Juan
Juan

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 21

Junto al mar de Tiberias

Solo siete discípulos acudieron a la cita que Jesús les había dado en Galilea (Mateo 26:32; 28:7). Y aún parecían haber olvidado el objeto de su espera. Simón Pedro, de quien el Señor había hecho un “pescador de hombres”, había vuelto a su antiguo trabajo. ¿Quién puede extrañarse de que “aquella noche no pescaron nada”? ¿Cómo podría ser provechoso el trabajo que uno hace según sus propios pensamientos y fuera de la presencia del Señor? Él les había dicho que, separados de él, nada podrían hacer (cap. 15:5). Pero cuando él estuvo con ellos, todo cambió. El lado derecho de la barca tenía una única pero esencial ventaja sobre el izquierdo: fue el lado escogido por Jesús.

Luego vino el encuentro con el Maestro, quien de antemano había preparado todo para sus siervos cansados. No había necesitado sus peces (v. 9), sin embargo, tampoco menospreció el fruto de su labor (v. 10), y lo tenía exactamente contado (v. 11).

Queridos amigos, ¡cuántas veces, como estos discípulos, olvidamos nuestra próxima e importante cita con el Señor! ¡Cuántas veces también, en medio de nuestras circunstancias, fracasos o éxitos, deberíamos ser capaces de discernir más pronto a Aquel que nos habla y reconocer que “es el Señor”! (v. 7).

"¿Me amas?"

Al Señor todavía le quedaba por cumplir aquí en la tierra un último servicio de amor para con su discípulo Pedro. Este había negado tres veces a su Maestro y tres veces tuvo que ser escudriñado por la dolorosa pregunta "¿me amas?", como dándole a entender: «Pretendiste amarme más que estos, pero ellos no me han negado» (Marcos 14:29). «¿Dónde está ese ardiente amor del cual hablabas? No he tenido ninguna prueba de ello». “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo”, fue todo lo que pudo decir finalmente el pobre discípulo. ¿Iba Jesús a dejarlo de lado? Al contrario, solo cuando Pedro perdió la confianza en sí mismo, estuvo apto para el servicio del Maestro. “Apacienta mis corderos… mis ovejas”, le dijo Jesús (el original griego se expresa con un diminutivo muy tierno: mis ovejitas). Al cuidar a los que Jesús amaba, Pedro tendría nuevamente la oportunidad de demostrar su amor por él.

Aquí termina el evangelio, pero todo lo que hizo, expresó o experimentó la Persona infinita que lo llena, tiene una riqueza insondable, y Dios no lo ha olvidado (v. 25). Durante la eternidad podremos descubrir todas las perfecciones y las glorias del Señor.

Para el tiempo presente, que cada redimido recuerde con fervor esas últimas palabras del Señor a Pedro: “Sígueme tú”.