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Cuidados incomprendidos

Al subir a un vagón de ferrocarril, uno de nuestros amigos halló a todos los pasajeros muy nerviosos. Un hombre llevaba en sus rodillas a una hermosa nena de unos dos años de edad. La pequeña tenía sueño y lloraba, pues apenas se adormecía, el padre la sacudía fuertemente y la obligaba a mantenerse despierta.

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Dar gracias

Pedro, un niño de ocho años de edad, había ido a visitar a su tío, un creyente que siempre daba gracias a Dios antes de comer y acostumbraba leer la Biblia y arrodillarse con su familia para orar antes de acostarse. Todo esto le causó gran impresión a Pedro, quien se preguntó por qué su padre no hacía lo mismo. Cuando volvió a casa, durante el desayuno dijo:

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“Debe” y “haber”

Cierto día, una madre recibió de su hijo de nueve años de edad esta cuenta: «Mamá debe a Santiago: Por haber lavado los platos: 15 $ Por haberme portado bien en clase: 20 $ Por haber barrido la cocina: 10 $ Por haber paseado a mi hermanito: 15 $ Total: 60 $»  

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Dios nos cuida

En el este de una bahía bastante grande, muy junto a la costa del mar Báltico, se encontraba una pequeña finca. Las ventanas de la casa miraban hacia el sur y el oeste, todas con vista sobre el mar.

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¿Dónde está Dios?

Los chicos salen de la escuela dominical. Acaban de aprender que Dios es «omnipresente», es decir, que está en todas partes. En la calle se encuentra un hombre a quien el alegre grupo llama la atención. –¿De dónde vienen ustedes? –pregunta a uno de los chicos. –De la escuela dominical. –¡Ajá…! –dice el forastero–, entonces, te voy a hacer una pregunta.

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Dos de menos

–¡Miren aquí! –dijo Ana al entrar barriendo, y cerró la puerta con fuerza tras ella. Miren, el abuelo me dio veinticinco peniques. Sí, veinticinco peniques porque saqué el polvo de su habitación y ordené todo. ¿No es magnífico? Excitada, saltó a través de la pieza y con ojos brillantes miró a sus hermanas Elena y Maya, quienes leían sentadas junto a la ventana.

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Dos naturalezas en pelea

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El amor en el temor

Mimosa sentía una gran aprensión por sus hijos. ¿No cohabitan siempre el temor y el amor en el corazón de una madre? Sabía que había muchos peligros en la calle, tantos como las motas de polvo en el camino.

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El amor vencedor

Sólo nos falta contar lo que para Mimosa resultó una gran felicidad después de tantos sufrimientos. Cierto domingo por la tarde, cuando el sol doraba el cielo con sus últimos rayos, fuimos a la orilla del Lago Rojo, al pie de las montañas, acompañadas por mucha gente del lugar.

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El camino de la salvación

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El castigo

Un rey, quien quería el bien para su pueblo, deseaba que todos fueran felices y le sirvieran con gusto. Se entristecía al ver que muchos de sus súbditos eran esclavos del opio. Cuando alguien usa esta droga, es muy difícil que ella lo deje en libertad. Esta sustancia va dañando la salud y lleva a sus esclavos a hacer cosas malas con tal de conseguirla. Es peor que tomar bebidas alcohólicas.

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El conocimiento de la salvación

Abra ahora la Biblia y lea usted el versículo que muestra cómo el creyente puede saber que tiene la vida eterna: “Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna” (1 Juan 5:13).

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El espejo

El padre de Ricardo le había prometido llevarlo al jardín zoológico. Cuando llegó el día señalado, su madre lo bañó bien y le puso la mejor ropa que tenía, la de pasear. Mientras esperaba a su papá, Ricardo se entretuvo jugando en el jardín. Claro, como te podrás imaginar, al rato estaba bastante sucio. Cuando su papá llegó y lo vio, le pidió que se bañara de nuevo y cambiara su ropa.

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El filo de la espada

Lentamente pasaron los meses. Mimosa tuvo que volver al trabajo; de otro modo, se hubiera acabado el alimento para la familia. Su esposo, tendido todo el día en la estera, era una boca más para alimentar. Se podía confiar en Kinglet, quien lo cuidaba y también se ocupaba de Mayil y Music mientras la madre estaba ausente.

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El gigante vencido

En una región de los Estados Unidos hay bosques de árboles enormes, tan altos y fuertes como gigantes. Los vientos más poderosos no consiguen voltearlos. Sin embargo, algunos yacen caídos en el suelo. ¿Qué pudo haberlos derribado?

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El gozo de la salvación

Hallará en las Escrituras que, si usted es salvo por la obra de Cristo y está seguro de ello por la Palabra de Dios, va a conservar el gozo de la salvación por el Espíritu Santo que mora en cada creyente.

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El gran paraguas negro

Un año en que los campos de Inglaterra sufrían una larga sequía, algunos campesinos cristianos decidieron reunirse con el fin de orar especialmente para que el Señor enviara la lluvia tan necesaria. El día fijado cada uno se dirigió al lugar de reunión. La pequeña María llegó llevando un paraguas negro casi tan grande como ella.

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El hijo del capitán

Al capitán de un barco de carga se le había permitido llevar consigo a su hijo para que fuera conociendo el mar. Durante algunos días hubo buen tiempo; pero después se desató una tormenta. El barco era fuertemente sacudido y el ruido de las olas era tan estridente que no dejaba oír nada más.

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El látigo

–¿Qué pasa con esta criatura? ¿Qué tiene? Quien hablaba así era la madre de Mimosa; estaba muy enfadada. Y cuando esa mujer estaba enojada, usaba el látigo sin titubear. –¡Mírenla! ¡No hay ni rastro de ceniza sagrada en su frente! –¿Qué dirán los vecinos? –dijo la tía. –¡Ven acá, ingrata! ¡Apresúrate!

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El negro Iván

Iván, revisor en el ferrocarril Tisca, que unía San Petersburgo con Moscú, subió rápidamente los escalones del primer vagón a fin de verificar, como era su obligación, si algún viajero se había quedado dormido y pasado de la estación en que debía bajar o si había olvidado algo de valor en algún compartimento.

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El nombre

En algunas tribus indias se acostumbraba dar a los niños recién nacidos un nombre provisorio, el cual cambiará con el paso del tiempo. Por ejemplo: «Hijo de águila» o «Nube rosada». Mientras crecían los niños, iban mostrando cuál era su habilidad; y entonces, de acuerdo con ella, recibían el nombre para toda la vida.

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El oso blanco

Hace muchos años, una familia de Inglaterra recibía de vez en cuando la visita de un misionero, es decir, de un siervo de Dios, quien trabajaba en el Labrador, un lugar donde hace tanto frío que la tierra y parte del mar están cubiertos de hielo. Este hombre acostumbraba contar muchas cosas del país en el que obraba llevando almas al Salvador.

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El pedido de una niña

Una joven viuda no había podido pagar el alquiler de su casa. El dueño la amenazó con echarla si no pagaba enseguida. Como la mujer ganaba muy poco dinero, le pidió que esperara un poco más, pero él no quiso. Desesperada se puso a llorar; entonces su hija de cinco años de edad le dijo: –¡Mamá! ¿Dios no es rico? –Sí, querida. –Siendo así, ¿puede él ayudarnos?

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El prado del bosque

Sonaron las doce menos cuarto en el viejo reloj de la torre de la iglesia de la aldea. Como electrizados, los muchachos y muchachas del cuarto grado dieron vuelta la cabeza hacia la ventana para convencerse de que las gastadas manecillas estaban indicando realmente las doce menos cuarto; este era, pues, el último cuarto de hora anterior a las vacaciones.

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