Capítulo 17
Ultraje y provocación de Goliat
Nuevamente se juntan los filisteos contra Israel. Esta vez, disponen de una magistral ventaja: un extraordinario paladín, de unos tres metros de estatura, vestido con una armadura de setenta y cinco kilos. Es un coloso tan formidable que basta verlo, para que sus enemigos se aterroricen. ¡Es Goliat! Lleno de orgullo, avanza entre las líneas enemigas y desafía a quien quiera oponerse a él en duelo. No solo ningún adversario se presenta, sino que los israelitas huyen con temor; en cada oportunidad, el gigante tiene la ocasión de ultrajar a los ejércitos de Jehová y, por consiguiente, a Jehová mismo. Goliat nos recuerda lo que se dice del leviatán:
Cuando se levanta, se espantan los poderosos; y a causa de los terrores están fuera de sí
(Job 41:25, V. M.)
Y ante todo, nos hace pensar en ese “hombre fuerte”, de quien nos habla el Señor Jesús (Marcos 3:27): Satanás mismo que, por temor a la muerte, ejercita una cruel dominación sobre los hombres, buscando hacer de ellos sus esclavos para siempre (v. 9).
Durante este tiempo, David va y viene, de su rebaño a la corte del rey, a sus anchas tanto aquí como allá. ¡Qué hermosa imagen de Jesús en su humildad y su incansable abnegación!
Humildad y disponibilidad de David
Enviado por su padre, como José en otros tiempos para buscar noticias de sus hermanos (Génesis 37:13), David es la imagen de Aquel que dejó el cielo para visitar al mundo y traerle la gracia. Entonces, David oye el cotidiano desafío, el ultraje hecho a Israel por el paladín filisteo. Consternado, se informa (v. 26). Eliab le oye y le reprende por su curiosidad (v. 28). A veces ocurre que los mayores regañan injustamente y sin miramientos a sus hermanos más jóvenes.
Aunque había asistido a la unción de David, Eliab no lo toma en serio. Nos recuerda a los hermanos de Jesús, quienes no “creían en él” (Juan 7:5).
Cuarenta días pasaron (v. 16). En toda la Escritura, cuarenta es el número que corresponde a una completa puesta a prueba. ¡Ay!, es necesario reconocerlo: ¡frente al filisteo no hay nadie, nadie para liberar a Israel! Ni Eliab, pese a su grande estatura (cap. 16:7) –debería haber tenido vergüenza de su cobardía delante de David–; ¡ni aun Saúl! (el más alto de todo el pueblo y, por consiguiente, el más indicado para defenderlo), porque Jehová lo había abandonado. Sin embargo, para la fe de David, Goliat no es más que un filisteo como los demás, vencido de antemano porque se permitió insultar “
A los escuadrones del Dios viviente
(Isaías 37:23, 28).
¿Qué armadura utilizar?
David se presenta ante Saúl y le da a conocer su proyecto. “No podrás tú ir contra aquel filisteo”, le responde el rey. Empero, impresionado por la resolución y la firme confianza del joven, está dispuesto a ayudarlo: trae su armadura; se la presta a David, quien sintiéndose incómodo y paralizado en sus movimientos, no puede valerse de ella. No, sus armas serán los humildes utensilios del pastor. Estos, sin valor a los ojos de los hombres, tanto más harán resaltar el poder de Jehová.
La armadura de Saúl nos habla de todos los recursos y las precauciones de la sabiduría humana; ¡la fe los considera como trabas!
Formado por Dios en lo secreto para el servicio al cual estaba destinado (como lo fueron tantos servidores y Jesús mismo en Nazaret), David aparece ahora en público, listo para el combate. Y, para demostrar el poder de Jehová, relata una experiencia hecha en esa «escuela del desierto». Mató, sin testigos, un león y un oso para liberar una oveja. Pensemos en otro Pastor dando su vida por las ovejas y liberándolas del cruel Adversario (Juan 10:11; 17:12; 18:8-9). ¡Qué inmenso valor tiene un solo cordero para el corazón de este buen Pastor!
Pequeños recursos – Gran victoria
Una vez más, el filisteo sale de las filas con su actitud provocativa. Pero, ¿quién viene a su encuentro? ¿Es este el campeón que le opone Israel, un jovencito con sus armas irrisorias: un palo y una honda de pastor? ¿Se burlan de él? Mira de arriba abajo a este miserable adversario, indigno de medirse con él, y lo insulta con desprecio. Pero David no se conmueve, y más tarde escribirá:
Jehová es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme?
(Salmo 27:1).
Con gesto seguro, lanza la piedra; esta penetra en la frente del gigante, quien se desploma. David corre y le corta la cabeza con la propia espada de Goliat. Entonces, estallan gritos de victoria en el campamento de Israel, en tanto que la confusión y la derrota reinan en el de los filisteos. ¡Qué escena memorable! Ilustra el poder de la fe, esa fe que permite al creyente obtener, de rodillas, semejantes victorias. Pero sabemos que tiene un alcance infinitamente más grande. Figura de Cristo, David triunfó sobre Goliat, imagen de Satanás, al utilizar su propia espada: la muerte. Es la victoria de la cruz, inagotable tema de eterna alabanza.
Una profunda amistad
Como vencedor, David es llevado otra vez ante el rey, teniendo en la mano la cabeza del gigante. Con sorpresa, comprobamos que Saúl no recuerda más de quién es hijo. Con respecto al Señor Jesús se manifiesta un enceguecimiento semejante. Los judíos no lo conocen, ni a él ni a su Padre (Juan 8:19). Y todavía es así, aun en nuestros países cristianos: muchas personas no reconocen verdaderamente a Jesús como el Hijo de Dios (1 Juan 4:14-15).
En cambio, Jonatán no se formula preguntas respecto a David (1 Samuel 20:13-15). El que acaba de dar a Israel esta extraordinaria liberación solo puede ser el ungido de Jehová. Su alma se apega a él, no sencillamente por agradecimiento o admiración, sino por un vínculo de íntimo y verdadero amor. Es un hermoso ejemplo para el creyente que no solo goza de su salvación sino que ama a aquel que le salvó. Ahora bien, el amor es un sentimiento que se manifiesta. Por David, el amado, Jonatán se despoja de lo que produce su fuerza y su gloria. ¿Estamos dispuestos a hacer otro tanto? ¿Hemos reconocido a Jesús, nuestro Salvador, como Aquel que tiene derechos sobre nuestro corazón y sobre todo lo que nos pertenece?
