Capítulo 12
Comunión, servicio, adoración
En el hermoso cuadro de los 3 primeros versículos están representados distintos aspectos del culto (la reunión de adoración): la presencia del Señor, la comunión, el testimonio, el santo servicio y la alabanza. No se trata de una fiesta en honor a Lázaro, pues Jesús era el centro de esa reunión: “Y le hicieron allí una cena”. El único título dado a Lázaro para estar a la mesa con él fue el de un muerto que había recibido una nueva vida (el caso de todos los redimidos). Ese hombre no hizo ni dijo nada que sea mencionado, sencillamente estaba allí vivo; su presencia bastaba para contar lo que el Señor había hecho por él. Marta servía; su actividad en aquel instante era perfectamente adecuada, en contraste con Lucas 10:40. María derramó el perfume de “mucho precio” –también para el corazón del Señor– que llenó toda la casa, figura de la adoración que expresan de común acuerdo los redimidos agradecidos. El incrédulo menosprecia este culto porque, en el fondo, adora a otro dios: el dinero (v. 6).
El versículo 10 nos muestra a Lázaro asociado al Señor como objeto del odio de los hombres. Luego asistimos a la entrada solemne del rey de Israel en la ciudad real de Jerusalén, precedido por la reputación muy efímera que le valió su gran milagro.
Su muerte es necesaria
En las antiguas tumbas egipcias se ha encontrado trigo que todavía puede germinar, después de miles de años. Sin embargo, cualquiera que hubiese sido el tiempo transcurrido y por precioso que hubiera sido el recipiente en que se lo haya conservado, ese trigo no podía multiplicarse allí. Para que de él pudieran brotar espigas cargadas de otros granos semejantes a la simiente, era necesario que esta fuese colocada en la tierra, es decir, que fuese sacrificada. Fue la figura que Jesús empleó para hablar de su muerte. El deseo de verlo, expresado por unos griegos, guió sus pensamientos a las maravillosas consecuencias de la cruz: la bendición de las naciones bajo el dominio universal del Hijo del Hombre, mucho fruto (v. 24 fin), el juicio de Satanás (v. 31) y atraer a todos a sí mismo (v. 32). Pero también pasó ante su santa alma la carga de sufrimientos que “esta hora” le traería. Luego miró hacia Dios quien le respondió desde el cielo con la promesa de la resurrección (v. 28).
Para el pueblo judío era el ocaso. La luz iba a desaparecer en el horizonte: Jesús iba a dejarlos (v. 35; Jeremías 13:16). El día actual de la gracia también se acabará. Pronto llegará el momento en el cual no será posible creer (comp. v. 40). Para Jesús hubo un solemne “ahora” (v. 27, 31). Para nosotros ahora es el tiempo de creer en él (2 Corintios 6:2).
Última declaración pública del Señor
Con el capítulo 12 se termina una gran división de este evangelio. Efectivamente, desde el capítulo 13 el Señor se dirige exclusivamente a sus discípulos. Aquí tenemos sus últimas palabras al pueblo de Israel como tal. De ahí en adelante este fue endurecido como nación, conforme a la profecía de Isaías. Se ha cumplido Juan 1:11: “A lo suyo (Israel) vino, y los suyos no le recibieron”. Pero el versículo siguiente (v. 12) también ha sido confirmado. Muchos lo han recibido y han adquirido el derecho de ser “hijos de Dios”. Aun de entre los gobernantes varios creyeron en él, sin embargo no se atrevieron a dar testimonio de su fe. Y se nos da la razón:
Porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios.
Nosotros, a quienes nos falta tanto ánimo para confesar nuestra fe, preguntémonos si no es por el mismo motivo.
Una última vez Jesús afirmó pública y solemnemente el carácter divino de su ministerio. Él era el Enviado de Dios y al mismo tiempo la perfecta imagen del Padre (v. 44, 49; Hebreos 1:3). No hay ni una de sus palabras que no sea la expresión absoluta del pensamiento divino. Meditemos sobre ese maravilloso ejemplo y aprendamos del Señor qué debemos decir y cómo hemos de hablar (v. 49).
