Capítulo 7
Incredulidad de sus hermanos – Su doctrina rechazada
Los hermanos de Jesús formaban parte de los que no creían, porque buscaban la gloria que viene de los hombres (v. 4-5; comp. 5:44). Ellos esperaban que la popularidad de Jesús beneficiara a su familia, mientras que, si hubiesen creído que él era el Hijo de Dios, habrían entendido la distancia que los separaba de él (léase Lucas 8:21; 2 Corintios 5:16). Más adelante los hermanos del Señor creyeron en él y se unieron a sus discípulos (Hechos 1:14).
El principio que los hizo actuar aquí es el mismo que el de todos los hombres: hacer valer Sus dones y capacidades para su propio provecho, con el fin de ser reconocidos y honrados (v. 4). El Señor, por el contrario, nunca dejó de buscar “la gloria del que le envió” (v. 18), y solo subió a la fiesta a la hora elegida por Dios. ¡Cuán lejos estamos de nuestro perfecto Modelo! Muchas de nuestras dificultades provienen de nuestra precipitación por obrar o de la tardanza en obedecer las órdenes de Dios. El versículo 17 también nos recuerda que la sumisión a esa voluntad de Dios es el medio, para cada uno, de conocer la verdad.
En Jerusalén Jesús encontró a los judíos llenos de odio que buscaban matarlo desde que curó al paralítico de Betesda un día de reposo (v. 1; cap. 5:16).
Sus obras y su Persona rechazadas
El versículo 25, comparado con el 20, prueba la hipocresía de aquellos judíos. Y, como algunos hoy, razonaban vanamente con respecto a Jesús. Cada uno daba su parecer; la opinión de los gobernantes estaba dividida. En realidad, si la presencia y las palabras del Señor suscitaban tal efervescencia, era porque esa gente estaba turbada interiormente por esa voz que, sin querer confesarlo, sentían que era la de Dios (comp. v. 28). Trataban de evadir la dificultad persuadiéndose de que ese galileo no podía ser el Cristo, porque conocían su familia y su lugar de origen. En efecto, ustedes me conocen, les respondió Jesús, y me conocen más de lo que se imaginan, pues su conciencia les dice quien soy yo, y ella los acusa.
Es muy solemne oír que el Señor alzó la voz (v. 28, 37; comp. Proverbios 8:1, 9). Igualmente hoy nadie podría decir que no lo ha oído.
“A donde yo estaré, vosotros no podréis venir”, declara el Señor a todos los incrédulos (v. 34). Pero los suyos, en cambio, poseen su promesa, que tiene un precio infinito: “Os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:3). Lector, ¿cuál de estas dos sentencias puede dirigirle él? ¿Dónde estará usted durante la eternidad?
El último día de la fiesta
Los capítulos 6 y 7 del evangelio de Juan hacen pensar en los capítulos 16 y 17 de Éxodo. En el capítulo 6 Jesús se presenta como el verdadero Pan venido del cielo, del cual el maná era una figura. En el pasaje de hoy, Jesús es como la peña del capítulo 17 de Éxodo, de la cual el agua viva brota en abundancia. En Isaías 55 el profeta invita a “todos los sedientos” a venir a las aguas de la gracia. Pero aquí es el Salvador mismo quien alza la voz: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba” (v. 37). Y el creyente, lleno del Espíritu Santo, llega a ser un canal para la bendición de los demás (v. 38).
Desgraciadamente, como única repuesta la gente entabló nuevas discusiones. Esto nos hace pensar en un grupo de personas sedientas que en presencia de una fuente de agua pura se pone a discutir sobre la composición química del agua o sobre su origen, en vez de disfrutar de ella.
El final del capítulo menciona dos testimonios más dados ante los fariseos en favor del Señor. Los alguaciles enviados para prender a Jesús se vieron obligados a reconocer que Sus palabras no eran humanas: “¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!”. Luego Nicodemo, quien había tenido con él una conversación personal e inolvidable (cap. 3), abogó tímidamente a favor de Jesús.
