Capítulo 9
Curación de un ciego de nacimiento
El evangelio de Juan es el de los encuentros personales con el Señor: Nicodemo, la samaritana, el paralítico de Betesda, el ciego de nacimiento, hombres y mujeres de todas las condiciones sociales estuvieron personalmente en relación con Jesús. Y usted, querido lector, ¿ya tuvo un encuentro personal con él?
Ese ciego de nacimiento ilustra nuestra condición natural. El pecado nos impide percibir la luz de Dios. Nuestra visión moral y espiritual está oscurecida desde nuestro nacimiento. Dios tiene que abrirnos los ojos en cuanto a nuestro estado moral, a las exigencias de su santidad, a lo que él piensa acerca del mundo…
No fue como consecuencia de un pecado particularmente grave que Dios permitió dicha prueba para ese hombre y sus padres; pero esa circunstancia dio a Jesús la oportunidad de hacer brillar su gracia. El lodo es aquí una figura de la humanidad del Señor presentada al hombre. Para poder ver, este tiene que ser lavado: la Palabra (el agua) le revela a Cristo como el “Enviado” de Dios (Siloé). El ciego fue al estanque creyendo y regresó viendo. Luego tuvo que dar su testimonio. Sus vecinos, los que lo conocían, se extrañaban: “¿No es este el que…?”. Una conversión no puede pasar inadvertida. La nuestra, ¿produjo en nuestra vida un cambio visible a todos?
Una declaración muy clara
El ciego sanado fue, para los fariseos, un molesto testigo del poder de Jesús; por eso buscaron primeramente sacarle a él o a sus padres unas palabras que les permitieran poner en duda ese milagro. Pero cuando no pudieron negarlo, trataron de desprestigiar y deshonrar a Aquel que lo había hecho (cap. 8:49). “Nosotros sabemos que ese hombre es pecador” (v. 24), afirmaron, pese a que poco antes el Señor les había preguntado: “¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?” (cap. 8:46).
Hay una gran diferencia entre el ciego sanado y sus padres. A estos les interesaba más su posición religiosa que la verdad. Confesar a Jesús como el Cristo y participar del rechazo del cual era objeto era más de lo que podían soportar. Temían el oprobio, y ¡cuántos se les parecen hoy en día! El beneficiado, por el contrario, dejaba de lado semejantes razonamientos. Los fariseos no consiguieron quitarle su humilde confianza en Aquel que lo había sanado. Había pasado de las tinieblas a la luz, y esto no era para él una teoría o una doctrina, sino un hecho evidente:
Una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo (v. 25),
les dijo simplemente. ¿Podemos decir como él?
Progreso espiritual del ciego curado
Para su felicidad, el ciego sanado fue expulsado por los fariseos, pues encontró a Aquel que había sido rechazado antes que él y que también había salido del templo (cap. 8, fin). Entonces ese hombre podría dar un gran paso en la comprensión de la verdad y conocer no solo el poder de Jesús,sino su Persona: El Hijo de Dios (v. 35-37), en quien él había discernido anteriormente un profeta (v. 17). A muchas personas les basta saber que son salvas y viven en la ignorancia en cuanto al Salvador. Tal vez porque todavía están ligadas a los sistemas religiosos y no han experimentado la presencia del Señor donde él la ha prometido (Mateo 18:20).
Aunque pretendían ver claro, los fariseos se dejaban enceguecer por el odio y el orgullo religioso. En el capítulo 8 vemos que rechazaron la Palabra del Señor; en el 9 no quieren saber nada de su obra. Por eso no tuvo nada más que ver con ellos. Llamó a sus propias ovejas por su nombre, las llevó fuera y caminó delante de ellas. Pero, ¿no podrían ellas equivocarse y seguir a un extraño? ¡Oh no!, tenían un medio infalible para reconocer a Aquel a quien pertenecían: su voz bien conocida. ¿A cada uno de nosotros también nos es familiar?
