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Introducción

Este relato verídico es la historia siempre nueva de un alma que se dejó ganar por el infinito amor del Salvador. Para comprenderla mejor, hemos pensado que sería bueno explicar un poco lo que son las «castas».

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Jesús le ama

Cierto día, una niña estaba con su padre en el andén de una estación de ferrocarril cuando un criminal fue llevado allí, esposado. El hombre parecía muy duro y tenía un aspecto tan aterrador que nadie se animaba a acercársele. La pequeña observó la escena por un momento y luego, sin llamar la atención, se dirigió hacia el hombre y le dijo: –Siento mucha lástima por usted.

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La botella vacía

Sus sufrimientos no habían llegado a su fin. Los niños tuvieron después una enfermedad de la piel; el pobre bebé, cubierto de llagas rojas, se quejaba día y noche. Mimosa quiso suavizar su dolor con aceite, pero la botella estaba vacía y no había dinero para comprarlo.

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La cabeza de pescado

Billy iba camino a su casa, recordando lo que había oído en la escuela dominical. El Señor Jesús no tenía dinero, pero quería pagar el impuesto que las autoridades exigían de él y de Pedro, su discípulo. Por lo tanto, Jesús dijo a Pedro que echara el anzuelo al mar y que en la boca del primer pez que sacara encontraría una moneda con la cual podría pagar la suma requerida.

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La carga de Star

Mientras tanto en Dohnavur, donde vivíamos con Star, sin conocer ella las circunstancias de su hermana, se sentía particularmente llamada a orar por ella. Mimosa y sus hijos nunca estaban fuera de sus pensamientos. Anhelaba escribirle para pedirle que viniera a vernos.

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La cometa

Un niño jugaba con una cometa. El juguete subía, volvía a bajar un poco, luego trepaba aun más rápidamente según soplaba el viento. De repente, oculto por una nube, no se lo vio más. –¿Qué haces aquí? –le preguntó una persona que pasaba por el lugar. –Juego con mi cometa. –¿Cómo? ¿Una cometa? No la veo, y tú tampoco.

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La espera

Aquella mañana fui a la panadería. En la calle, detrás de mí, una voz clara y alegre me llamó la atención. Un chico de seis o siete años, sin preocuparse por lo que pensara la gente, cantaba una cancioncita seguramente inventada por él. Eran solo tres palabras repetidas: «¡A las diez… a las diez…!» Como él también iba a comprar pan, le dije:

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La excursión de la escuela

–Mamá, para dentro de ocho días la escuela ha organizado una excursión. ¿Me permites que vaya yo también? –le gritó Víctor, de doce años, a su madre, antes de llegar a su hogar, una casita rodeada de vides. La madre vino a su encuentro, le acarició la cabeza llena de rulos y le contestó lentamente: –No sé, Víctor, ¿cuánto cuesta?

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La falda escocesa

Un misionero que trabajaba en África deseaba comprar un terreno para edificar una sala de reuniones. Habló de este deseo a sus amigos de la ciudad en donde había nacido. Entonces algunas señoras tuvieron la idea de hacer distintos objetos y venderlos para juntar dinero a fin de poder comprar el terreno.

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La mano herida

Un edificio ardía en llamas. En la calle, la gente observaba aterrorizada y se preguntaba cómo habría empezado el incendio. De repente, en medio de las llamas, por una ventana del primer piso apareció un pequeño gritando espantado.

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La marca de Siva

A cierta distancia del pueblo de Mimosa se encontraba una célebre ciudad, verdadera ciudadela de la religión hindú. Su templo estaba ubicado a una altura desde donde se dominaba toda la ciudad. Allí sucedían cosas indescriptibles. Se podía comparar a Sodoma.

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La muerte del padre

–¡No iré a esa peregrinación! Quien se expresaba así con tanta determinación era el jefe de familia. Los suyos, ataviados con sus mejores vestimentas, se preparaban para ir con los otros miembros de su casa a una gran fiesta, en un templo, cerca del mar.

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La oración en el supermercado

En algunos supermercados hay restaurantes en los cuales los clientes se sirven ellos mismos. En uno de esos comedores, una mujer fue hasta las fuentes de comida, sirvió tres platos y se los llevó a sus hijos, quienes ocupaban una mesa en medio del salón. Luego volvió para servirse su propia comida. Entonces su pequeña hija le gritó: –Mami, ¿debemos orar aquí también?

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La pequeña japonesa

Hace algunos años, un japonés fue condenado por haber cometido muchos crímenes. Una niña de once años de edad, hija de creyentes, deseaba hacer algo para su Salvador. Cuando oyó hablar de la condena del criminal, empezó a orar por él; luego pidió a sus padres que le dieran un tratado cristiano para mandarlo al hombre castigado.

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La pequeña Sofía

En una quebrada encantadora se hallaba la casa de los granjeros. De un lado tenía muy cerca la orilla del bosque, y del otro estaba rodeada de praderas de un verde oscuro. En la primavera florecían allí dorados botones de oro, nomeolvides como ojos celestes y anémonas de un delicado color de rosa, junto al arroyo claro como el cristal.

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La picadura de la abeja

¿Sabías que la abeja, después de picar, muere porque su aguijón queda prendido donde ha picado?

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La planta de tulasi

Al oeste del pueblo se encontraban los campos de algodón que habían pertenecido a su familia. Incluso algunos eran todavía propiedad de sus familiares. Trabajaría allí, y ganaría lo suficiente para mantener a su marido y a su hijo. Se puso manos a la obra sin detenerse ni por el viento, ni por el sol.

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La recompensa por un vaso de agua

La pequeña Alicia había aprendido de memoria el versículo que dice: “Y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente…, de cierto os digo que no perderá su recompensa”.

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La tormenta de nieve

Por una estrecha carretera, un ómnibus transportaba a un grupo de escolares, quienes iban de vuelta a sus casas. La tormenta de nieve era cada vez más fuerte; tan fuerte llegó a ser que en cierto momento, la vía quedó completamente tapada. El ómnibus se salió del camino y sus ruedas quedaron hundidas en la nieve y el barro.

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La vasija que contenía el maná

El manicomio más cercano al pueblo de Mimosa se encontraba a 800 km. Si hubiesen sido 8.000 km, hubiera sido lo mismo, pues para que un enfermo fuera admitido, debían llenarse ciertas formalidades, las que Mimosa ignoraba. A lo mejor, ni siquiera sabía que existían manicomios; por lo tanto no podía hacer atender a su marido.

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Las cinco rupias

Todos esos sentimientos interiores nos fueron relatados por Mimosa misma cuando volvió a Dohnavur más tarde. Normalmente no hablaba de sus experiencias personales; las guardaba íntimamente, al abrigo de las vanas conversaciones.

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Max, el gallina

–¡Gallina! ¡Max, el gallina! ¡Max, eres un gallina! –resonaba graciosamente desde el bosque.

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Mayil

Su segundo hijo, un niño precioso, nació dos años después de Kinglet. Lo llamó Mayil, que significa: «Pavito real». Esa gente tan amante de los colores vivos no piensa en la vanidad. Para ellos, el pavo real representa sencillamente la hermosura. Mimosa lo llamaba a veces: «Mi hijo dorado», pues la piel aterciopelada de esos pequeños indígenas es más bien dorada que morena.

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Mimosa

Estaba de pie al sol de mediodía cuando la vi por primera vez, radiante en su sari1) rojo y anaranjado, los brazos adornados con pulseras pulidas, como los usan las mujeres hindúes. Parecía un pájaro de los bosques, tan perfecta era la armonía de sus formas y colores; en sus ojos grandes y dulces se leía algo de lo que escondía su alma de niña.

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