Juan
Juan

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 5

Confesar su incapacidad

Ese estanque de Betesda (que significa casa de la misericordia) era una figura del antiguo pacto de Dios con el pueblo de Israel. Para poder meterse en el agua bienhechora, estos enfermos necesitaban fuerza y, para tener esa fuerza, hubiera sido necesario estar curado. Del mismo modo, la ley hace vivir solo al que la cumple enteramente, y nadie es capaz de hacerlo. A menos que uno haya precisamente recibido primero la vida divina.

Uno se preguntará por qué, entre esa multitud de enfermos, ciegos y cojos, Jesús parece haberse ocupado solo de ese paralítico. Para beneficiarse de su gracia, dos condiciones son necesarias: experimentar el deseo y la necesidad, sentimientos que hace resaltar la pregunta del Señor: “¿Quieres ser sano?”, así como la respuesta del desdichado: “No tengo quien me meta en el estanque”. Alguien se le había adelantado siempre para meterse en el estanque, y toda su miserable vida había sufrido una decepción tras otra. Sin duda, en otros tiempos había contado con los suyos o con amigos caritativos, pero hacía mucho que estos se habían desanimado. Después de treinta y ocho años él también había perdido sus últimas esperanzas. Ya no tenía a nadie, ¡entonces estaba dispuesto a aceptar a Jesús!

Amigo aún inconverso, no espere más tiempo para comprender que solo Jesús puede salvarlo. Pero, ¿lo desea usted sinceramente?

Unidad del Padre y del Hijo

El odio de los judíos dio a Jesús la oportunidad de manifestar aún algunas de sus glorias:

1. Su trabajo de amor para quitar el pecado del mundo (v. 17; cap. 1:29). En presencia de la ruina de su creación, el Hijo no podía descansar, como tampoco el Padre.

2. El amor infinito del Padre hacia su Hijo, con quien comparte todos sus consejos (v. 20; cap. 3:35).

3. El poder de vida que está en él (v. 21, 26), por medio del cual ahora da la vida eterna a los que creen en él (v. 24). Cuando llegue la hora, Jesús ejercitará ese poder para resucitar a los muertos (v. 28-29).

4. El juicio que le ha sido dado en su calidad de Hijo del Hombre (v. 22, 27).

5. En los versículos 19 y 30 vemos su perfecta obediencia. ¡Qué valor tiene esa obediencia realizada precisamente por Aquel que debe ser obedecido por toda criatura! (v. 23). Si el Señor habla de sus propias glorias es porque estas están estrechamente ligadas a las de su Padre. El que no honra al Hijo ofende al que lo envió (v. 23; ver 1 Juan 2:23). Ante tantas perfecciones de nuestro Salvador, solo podemos maravillarnos (v. 20) y adorarlo.

Un cuádruple testimonio

Jesús respondió a la incredulidad de los judíos invocando cuatro testimonios a su favor: el de Juan (v. 32-35), el de sus propias obras (v. 36), el del Padre, que en el Jordán lo había señalado como su Hijo amado (v. 37) y, finalmente, el de las Escrituras (v. 39). En los libros de Moisés a menudo se hace referencia al Mesías (v. 46; por ej. Génesis 49:10, 25; Números 24:17). Aunque los judíos pretendían venerar a Moisés, no creían en sus palabras, pues rechazaban a Aquel a quien él había anunciado (véase Deuteronomio 18:15). En cambio estarán dispuestos a recibir al anticristo, del cual el Señor habla en el versículo 43.

“Escudriñad las Escrituras”, recomienda el Señor Jesús. Por medio de ellas podremos conocer más a su infinita Persona.

Recibir la gloria de los hombres y buscar su aprobación es una forma de incredulidad, como lo hace notar el Señor (v. 44). Dios declara que no somos nada (Gálatas 6:3) y que no hay nada de lo cual podamos gloriarnos (2 Corintios 10:17). ¡Pero cuántas veces, en lugar de creerle, nos complacemos en el bien que los demás puedan pensar de nosotros! Jesús no buscaba ninguna gloria de parte de los hombres (v. 41; comp. Pablo en 1 Tesalonicenses 2:6). Podremos imitarlo si tenemos en nosotros el amor de Dios y el deseo de agradarle (comp. v. 42).