Capítulo 4
La samaritana en el pozo
Dios no ha dado a su Hijo Unigénito solamente para la gente respetable como Nicodemo. Ese maravilloso “don de Dios” (v. 10) ha sido dado también a los pecadores más miserables. ¡Qué cuadro tenemos aquí! En su inconcebible humillación, el Hijo de Dios se sentó junto a un pozo, como un hombre cansado y sediento. Sin embargo, solo pensaba en la salvación de su criatura. Una mujer se acercó. Notemos cómo Jesús trató de ganar su confianza: le pidió un favor y se puso a su alcance hablándole de lo que ella conocía. Ávida de felicidad, esa mujer había bebido de las muchas aguas engañosas de este mundo. Había buscado la felicidad con cinco maridos, y cada vez había vuelto “a tener sed”. Pero el Salvador tenía para ella “el agua viva” cuya fuente es él mismo (v. 10, 13-14; comp. Jeremías 2:13, 18; 17:13). Sin comprender de qué índole era esa agua, la samaritana confió en él para recibir ese don extraordinario. Sin embargo, fue necesario que el Señor pusiera primeramente el dedo sobre lo que no estaba en regla en la vida de esta mujer (v. 16-18). No se puede ser feliz mientras la luz divina no haya penetrado en la conciencia. La gracia en Jesús es inseparable de la verdad (cap. 1:17).
La verdadera adoración: ¿a quién, dónde y cómo adorar?
Nótese que la primera enseñanza de Jesús a esta pobre samaritana no concernía su conducta, sino la adoración; excelente deber y privilegio de todos los creyentes. ¿Dónde, cuándo y cómo debía ser presentada la alabanza? Había llegado la hora, (y hoy todavía es tiempo) en que la religión de formas y ritos debía ser puesta de lado para dar lugar a un culto en espíritu y verdad. ¿A quién y por quién debía ser rendido? Ya no más a Jehová, el Dios de Israel, sino al Padre, según la relación completamente nueva de hijos de Dios. Desde entonces a ellos les corresponde presentar la alabanza. Son llamados los verdaderos adoradores. Usted que ha sido buscado con este objetivo, ¿va a privar al Señor del fruto de su trabajo?
Cautivada por lo que acababa de oír, la mujer dejó el cántaro y se apresuró a dar a conocer en la ciudad a Aquel que había encontrado. En cuanto a los discípulos, mostraron su incapacidad de entrar en los pensamientos de su Maestro. Jesús hallaba su gozo y sus fuerzas en la comunión con su Padre (v. 34) y en las perspectivas que tenía ante sí. Ya discernía la siega futura: la multitud de sus redimidos (v. 35; véase Salmo 126:6).
Escuchar, ver – Milagro a favor de un oficial del rey
Jesús permaneció dos días con los samaritanos, menospreciados como él por los judíos (cap. 8:48). Y esa gente creyó en él no solo a causa del testimonio de la mujer, sino como consecuencia del contacto personal que tuvieron con “el Salvador del mundo” (v. 42; 1 Juan 4:14). Amigo, no se contente con la experiencia de los demás para conocer al Señor Jesús. Tenga con él un encuentro personal y decisivo, para que el Salvador del mundo llegue a ser también su Salvador.
Luego Jesús fue a Galilea. Allí encontró a un oficial del rey quien, afligido por su hijo gravemente enfermo, insistió para que el Maestro fuera a curarlo. Este hombre estaba lejos de tener la gran fe del centurión romano de aquella misma ciudad de Capernaum, el cual no se estimaba digno de que el Señor entrara en su casa, y se contentaba con una sola palabra para sanar a su criado (Lucas 7:7). Jesús empezó por decir a ese padre angustiado que la fe consiste en creer a su simple palabra, sin necesidad de ver señales o milagros (v. 48; comp. 2:23). Para poner a prueba a ese hombre, el Señor no descendió con él a su casa, sino que le dijo: “Ve, tu hijo vive. Y el hombre creyó la palabra que Jesús le dijo, y se fue”. Así experimentó cómo el poder de la muerte fue detenido por el poder de la vida que había venido de arriba (1 Juan 5:12).
