Capítulo 13
Lavado de los pies
Para el corazón del Señor la muerte significaba pasar “de este mundo al Padre” (v. 1; comp. 16:28). Pero dejaba a los que amaba en un mundo lleno de corrupción y violencia. Y, como tiene los pies cubiertos de polvo el caminante que va por los caminos, así los creyentes están expuestos, por su constante contacto con el mal, a mancillarse en sus pensamientos, palabras y hechos, aunque están “limpios”, lavados por la sangre de la cruz (v. 10; Apocalipsis 1:5 fin). Pero el Señor es fiel y ha provisto lo necesario, pues vela por la santidad práctica de los suyos. Como gran Sumo Sacerdote lava los pies de ellos; dicho de otra manera, los purifica al conducirlos a juzgarse continuamente a la luz de la Palabra (el agua) que él aplica a sus conciencias (Efesios 5:26; Hebreos 10:22).
Este servicio de amor también debemos ejercitarlo los unos para con los otros. Con humildad, poniéndonos a sus pies, debemos mostrar a nuestros hermanos, por la Palabra, en qué faltaron o a qué peligro se exponen, como nos exhorta el apóstol:
Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre
(Gálatas 6:1).
Queridos amigos, el Señor no dice: Bienaventurados seréis si sabéis estas cosas, sino “bienaventurados seréis si las hiciereis” (v. 17).
Juan, Judas, Pedro: actitudes muy diferentes
El discípulo “al cual Jesús amaba”, este es el nombre que Juan toma en su evangelio. Él conocía el amor del Señor por los suyos (v. 1), pero también sabía que era un objeto personal de ese amor y lo gozaba cerca del corazón de Jesús, lugar precioso para las más íntimas comunicaciones. Pero en aquel momento Jesús reveló un secreto terrible. Denunció a Judas, a quien conocía desde el principio (cap. 6:64). Satanás entró entonces en ese hombre que estaba dispuesto a recibirlo y que luego salió a consumar su tremendo crimen (comp. v. 27 con Lucas 22:3).
El Señor habló nuevamente de su cruz, en donde su gloria brillaría en medio de su humillación (v. 31) y de su resurrección, por la cual Dios glorificaría a Aquel que le glorificó perfectamente (v. 32). Pero ¿cómo podrían ser reconocidos sus discípulos de ahí en adelante, si él ya no estaría más en medio de ellos? Por medio de una señal segura: su amor los unos para con los otros (v. 35). ¿Es verdaderamente esto lo que nos caracteriza? ¡Pregunta muy apropiada para sondear nuestro corazón!
En contraste con Juan, quien estaba ocupado en el amor del Señor hacia él (v. 23), Pedro confiaba en su propia abnegación, pero ¡ay!, sin tener en cuenta la advertencia del Señor (v. 38).
