Capítulo 3
El nuevo nacimiento
Temeroso, pero impulsado por las necesidades de su alma, Nicodemo acudió a Aquel que es la vida y la luz (cap. 1:4-5). Ese principal de entre los judíos, ese eminente maestro de Israel, aprendió del divino Maestro una verdad tan extraña como humillante para él: sus cualidades, conocimientos o aptitudes humanas no le daban derecho al reino de Dios. Porque así como entramos en el mundo de los hombres por medio del nacimiento natural, es necesario otro nacimiento para entrar en ese dominio espiritual, el de la familia de Dios.
En la respuesta del Señor encontramos dos veces la expresión “es necesario”. Una se aplica al hombre:
Os es necesario nacer de nuevo.
La otra, su terrible contrapartida, concierne a nuestro adorable Salvador: “Es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado”. El sacrificio de Jesucristo, puesto en la cruz a la mirada de mi fe, me salva de la perdición eterna (v. 14-15; comp. Números 21:8-9). Al contemplarlo, aprendo a conocer el amor de Dios para con el mundo –como para mí personalmente– y la suprema prueba que él ha dado de ese amor. El mundo no será juzgado sin haber sido previamente amado, como lo ha sido a través de la obra de Jesús. Todo el Evangelio está contenido en el maravilloso versículo 16, que ha sido el medio de salvación para innumerables pecadores, y ante el cual nuestras almas deberían quedar extasiadas.
Que Jesús crezca, y que yo mengüe
Los discípulos de Juan se sintieron un tanto celosos al ver que su maestro perdía importancia en provecho de otro (v. 26; 4:1). Excepto dos de ellos (uno de los cuales era Andrés), que habían dejado a Juan para seguir a Jesús (cap. 1:37), no habían entendido cuál era precisamente la misión del precursor. Él era el amigo del Esposo. Y lo que provocaba el descontento de sus discípulos, a Juan, por el contrario, lo llenaba de gozo (v. 29). Él era feliz quedándose en la sombra. Su hermosa respuesta debería quedar grabada como una divisa en nuestros corazones:
Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe (v. 30).
Estas palabras dieron a Juan la oportunidad de exaltar al Señor Jesús: Él está por encima de todos, no por la autoridad que la muchedumbre le reconoce, sino porque “viene del cielo” (v. 31). Y no vino de allí como un ángel sino como el objeto de todo el amor del Padre, como su Heredero (Hebreos 1:1-2).
Una visita tan importante puso a la humanidad a prueba y la dividió en dos grupos: el de los que creen en el Hijo y tienen, por ese hecho, la vida eterna, y el de los que a causa de su incredulidad permanecen bajo la ira de Dios.
¡Qué terrible pensamiento! ¿De qué lado se encuentra usted? (cap. 20:31).
