Jade preciosa

La pequeña china

Jade

La casa encantada

Jade Preciosa se volvió hacia Sinn-Tek:

–Hermano mío, ¿a dónde vamos a pasear hoy?

Pero antes de que Sinn-Tek tuviera el tiempo de responderle, Sinn-Chang, un pequeño gordo y hablador, exclamó:

–¡Hermana mía, hermano mío, vamos a la casa encantada!

Jade Preciosa sintió un pequeño escalofrío.

–¡No me gusta la casa encantada!

Jade Preciosa era una hermosa jovencita china. Su pequeña figura reflejaba el color delicado del marfil. Sus ojos oblicuos parecían bayas negras, y sus cabellos lisos, igualmente negros, brillaban, porque habían sido cuidadosamente peinados con aceite. Llevaba vestidos limpios, aunque remendados, como los de los otros cuatro niños que la acompañaban. Ella misma los había lavado y remendado. Su madre estaba muy feliz de poder contar con la ayuda de una hija tan juiciosa.

Jade Preciosa era la tercera de la familia. Uno de sus hermanos mayores se había ido a buscar trabajo en una ciudad lejana, y el segundo había muerto, como muchas otras personas, durante una terrible sequía. Después de ella estaba Sinn-Tek, su hermano preferido. Luego seguían dos hermanos menores, Sinn-Chang y Sinn-Wung, como también una pequeña hermana, Alegre Mañana.

–¡No me gusta la casa encantada!, repitió Jade Preciosa. Pero no se atrevía a negarse a ir, porque Sinn-Chang era un chico. Su opinión contaba mucho más que la suya…

–¡Sí, vamos!, insistió Sinn-Tek.

La chica se estremeció nuevamente:

–Oh, hermano mío… ¡Tengo tanto miedo!

–El dueño no vendrá hoy, exclamó Sinn-Wung. Yo lo vi partir para la ciudad en un rickshaw (pequeño carro tirado por un hombre). Seguramente iba a visitar a su hijo. Todo el día estará lejos. Después de todo él no viene con frecuencia a su casa encantada.

–Además, sugirió Sinn-Chang, con su vocecita picarona, solo puede echarnos, y yo corro mucho más rápido que él. Y para demostrar su valentía, sacó pecho, lo que lo hizo parecer aún más redondo.

Jade Preciosa no respondió. El señor Wong, dueño de la casa encantada, era un viejo avaro y malo; pero no era precisamente él quien la asustaba, sino más bien los espíritus. Porque se decía que la vieja casa en ruinas estaba llena de ellos. La chica estaba bien informada sobre los espíritus. Había miles y miles. No se podían ver ni escuchar, pero existían a pesar de todo. Era necesario tener mucho cuidado para no contrariarlos… Pero lo más terrible era que uno nunca sabía cuándo y cómo los hacía enfurecerse… Y una vez enojados, podían infligir castigos terribles a toda la familia.

Por ejemplo, su madre se había enfermado gravemente; su padre había sufrido un accidente en el cual se había herido la pierna y no había podido trabajar durante mucho tiempo; luego había llegado ese triste día en que su pequeño hermano recién nacido había muerto; y cuando ella misma, Jade Preciosa, tuvo una fuerte fiebre… y también… ¡Oh, tantas desgracias les habían sobrevenido porque uno u otro miembro de la familia había ofendido a un espíritu!

Después de todo, tal vez los espíritus ni siquiera habían sido contrariados. ¿Habrían enviado todas esas desgracias simplemente porque les gusta hacer mal? A menudo Jade Preciosa se había preguntado si verdaderamente servía de algo tratar de ser bueno y portarse bien para hacer que los espíritus les fueran propicios.

¡Pero jamás debía expresar esta terrible idea en voz alta! Incluso el simple hecho de pensar así podía provocar la ira de los espíritus y atraer una desgracia…

Sinn-Tek tomó a Jade Preciosa por el hombro y la abrazó. El pequeño chino devolvía a su hermana todo el afecto que ella le daba. Podía leer en su corazón y adivinar lo que ella estaba pensando.

–Hermana mayor, ¡no temas! ¡No haremos nada malo, y será tan divertido jugar en la casa encantada! Haremos como si fuera nuestra casa. ¡No te preocupes! Cuando regresemos a casa, haremos una oración y quemaremos incienso ante el dios…

Al fin ella consintió. Sinn-Tek era un chico. Él sabía mejor que ella lo que convenía hacer. Ella no era más que una chica, y una chica tenía tan poca importancia en esa época en la China…

Si Jade Preciosa hubiera vivido hoy, habría ido a la escuela. Hubiera aprendido que una mujer tiene tanto valor como un hombre, y que ella podía cumplir funciones importantes además de su rol como esposa y madre. Pero Jade Preciosa pertenecía a la China antigua, una China sumergida en la más grande miseria.

Sin embargo, afortunadamente, ni Jade Preciosa ni su pequeña hermana Alegre Mañana habían sido sometidas a la deformación de sus pies a través de vendajes, como era la costumbre hacer con las niñas de la alta sociedad. Sus padres eran demasiado pobres para preocuparse por las modas. No podían criarlas como jovencitas elegantes. Tampoco tenían los medios para pagar la dote a fin de casarlas. Sin embargo, aún había un futuro posible para estas dos niñas. ¡Podían ser vendidas como esclavas! Una niña vendida así a veces era llevada muy lejos en la inmensa China. Y era poco probable que volviera a ver a su familia.

Por el momento, Jade Preciosa no se preocupaba por el futuro. Sabía que su madre la amaba, y su padre era muy bueno con ella. ¡Sí, verdaderamente era bueno! De vez en cuando le daba un pequeño regalo, algunas perlas de cristal, un hermoso par de zapatos o un puñado de caramelos. Le acariciaba la cabeza llamándola por su nombre… ¡Cuán agradable sonaba su nombre pronunciado por el padre! Ella sabía que el jade es precioso. Es una hermosa piedra verde, de un color delicado, a veces teñida de blanco. Jade Preciosa estaba feliz de que sus honorables padres la hubieran llamado así.

La casa encantada se encontraba un poco a las afueras de la ciudad, en un sitio aislado. Nadie vivía en ella desde hacía mucho tiempo, porque todos sus antiguos inquilinos habían sufrido desgracias. El padre y los tíos de Jade Preciosa hablaban de ello frecuentemente. Además, ni siquiera los pobres obreros pasaban allí la noche. Los únicos seres vivos que parecían sentirse a gusto en ese lugar eran las enormes y horribles ratas y los grandes escorpiones.

La casa estaba rodeada de un patio, como era costumbre prácticamente en todas las casas chinas. Un muro cerraba este patio a cuyo interior se entraba por un portal en ruinas que ya no se sostenía sobre sus bisagras. La puerta de la casa nunca estaba cerrada con llave, de manera que cualquiera podía entrar.

Al interior de la casa había una gran sala de muros blanqueados. En el centro se hallaba la chimenea para hacer el fuego. Era la costumbre en las habitaciones chinas: el fuego se hacía en medio de la habitación. El humo salía por un orificio acondicionado en el techo. Al fondo de la habitación se erigía la cama familiar que consistía en una clase de tarima de ladrillos. Era la única cama de la casa. Todos los miembros de la familia se acostaban uno al lado de otro y se envolvían en mantas acolchadas que servían a la vez de colchón y de sábana. Era agradable recostarse unos contra otros cuando la habitación había sido calentada por un buen fuego, aunque a veces la atmósfera se hacía sofocante.

Cuando se acercaron a la casa encantada, los tres chicos empezaron a correr para entrar lo más rápido posible. Jade Preciosa y Alegre Mañana no se dieron prisa. Pero los estrepitosos gritos de sus hermanos que se divertían cazando escorpiones las atrajeron al fin. Pronto los cinco niños estaban corriendo en todos los sentidos, inspeccionando cada lugar, persiguiéndose en el patio y en todos los rincones y escondrijos que rodeaban el gran salón. Luego, cuando se cansaron de jugar, tomaron el camino de regreso a su hogar.

Jade Preciosa y Sinn-Tek se sentían atraídos irresistiblemente hacia la casa abandonada. Había que encontrar una excusa para volver allí… Al día siguiente Sinn-Tek dijo a su madre, con la reverencia de un hijo chino respecto a su madre: «Honorable madre, mi hermana Jade Preciosa y yo deseamos ir al templo a honrar a los espíritus de nuestros ancestros y adquirir así bendiciones para nuestra familia. ¡Honorable madre, permítenos ir!».

La honorable madre observó a sus hijos. ¡Son buenos hijos!, pensó ella. Cumplen por sí mismos sus deberes religiosos, mientras que muchos padres deben imponérselos a su prole. Los dioses y los ancestros estarán satisfechos y no dejarán de bendecir la casa. ¡Tenemos tanta necesidad de bendición en esta pobre familia! Los hijos son numerosos y el dinero escaso… La madre concedió el permiso solicitado. Sinn-Tek y Jade Preciosa se fueron… ¡pero en dirección opuesta al templo!

A lo largo del camino, a la orilla del río, se erigía un pequeño templo, una pagoda. El río, que a veces se desbordaba, inundaba los alrededores y llenaba la sala del primer piso. Los dos niños no se detuvieron en ese lugar, porque sabían que a menudo allí sucedían cosas terribles…

Cuando llegaron a la casa encantada, inspeccionaron nuevamente los lugares y se divirtieron un largo rato cazando los escorpiones que tenían su refugio en la gran cama familiar. Ya iban a irse cuando, de repente, el portal del patio rechinó horriblemente sobre la única bisagra que le quedaba. Luego se abrió, y… los dos niños no podían creer lo que veían. Tres personas estaban ahí, un hombre y dos mujeres. Llevaban vestidos chinos y estaban cargados de maletas. Además el rickshaw, estacionado en el camino, estaba lleno de paquetes. ¡Estas personas venían, pues, a vivir en la casa encantada!

Los dos niños se asustaron. Estas personas recién llegadas, ¿se enojarían al descubrir a dos pequeños vagabundos en lo que sería su morada? Jade Preciosa fijó su mirada en el rostro de una de las mujeres y Sinn-Tek miró a la otra. Luego lanzó un grito de terror, se precipitó fuera de la casa, atravesó el patio, saltó el muró y huyó a toda velocidad, loco de miedo, abandonando a su hermana a su suerte. La niña, estupefacta, permaneció inmóvil.