Juan
Juan

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 11

La familia de Betania puesta a prueba

En su angustia, las dos hermanas de Betania dirigieron a su divino Amigo una oración que puede servirnos de modelo: “Señor, he aquí el que amas está enfermo” (v. 3). Al llamarlo Señor, reconocían su autoridad y no se permitían decirle, por ejemplo: «Ven a sanar a nuestro hermano»; simplemente expusieron el caso que las preocupaba. Conocían también su amor y se refirieron a él. No obstante, a pesar de ese afecto, Jesús resolvió no ir enseguida a Judea, con determinación semejante a la que más tarde lo impulsó a ir allí para cumplir su obra cuando llegó el momento, pese a la amenaza de los judíos. Él no se dejaba llevar por los sentimientos ni detener por temor a los hombres, como a veces lo hacemos nosotros. Solo la obediencia a su Padre dirigía sus pasos. Gracias a esa demora la gloria de Dios brilló mucho más, pues cuando Jesús llegó a Betania ya hacía cuatro días que Lázaro estaba en el sepulcro. A veces nos hemos hallado en presencia de personas que han sido probadas por un duelo, y hemos podido comprobar la insuficiencia de la simpatía humana (como la de los judíos en el v. 19). Pero todo cambia cuando juntos volvemos la mirada hacia Aquel que es “la resurrección y la vida”. Entonces comprendemos realmente el valor de las cosas eternas.

La resurrección de Lázaro

Marta se dio cuenta de que su hermana era más capaz de entrar en los pensamientos del Señor que ella misma, y la llamó. Pero María solo atinó a decir como Marta: “Señor, si hubieses estado aquí…” (v. 32; comp. v. 21). Lo único que fue capaz de hacer en ese momento fue mirar atrás, como muchas personas que pasan por un duelo. Jesús, conmovido en su corazón, lloró; luego se fue al sepulcro. ¿Por qué lloró? ¿No sabía lo que iba a hacer? Sí, por supuesto, pero en presencia de los estragos de la muerte y de su trágico poder sobre los hombres, el santo Hijo de Dios se estremeció de dolor. El Vencedor de la muerte estaba ahí. Pero para que la gloria de Dios se manifestara ante la muchedumbre que sería testigo de su poder, era necesario que el estado de corrupción de Lázaro fuera debidamente comprobado (v. 39) y que el Señor, anticipadamente atribuyera, por una oración de acción de gracias, su poder Al que lo envió (v. 41-42). Solo entonces su poderosa voz de mando hizo salir de la tumba al muerto atado con las vendas… ¡Qué asombro para los presentes! En cuanto a nosotros, retengamos la promesa que el Señor hizo a Marta: “Si crees, verás…” –tal vez no exactamente lo que esperamos, sino– “la gloria de Dios” (v. 4-40).

Intenciones criminales

Dios contestó a su Hijo no solo al resucitar a Lázaro sino también al conducir a varios testigos de esa maravillosa escena a creer en él (v. 42 fin, 45). Pero ese milagro, el más grande que narra este evangelio y el último antes de su propia resurrección, fue también el que determinó su muerte, ya que “desde aquel día” tuvieron lugar las tenebrosas consultas que terminarían con el crimen supremo (v. 53). Así respondieron los judíos la pregunta que el Señor les hizo en Juan 10:32: “¿Por cuál de ellas (mis obras) me apedreáis?”.

Los sacerdotes fingieron temer que, al seguir a Jesús, el pueblo atraería la atención de los romanos y, por ende, sus represalias. Pero el rechazo hacia el Señor fue, por el contrario, la causa de la destrucción de su lugar de culto (Jerusalén) y de su nación, llevada a cabo por los romanos cuarenta años más tarde (v. 48). Dios permitió que la profecía de Caifás superara infinitamente los pensamientos de ese hombre cínico y malvado. Jesús entregaría su vida por la nación (pues Israel sería restaurado más tarde) pero

también para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos (v. 52).

Satanás arrebata y dispersa (comp. cap. 10:12), mientras que por su obra Jesús reúne desde ya, aquí en la tierra, a los que forman parte de la familia de Dios.