Capítulo 8
La luz del mundo
En este pasaje los escribas y los fariseos pensaban hacer caer al Señor Jesús en una trampa particularmente sutil. Por medio de él (cap. 1:17) vinieron juntas la gracia y la verdad: si él condenaba a esta mujer adúltera, ¿dónde estaba la gracia que todos conocían? (comp. Lucas 4:22), y si la perdonaba, ¿no era en detrimento de la verdad y en contradicción con la ley? En su infalible sabiduría, Jesús les mostró que esa ley los responsabilizaba a todos. Se la ha comparado a una espada sin empuñadura que lastima primeramente al que se sirve de ella. Pero, ¡ay!, en lugar de confesar los pecados que acudían a su memoria, los acusadores se retiraron uno tras otro, llenos de confusión (Job 5:13). “La luz del mundo” estaba ante ellos (v. 12). Pero “los hombres amaron más las tinieblas que la luz”, como aquellos insectos que tratan de esconderse cuando la piedra que los cubre es levantada (3:19). Entonces, el único exento de pecado, Aquel que tenía el derecho de ejercer el castigo, declaró a la mujer: “Ni yo te condeno”, y añade: “Vete, y no peques más”. Muchas personas se esfuerzan en merecer el perdón de Dios por una buena conducta, mientras que el Señor empieza por perdonar y solamente después manda no pecar más (comp. 5:14; Salmo 130:4; 1 Juan 3:9).
¿Adónde va? ¿Quién es? ¿Quién lo envió?
Los judíos habían declarado al Señor que su testimonio no era verdadero (v. 13). Para qué, entonces, preguntarle: “¿Tú quién eres?” (v. 25). Jesús solo pudo contestarles: “Lo que desde el principio os he dicho”. Sus palabras son la expresión perfecta de lo que él es. El salmista dijo proféticamente: “He resuelto que mi boca no haga transgresión” (Salmo 17:3). En contraste, basta pensar en la diferencia entre lo que decimos o mostramos a los demás y lo que somos en realidad. Todo lo que Jesús decía o hacía estaba en perfecta armonía con el pensamiento de su Padre. “Yo hago siempre lo que le agrada”, pudo afirmar. ¡Modelo inimitable que debemos considerar para ser transformados en su misma imagen! (2 Corintios 3:18).
A los que creen en él, Jesús anuncia plena liberación. Pero los judíos allí presentes protestaron: “Jamás hemos sido esclavos de nadie” (v. 33). Por una extraña falta de memoria, o más bien por orgullo, habían borrado de su historia a Egipto, Babilonia… y la dominación romana, bajo la cual vivían en aquel tiempo. Tal es el hombre: no admite ser esclavo del pecado y se imagina que es libre de hacer lo que quiere (2 Pedro 2:19).
Reconozcamos, queridos amigos, la terrible condición en la que fuimos hallados, pero recordemos también la verdadera libertad en la cual el Hijo de Dios nos ha colocado al hacernos hijos de Dios.
Filiación "espiritual"
En el capítulo 5:45 el Señor llama la atención de los judíos sobre su inconsecuencia: Apelaban a Moisés, cuyos escritos los acusaban. Aquí apelan a Abraham en calidad de hijos suyos. Pero sus obras eran las del diablo, que es mentiroso y homicida desde el principio. A veces se oye decir: a tal padre, tal hijo (comp. Ezequiel 16:44). El Señor confirma que la naturaleza de nuestras obras es la que hace conocer de quién somos hijos (1 Juan 3:7-10). En la tierra solo hay dos grandes familias: la de Dios y la del diablo. ¿A cuál pertenece usted? El hecho de ser hijos de padres creyentes no confiere más derechos ante Dios que el título de descendientes de Abraham a esos judíos orgullosos. Por el contrario, es una responsabilidad adicional.
“Tienes demonio”, le repitieron nuevamente esos miserables (v. 48, 52; comp. 7:20; 10:20). Podemos admirar la paciencia del Señor. Ante ese ultraje, dejó a su Padre el cuidado de reivindicar su gloria (1 Pedro 2:23). En esto es una vez más nuestro gran Modelo, y como lo menciona en el versículo 55, nos conviene conocer a Dios y guardar su Palabra.
“Yo soy”, dijo Jesús en el versículo 58. No solo era “antes que Abraham”, sino “Yo soy” eternamente (según el nombre que Dios se da al hablar con Moisés en Éxodo 3:14).
