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El pecado después de la conversión

El asunto que vamos a considerar es el que más inquieta a los creyentes al principio de su carrera. Se trata de la pérdida de la comunión con Dios, originada después de la conversión, a causa del pecado.

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La eterna seguridad del creyente

Es conocida la historia de los dos hombres que disputaban acerca de una moneda. Mientras el uno sostenía que era de oro, el otro afirmaba que era de plata. Comenzaban ya a lanzarse miradas siniestras y a usar un lenguaje descortés, cuando apareció un tercero y les preguntó por el motivo de la disputa. «Esta moneda es de oro, y este hombre sostiene que es de plata», dijo el uno; el otro, muy airado, contestó: «Esta moneda es de plata, y este hombre insiste en afirmar que es de oro». Entonces el tercero dijo: «Los dos tienen razón, solo que el uno mira una cara y el otro la otra; la moneda es de oro por un lado y de plata por el otro». Vamos, pues, a examinar nosotros la cuestión de la salvación por los dos lados, y al final llamaré la atención de ustedes acerca de algunos textos de la Escritura que tratan de este asunto y que muy a menudo son mal interpretados por los creyentes.

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La nueva vida del creyente

Del nuevo nacimiento a la gloria

Uno no es salvo por las buenas obras que cumpla: “Dios… nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia” (Tito 3:5). Es también un grave error pensar que es necesario completar de alguna manera la obra de Cristo respecto de nuestros pecados, al cumplir buenas obras que nos acrediten méritos (Efesios 2:9). La Palabra de Dios es muy clara: hemos sido “creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:10).

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La oración

“Señor, enséñanos a orar” (Lucas 11:1)

Primero es necesario escuchar, luego hablar. “Hablaba Jehová a Moisés cara a cara, como habla cualquiera a su compañero” (Éxodo 33:11). Hoy el creyente goza de un privilegio aún mayor: comunicarse con Dios no solo como con su amigo, sino escucharle y hablarle como a su Padre.

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La tentación y el socorro divino

¿Qué es la tentación? Es la incitación a pecar. Y pecar es, fundamentalmente, hacer la propia voluntad, la cual se opone a lo que uno sabe que es la voluntad de Dios. Esta “voluntad de Dios” la resume el Señor mismo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas… Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Marcos 12:30-31).

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Las dos naturalezas del creyente

Muchos creyentes pasan por grandes angustias porque continuamente están escudriñando sus propios corazones, pensando encontrar en él la evidencia de su conversión a Dios. Se puede que tal persona diga: «Mi problema no es ése; no dudo, ni por un solo instante, que el creyente posea actualmente la vida eterna; pero comparando mi experiencia diaria con otras verdades muy claras de la Palabra de Dios, dudo mucho de que yo haya nacido de nuevo.

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Más fruto

La disciplina paternal

Nuestro tema parece austero a primera vista, sin embargo es muy actual. A menudo los jóvenes y los menos jóvenes se preguntan: «¿Por qué permitió Dios tal acontecimiento en mi vida? ¿Por qué perdí mis exámenes? ¿Por qué mi madre está enferma? ¿Por qué este duelo?». A tales preguntas se dan dos grandes categorías de respuestas; una es la del fatalismo: «Estaba ya escrito; solo hay que aceptarlo y someterse, porque es inevitable». La otra respuesta, la cristiana, es muy diferente: «¿Qué quieres enseñarme?».

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Seguridad, certeza y gozo de la salvación

«¿En qué clase viaja usted?». He aquí una pregunta que a menudo se oía antes en las estaciones de ferrocarril. Permítame que le haga la misma pregunta porque, considerándolo bien, usted también está viajando de este mundo a la eternidad, y en cualquier momento puede llegar al final. Permítame, repito, que con el mayor interés le pregunte: «¿En qué clase va viajando?». No hay sino tres clases, y le explicaré cuáles son, para que se pruebe a conciencia, como si estuviera en la presencia de Dios, “a quien tenemos que dar cuenta” (Hebreos 4:13).

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Mensaje para todos

Compañeros de obra

En nueve de las trece epístolas que llevan su nombre, Pablo se llama a sí mismo “apóstol”. En aquellas iglesias en la cuales enseñanzas erróneas empezaban a difundirse (Corinto, Galacia, Colosas), era necesario subrayar la autoridad apostólica para combatirlas.

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¿Cómo orar?

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Conclusión

La mejor conclusión que podemos sacar de estas páginas es aquella que la misma Palabra nos da: Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados (Hebreos 12:11).

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¿Cuándo orar?

Está bien decir que conocemos al Señor y respetamos sus derechos sobre nosotros. Pero si el Señor nos preguntara a cada uno: «¿Cuándo te diriges a mí?», «¿cuándo oras?», ¿qué le responderíamos? Su Palabra nos enseña lo que Él espera de los suyos:

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Después de la conversión empieza la batalla

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Dos clases de tentaciones

Santiago 1:2-3, 12 parece estar en contradicción con los versículos 13 a 15. En efecto, primeramente Santiago presenta las “diversas pruebas” como sumo gozo, una prueba de la fe que produce paciencia.

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Dos naturalezas en pelea

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Ejemplo supremo el

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El camino de la salvación

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El conocimiento de la obra de Dios y la realidad de nuestra vida

El asunto que vamos a considerar es el que más inquieta a los creyentes al principio de su carrera. Se trata de la pérdida de la comunión con Dios, originada después de la conversión, a causa del pecado.

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El conocimiento de la salvación

Abra ahora la Biblia y lea usted el versículo que muestra cómo el creyente puede saber que tiene la vida eterna: “Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna” (1 Juan 5:13).

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El gozo de la salvación

Hallará en las Escrituras que, si usted es salvo por la obra de Cristo y está seguro de ello por la Palabra de Dios, va a conservar el gozo de la salvación por el Espíritu Santo que mora en cada creyente.

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El socorro divino

A medida que hicimos el examen de las diversas tentaciones, destacamos los recursos divinos para hacerles frente. Considerémoslos una vez más a fin de estar mejor preparados para enfrentar las pruebas en la carrera cristiana.

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Elí, Noemí, Abraham - la disciplina en la familia

Tres personajes de la antigüedad, cada uno con su carácter, en su esfera familiar, y la disciplina que Dios, en su gracia, los hizo atravesar. Estas circunstancias lejanas se trasladan fácilmente a nuestra vida hoy; son completamente actuales; no es necesario hacer un gran esfuerzo para sacar algunas enseñanzas que Dios desea darnos por medio de ellos.

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Elías, Jonás, Juan Marcos - Disciplina y restauración en el servicio

El servicio del Señor nos expone a trampas y peligros. La vida de estos tres hombres es un ejemplo de ello. El ministerio de Elías fue detenido por el orgullo espiritual: “Solo yo he quedado”, dijo él. El de Jonás fue frenado por la preocupación de su reputación personal. Juan Marcos abandonó la obra por temor a los obstáculos y el sufrimiento.

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Glorificados

En su oración de Juan 17, el Señor Jesús destaca tres unidades:

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