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La Iglesia del Dios viviente
El día de la ruina - n.° 7: Consejos y dirección de 2 Timoteo 2
Por grande que llegue a ser la ruina de la Iglesia, aquellos que desean complacer al Señor y obedecer a su Palabra no deben perder las esperanzas. Dios, quien permitió que el daño y el desorden comenzaran en la Iglesia en tiempos apostólicos, nos ha dado, a través de sus apóstoles, consejos y dirección amplios. Nos ha dado la luz necesaria para discernir Su senda en el día de la ruina.
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La Iglesia del Dios viviente
El día de la ruina - n.° 7: El día de la ruina
En los anteriores fascículos de esta serie hemos tratado de considerar básicamente a la Iglesia tal como Dios la estableció en el principio. Hemos conocido a través de las Escrituras su naturaleza y su orden y cómo tendría que funcionar de acuerdo a los pensamientos divinos. Hemos considerado también a la Iglesia en su carácter universal y en su aspecto local.
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El día de la ruina - n.° 7: El naufragio descrito en Hechos 27
No deja de tener importancia el hecho de que el libro de los Hechos, el cual comienza con la formación de la Iglesia el día de Pentecostés y sigue con una narración de su poder y progreso en los días tempranos, tenga que concluir con detalles del viaje de Pablo a Roma, el que termina en un naufragio y el encarcelamiento del apóstol en la capital del imperio.
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El día de la ruina - n.° 7: El testimonio del remanente
A lo largo de las Escrituras, por grandes que hayan sido la ruina, el fracaso y la oscuridad moral del testimonio general o de los tiempos, se ve que Dios siempre tuvo algunos creyentes leales. Éstos estaban caracterizados por su genuina devoción a Dios y a sus intereses.
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El día de la ruina - n.° 7: Fuera del campamento
Al final de la epístola a los Hebreos, después de exponer la plenitud de la persona de Cristo y de Su obra, el escritor inspirado formula una exhortación: Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta. Salgamos, pues, a él, fuera del campamento, llevando su vituperio (cap. 13:12-13).
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El hogar para Dios
Comenzamos nuestra meditación sobre el hogar cristiano recordando su institución por Dios mismo y vimos que el verdadero hogar cristiano es aquel en el que al Señor se le da su justo lugar, y donde las relaciones establecidas por él son mantenidas de acuerdo con su pensamiento y propósito, a fin de glorificarle.
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El lugar de la mujer - n.° 9: Ejemplos de la Escritura
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El lugar de la mujer - n.° 9: El lugar de la mujer
Todo lector cuyo interés sea el bienestar de otros y no exclusivamente el suyo, estará de acuerdo en que Dios ha dado a la mujer un papel especial y maravilloso en la familia y en la sociedad. También el lector podrá reconocer que la mujer está capacitada de un modo especial para desempeñar este papel que ningún hombre podría asumir de manera satisfactoria.
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El matrimonio, la base del hogar
Ahora que hemos visto el lugar vital, ordenado por Dios, que el hogar ocupa en el sistema social, nos detendremos un poco en detalle en la honorable y santa institución del matrimonio, el cual fue dado por Dios como la base misma del hogar.
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El partimiento del pan y la adoración - n.° 3: La adoración
Al hablar de las reuniones de la asamblea hemos asociado el partimiento del pan y la adoración como una sola reunión de asamblea específica, porque de veras el recuerdo del Señor en su muerte produce en nosotros acciones de gracias y la adoración. La Cena del Señor es indiscutiblemente una fiesta de acción de gracias.
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El partimiento del pan y la adoración - n.° 3: La iglesia de Jerusalén
En Hechos 1 encontramos un grupo de unos 120 creyentes reunidos en un aposento alto después que el del Señor hubo ascendido al cielo (cap. 1:15). Allí perseveraban unánimes en oración y ruego, esperando el prometido descenso del Espíritu Santo. El día de Pentecostés, el Espíritu Santo descendió según la promesa, y por un solo Espíritu fueron todos bautizados en un Cuerpo (1 Corintios 12:13).
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El partimiento del pan y la adoración - n.° 3: La mesa del Señor
Hemos visto en 1 Corintios 10:16-17 que el partimiento del pan expresa la comunión de los miembros del cuerpo de Cristo. En este aspecto, el único pan es una figura del cuerpo espiritual. En este mismo capítulo se encuentra el único caso del Nuevo Testamento en el que se emplea la expresión “la Mesa del Señor”, frase que hemos usado varias veces.
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El partimiento del pan y la adoración - n.° 3: Reuniones de la asamblea
En las meditaciones de los libritos 1 y 2 hemos considerado algunos de los principios sobresalientes que deben gobernar y constituir una asamblea de Dios conforme a las Escrituras. Tal iglesia tiene que reunirse sobre el fundamento de un solo Cuerpo compuesto por todos los creyentes. Estos tienen que reconocerse y recibirse unos a otros como miembros de ese espiritual cuerpo de Cristo.
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El partimiento del pan y la adoración - n.° 3: Reuniones para el partimiento del pan
Hemos visto que la asamblea original formada en Jerusalén perseveraba “en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones” (Hechos 2:42).
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Esposo y esposa
Las relaciones de nuestro círculo familiar deberían expresar y reflejar nuestras relaciones celestiales. Y esto se verificará en la medida en que ellas se vuelvan reales por el poder del Espíritu no contristado.
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Isaías 1:1–4:6
De entre todos los profetas, Isaías es el más abundante en el número de referencias a el Cristo (el Mesías) que había de venir, y en la variedad de figuras bajo las que él nos es presentado. Resulta evidente la división en tres secciones principales.
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Isaías 15:1–23:18
Es evidente que, cuando Dios juzga, comienza por el círculo más íntimo. Así fue en los días de Jerusalén, como vemos en Ezequiel 9:6, y el mismo principio es válido para los tiempos del Nuevo Testamento, como se afirma en 1 Pedro 4:17. En Isaías hemos visto las profecías de juicio pronunciadas primero contra Israel; aunque acompañadas con las promesas de restauración y de gloria en su Mesías.
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Isaías 24:1–27:13
Habiendo sido eliminada la última de estas ciudades –sobre la que recaía una carga– el texto profético nos lleva a tener conocimiento, de una manera más general, sobre cuál va a ser el estado de cosas al final de la era. Es un cuadro sombrío y muy triste: toda la tierra fue puesta patas para arriba, y los habitantes dispersos, no importa a qué clase ellos pertenezcan.
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Isaías 28:1–35:10
Habiendo registrado la profecía de la reunión en Jerusalén proveniente de las tierras de aflicción de un remanente, que adoraría al Señor, el profeta vuelve otra vez a la denuncia del estado existente del pueblo. En el capítulo 28, se presenta en primer lugar ante él Efraín, es decir, las diez tribus, en los versículos 1 a 13.
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Isaías 36:1–40:8
Después del hermoso cuadro de la bienaventuranza en la tierra en el milenio, que se nos presenta en el capítulo 35; hay una pausa en la profecía. Los cuatro capítulos 36 a 39 nos dan detalles de la historia en el reinado de Ezequías, que también se relatan en los capítulos 18 a 20 de 2 Reyes, y de nuevo de manera más breve en 2 Crónicas 32.
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Isaías 40:9–45:14
A pesar de que la revelación de la gloria del Señor -como ninguna otra cosa– saca a la luz la pecaminosidad y fragilidad del hombre, también trae “buenas nuevas”; y esto es lo que proporciona el consuelo para “mí pueblo” (v. 9). Sión y Jerusalén son representadas levantando la voz, y diciendo a las ciudades de Judá “¡He ahí a vuestro Dios!” (V. M.).
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Isaías 45:15–49:4
El poder de Dios que, por el surgimiento de Ciro, cumpliría su propósito de liberar a aquellos a quienes llama “mis cautivos” (v. 13), solo sería percibido por fe. Por eso, el profeta exclama: “Verdaderamente tú eres un Dios que te encubras” (v. 15, V. M.).
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Isaías 49:5–51:16
En este notable capítulo tenemos algo parecido a un diálogo. La palabra de Dios al Mesías (a quien se dirigió como el verdadero “Príncipe de Dios”) la encontramos en el versículo 3. El lamento del Mesías (habiendo querido juntar a Israel en vano) se encuentra en el versículo 4; y se verificó históricamente, como se nos dice en Lucas 13:34.
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Isaías 51:17 – 53:9
Es digno de mención que, en el pasaje que tenemos ante nosotros, hay tres llamadas a oír y tres llamadas a despertar. Las llamadas a oír en la primera parte del capítulo (v. 1, 4 y 7) son para “los que seguís la justicia, los que buscáis a Jehová”; aquellos reconocidos como “mí pueblo”; y para “los que conocéis justicia… en cuyo corazón está mi ley”.
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