Capítulo 6
Cómo saciar a una multitud
Las multitudes que habían seguido al Señor Jesús, como muchos en la cristiandad, fueron más atraídas por su poder que por su gracia y sus perfecciones morales. Pero lo uno no va sin lo otro; una vez más Jesús manifestó esas virtudes juntas en la escena de la multiplicación de los panes. El muchacho mencionado en el versículo 9 nos recuerda que, a cualquier edad, podemos hacer algo para el Señor y por el bien de los demás. Parece haber sido el único que pensó en su propio alimento. Aceptando poner a disposición del Señor lo poco que tenía, llegó a ser el medio para proveer a las necesidades de cinco mil hombres. Cuando el Señor quiera servirse de nosotros, jamás nos neguemos so pretexto de ser muy jóvenes o debido a la insuficiencia de nuestros recursos; él sabrá cómo utilizarlos (Jeremías 1:6-7).
Después de ese milagro, las multitudes querían apoderarse de Jesús para “hacerle rey”. Pero él no podía recibir el reino de manos de los hombres (cap. 5:41), ni tampoco de las de Satanás (cuando este le ofreció todos los reinos del mundo: Mateo 4:8-10). Es Dios quien lo hace rey, como lo leemos en el Salmo 2:6: “Pero yo he puesto mi rey sobre Sion”.
Por último, en otra escena iluminada también por su poder y su gracia, vemos a Jesús venir al encuentro de sus discípulos sobre el mar agitado y disipar sus inquietudes.
El pan de vida
El Señor no se deja engañar. Las multitudes que lo seguían lo hacían por interés, pues esperaban que siguiera dándoles pan. Por eso las exhortó a trabajar “no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece” (v. 27). Preguntémonos si nuestro trabajo tiene en vista primeramente las cosas de arriba, las cuales alimentan el alma y son eternas, o las cosas de la tierra, que están destinadas a perecer.
¿Esto significa que debemos cumplir obras para ser salvos? Son muchos los que desafortunadamente todavía piensan así en la cristiandad (comp. v. 28). Pero la Palabra de Dios afirma:
Por gracia sois salvos por medio de la fe… no por obras, para que nadie se gloríe
(Efesios 2:8-9).
Dios solo reconoce una obra a través de la cual el hombre puede acercarse a Él. Ella consiste en creer en el Salvador a quien nos ha dado (v. 29). Todo viene de Dios: el “agua viva” (el Espíritu Santo; cap. 4:10) y “el pan de vida” (Cristo mismo). ¿Por qué entonces nuestras almas no están continuamente satisfechas? ¿Faltaría el Señor a sus promesas? (v. 35; cap. 4:14). ¡Por supuesto que no! Pero, por nuestro lado, no siempre satisfacemos los requisitos: “El que en mí cree, no tendrá sed jamás”, dice Jesús. Necesitamos la fe para ser salvos pero también la necesitamos cada día para beber de la fuente de toda su plenitud.
La gracia no rechaza
“Al que a mí viene, no le echo fuera”, promete nuestro Salvador (v. 37). Vaya a él, amigo lector, si todavía no lo ha hecho. Él no rechaza a nadie.
Pero para ir a Jesús es necesario que el Espíritu de Dios obre en el corazón. El hombre no puede dar un paso hacia Dios sin que Dios lo atraiga hacia sí mismo, como lo afirma el Señor Jesús en el versículo 44.
Alguien dirá tal vez: «No es mi culpa si no me he convertido». Al contrario, usted es plenamente responsable de dejar que ese trabajo divino se haga en usted. En este mismo instante Dios lo llama. No se resista más tiempo.
La gracia de Jesús para con el pecador es la expresión de su propio amor, pero ella también hace parte de la voluntad de Dios, cuya meta es dar vida a su criatura (v. 40). Jesús vino para cumplir esa voluntad, como el salmista lo había profetizado, y el apóstol también lo repite:
He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad
(Hebreos 10:9; Salmo 40:7-8).
El hombre tiene un cuerpo y un alma, por eso no puede vivir solo del alimento que nutre su cuerpo. Su alma también necesita un alimento y el único que le conviene es la Palabra divina, el Pan del cielo, Cristo mismo (Lucas 4:4).
Comer su carne y beber su sangre – Muchos volvieron atrás
A pesar de la promesa que Dios les había hecho, al descubrir el maná en el desierto los hijos de Israel se preguntaron unos a otros: “¿Qué es esto?” (Éxodo 16:15). La misma incredulidad se manifestaba en sus descendientes. Discutían entre sí acerca de la extraña comida de la cual Jesús les hablaba: su carne y su sangre, es decir, su muerte. Un Cristo viviente aquí abajo no basta para hacer vivir nuestra alma. Es necesario apropiarnos por la fe de su muerte (en figura, comer su carne y beber su sangre) para tener la vida eterna. Luego tenemos que identificarnos con él cada día en su muerte. Estamos muertos con él en cuanto al mundo y al pecado. El hombre natural no puede entender esto. Está de acuerdo con tener un modelo, pero le es demasiado duro reconocer su propio estado de condenación, del cual le habla la muerte de Cristo.
En vez de interrogar al Señor, muchos que habían profesado ser sus discípulos se fueron ofendidos por sus palabras. Él no suavizó la verdad para retenerlos, mas escudriñó el corazón de los que quedaban: “¿Queréis acaso iros también vosotros?”. Y he aquí la hermosa respuesta de Pedro: “Señor, ¿a quién iremos?”. ¡Qué esta también pueda ser nuestra respuesta! (v. 68-69; léase Hebreos 10:38-39).
