Capítulo 18
Arresto de Jesús
Después de “la gloria que me diste” (cap. 17:22) viene “la copa que el Padre me ha dado” (v. 11). En su entera dependencia, Jesús recibió de la mano de su Padre tanto la una como la otra. Pero, de acuerdo con el carácter de este evangelio, no vemos, como en Lucas 22:44, la agonía del Señor. Aquí, en la mente del Hijo obediente, la obra ya estaba acabada (cap. 17:4).
El miserable Judas supo adónde conducir la compañía armada que debía apoderarse de Jesús, pues era el lugar de muchos encuentros íntimos y preciosos, de los cuales él mismo había participado.
Al que llamaban con desprecio “Jesús nazareno” no era otro que el Hijo de Dios. Conociendo plenamente lo que iba a ocurrir, el Señor se adelantó ante esa tropa amenazante y por medio de su poder soberano dio una prueba que hubiera permitido reconocerlo según las Escrituras (Salmo 27:2). Solo con decir “Yo soy” hizo caer en tierra a sus enemigos. Pero, ¿en quién pensaba él en ese momento tan terrible? Como siempre, pensaba en sus queridos discípulos: “Dejad ir a estos”, ordenó a los que habían venido a prenderlo. Hasta el último instante, el buen Pastor veló por sus ovejas; mas había llegado el momento de dar su vida por ellas (cap. 10:11).
Jesús ante Caifás – Pedro niega al Señor
Al estar ahí “en pie, calentándose” con los que habían prendido y atado a su Maestro, Pedro ya lo había prácticamente negado. Escoger voluntariamente nuestras amistades en un mundo que ha crucificado a Jesús, y compartir sus diversiones, nos expone de una manera u otra a deshonrar al Señor. No podemos contar con que seremos guardados (en respuesta a su oración del cap. 17:15-17) si no ponemos en práctica la separación de la cual se habla en esos mismos versículos (cap. 17:16). Gracias a su infidelidad, Pedro escapó momentáneamente del oprobio y de la persecución, como si fuese “mayor que su Señor”, quien iba al encuentro del odio y menosprecio de los hombres (cap. 15:20). Al interrogatorio hipócrita del sumo sacerdote, Jesús no tuvo nada que responder; ya había dado públicamente su testimonio. A sus jueces, pues, les correspondía probar su culpabilidad… ¡si podían!
Este evangelio recalca más que los otros tres la dignidad y autoridad del Hijo de Dios. A pesar de las humillaciones a las cuales lo sometieron y de la manera en que dispusieron de él sus verdugos, el Señor dominó absolutamente esas escenas como Aquel que se entregó a sí mismo a Dios en perfecto holocausto (Efesios 5:2).
Jesús ante Pilato
Al llevar a Jesús ante el gobernador romano, los judíos se cuidaron de no contaminarse… al mismo tiempo que cargaban su conciencia con el crimen más horrendo jamás cometido.
El apóstol Pablo daría como ejemplo a Timoteo la “buena profesión” de Jesucristo delante de Poncio Pilato (1 Timoteo 6:13). Costara lo que costara, el Señor afirmó su realeza, aunque hizo notar que su reino no era de este mundo. El versículo 36 debería iluminar a todos los que hoy luchan, o dicho de otro modo, despliegan todos sus esfuerzos para establecer el reino de Dios en la tierra. El progresivo mejoramiento moral del mundo para que el Señor pueda venir a reinar en él no es más que una ilusión. Si él no produjo ese mejoramiento ¿no es prueba de incredulidad pretender renovar esta experiencia y creer que lo haremos mejor que él?
¿Qué es la verdad?,
preguntó Pilato, pero no esperó la respuesta. Se parece a tanta gente a la que esta pregunta no interesa porque, en el fondo, teme tener que ordenar su vida de acuerdo con lo que le sea declarado. La Verdad estaba delante de Pilato en la persona de Jesús (cap. 14:6). En vano el gobernador romano buscaba escapar de su responsabilidad proponiendo que el prisionero fuera liberado para la Pascua, según solía hacerse en esta fecha. Al unísono los judíos gritaron reclamando la liberación del ladrón Barrabás.
