Capítulo 23
Ingratitud de los habitantes de Keila
Al ser informado del ataque de los filisteos a Keila, David habría podido decir: «Es asunto de Saúl proteger al país». ¡Pero, no! Pese al riesgo que corre, el que en otros tiempos liberaba a sus ovejas del león y del oso, auxilia a la ciudad en peligro. Si bien David obra así como el verdadero rey, no omite preguntar primero a Dios lo que piensa de ello (v. 2). No nos olvidemos nunca de hacerlo, aun cuando emprendamos algo que nos parece bien. Esto se llama ¡dependencia!
Los hombres de David tienen miedo. Nos hacen recordar a los discípulos del Señor quienes “se asombraron, y le seguían con miedo” (Marcos 10:32).
Para alentar a su gente, David vuelve a consultar a Jehová, quien le responde de manera más precisa aún. Y se consigue la victoria. No obstante, David sabe que los que fueron liberados son capaces de entregarle a Saúl sin vacilar; no tiene confianza en ellos. ¿No era lo mismo con el Señor? Había venido a liberar a su pueblo; sin embargo,
No se fiaba de ellos, porque conocía a todos… pues él sabía lo que había en el hombre
(Juan 2:24-25).
También conoce cada uno de nuestros corazones.
Traición de los zifeos
Enceguecido y endurecido, Saúl se había atrevido a decir de David: “Dios lo ha entregado en mi mano” (v. 7). No sin ironía, el versículo 14 restablece la verdad: “Dios no lo entregó en sus manos” (comp. Salmo 37:32-33). Sin embargo, el “amado”, el rey “conforme al corazón de Dios” debe conocer la amargura y sufrir esta injusta situación al margen de la sociedad. Es necesario que experimente la maldad humana manifestándose contra él: odio, celos, ingratitud, y hasta la traición. Esos zifeos, ¿no nos hacen pensar en Judas vendiendo a su Maestro? Sí, Jesús, el Rey rechazado conoció aún más que David ese desenfreno de maldad, esa
Contradicción de pecadores contra sí mismo
(Hebreos 12:3).
Su corazón, infinitamente sensible, sufrió por ello de la manera más profunda.
Lo que David experimentó entonces, podemos comprenderlo por medio de ciertos salmos compuestos en ese desierto de Judá (Salmos 54, 63, etc.) La visita de Jonatán le alienta y dirige su pensamiento hacia el porvenir. Pero, el mismo amigo fiel “se volvió a su casa” (v. 18; comp. con Juan 7:53), mientras que David, imagen de uno más grande que él, continúa su camino de rechazo con los que lo dejaron todo para seguirle.
