Capítulo 14
"El camino, y la verdad, y la vida"
En el capítulo 13 vimos cómo el Señor preparaba a los suyos a fin de que tuviesen desde la tierra una parte con él (v. 8). Ahora vemos que se va a prepararles lugar en la casa del Padre. Por eso tiene que adelantarse a ellos, como un anfitrión que toma sus disposiciones para llegar a casa antes que sus invitados. La Biblia nos da pocos detalles acerca del cielo, mas lo que hace de él una morada de felicidad es la presencia del Señor. Él mismo reclama para su propio gozo la presencia de los suyos.
Jesús es el único camino para ir al Padre. Él es la verdad y la vida. No había cesado de revelarles al Padre por medio de sus palabras y hechos, por eso, ¡qué pena le causó la ignorancia de sus discípulos! Pero ¿no podría él decir a cada uno de nosotros también: Tanto tiempo hace, que oyes hablar de mí y lees mi Palabra, ¿y no me conoces mejor?
Todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré,
promete el Señor (v. 13). “En mi nombre” no es una simple fórmula; significa que él pueda estar de acuerdo con nuestra petición, es decir, que sea hecha conforme a su voluntad. Nuestra oración llega a ser entonces la de Jesús, y él contestará necesariamente. No solo porque nos ama sino, en primer lugar, porque se trata de la gloria del Padre. ¿Puede haber motivo más excelente?
Los discípulos y el Espíritu Santo
Jesús estaba a punto de dejar a sus queridos discípulos. Sin embargo, no los dejaría huérfanos. Iba a mandarles una persona divina para consolarlos, sostenerlos y ayudarles (v. 16): el Espíritu Santo, quien no solo estaría con los creyentes, sino en ellos para instruirlos (v. 26). El Señor lo llamó “otro Consolador”, porque Él mismo permanecería como el consolador celestial, el abogado para con el Padre (1 Juan 2:1).
Jesús hizo tres promesas más a los suyos: la nueva vida que emana de la Suya (v. 19); un lugar especial en el corazón del Hijo y del Padre para todo aquel que le da prueba de su amor guardando sus mandamientos (v. 21, 23); la paz, su propia paz (v. 27). ¡Cuán cierto es que el Señor no la da “como el mundo la da”! Este último ofrece poco y pide mucho; distrae y aturde la conciencia actuando como un remedio tranquilizante que engaña un momento las inquietudes y los tormentos del alma, pero no es más que una ilusión de paz. La que Jesús da satisface plenamente el corazón, y además es eterna.
Finalmente el Señor dio a entender a sus discípulos que el verdadero amor hacia él no tendría que buscar retenerle egoístamente acá abajo, sino que debería alegrarse con el gozo suyo (v. 28).
