Con ese fin “se han escrito” estas cosas, no para ser leídas solamente, sino para ser creídas. Es necesario que nuestra fe, fundada en las Escrituras, se aferre al que da la vida, al Hijo de Dios (v. 31).