Capítulo 10
El redil, la puerta, el Buen Pastor
En este evangelio no encontramos parábolas. El “Verbo” habla a los hombres en un lenguaje directo. En cambio, ¡cuán preciosas son las imágenes y las comparaciones que el Señor emplea para hacerse conocer! Veamos los pasajes en los cuales declara: “Yo soy el pan de vida… la luz del mundo… la puerta… el buen pastor… la resurrección y la vida… el camino, y la verdad… la vid” (cap. 6:35, 48, 51; 8:12; 10:7, 9, 11, 14; 11:25; 14:6; 15:1, 5).
Yo soy la puerta de las ovejas,
dice en los versículos 7 y 9. Para ser salvo necesariamente hay que entrar por él (Efesios 2:18), pero también necesitamos ser conducidos. Abandonados a nuestro propio juicio, nos parecemos a la oveja, animal sin inteligencia que se descarría cuando no tiene pastor (Isaías 53:6).
En contraste con los asalariados, los ladrones y los salteadores diestros para robar a las almas, Jesús se presenta como el buen Pastor (v. 11, 14). Da dos pruebas de ello: la primera es la entrega voluntaria de su vida para adquirir a sus ovejas, supremo testimonio de su amor por ellas y, al mismo tiempo –no lo olvidemos– el motivo principal por el cual el Padre ama al Hijo (v. 17). La segunda es el conocimiento que él tiene de sus ovejas, y recíprocamente el que ellas tienen de su Pastor (v. 14). Un vínculo tan estrecho confirma sus derechos sobre su manada y sobre cada uno de nuestros corazones.
Seguridad de las ovejas – Violenta amenaza contra Jesús
Con mala fe, los judíos cuestionaron nuevamente al Señor: “Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente” (v. 24). Pero él no solo lo había declarado (por ej. cap. 8:58) sino que también lo había demostrado (v. 25, 32, 37-38). De ahí en adelante la actividad del Señor sería reservada solo a su manada. Las ovejas le pertenecen por derecho; primero, porque el Padre se las ha dado expresamente (v. 29), luego, porque él las ha rescatado. Los preciosos versículos 27 y 28 nos dicen a la vez lo que él hace por sus ovejas: les da la vida eterna, las conduce y las pone al abrigo en su mano, y lo que las caracteriza: ellas escuchan su voz y lo siguen. Aquí está la respuesta correcta a su maravilloso amor.
Nuevamente los judíos querían lapidar a Jesús (cap. 8:59) acusándolo ahora de blasfemia. “Siendo hombre, te haces Dios”, afirmaron ellos. Esta era efectivamente la ambición de Adán y de todos sus descendientes: ser igual a Dios. Pero Jesús siguió exactamente el camino contrario: “Siendo en forma de Dios” fue “hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo” (Filipenses 2:6-8).
Sin embargo, el versículo 42 concluye, como en el capítulo 8:30, recordando que “muchos creyeron en él allí” para pasar a ser sus felices ovejas.
