Capítulo 6
Regreso del arca – ¿Aceptar o rechazar al Señor?
En lugar de rechazar a su impotente ídolo para, de ahí en adelante, temer y servir a Jehová, los filisteos tienen solo un pensamiento: deshacerse lo más pronto posible de un Dios tan temible. Esto nos recuerda una escena del evangelio de Marcos: el poder del Señor acaba de librar a Legión, el endemoniado, en el país de los gadarenos. Estos han tenido el inestimable privilegio de una visita del Hijo de Dios. No obstante, enceguecidos por sus intereses, solo consideran la pérdida de sus cerdos. En lugar de alegrarse y recibir a Jesús, le ruegan que se vaya de sus alrededores (Marcos 5:17). El mundo no pudo soportar la presencia del Señor, porque Su perfección lo juzgaba. Entonces quiso deshacerse de él.
Los filisteos reconocen el indiscutible poder del Dios de Israel. En su ignorancia, le honran a su manera. Y el arca vuelve a la tierra de Israel, después de haber demostrado nuevamente su poder. En efecto, pese a la ausencia de un conductor, el carro que la lleva se dirige en línea recta hacia la frontera con Israel, tirando de él unas vacas que contrariamente a los instintos naturales, se alejan de sus crías.
Recibir al Señor en su vida – Respeto a su Persona
Los habitantes de Bet-semes tienen el honor de recibir el arca. Sin embargo, se permiten levantar el propiciatorio (la tapa) y Dios los castiga severamente (comp. Números 4:20). Es una advertencia para nosotros, en cuanto al santo respeto debido a la persona de Jesús. Dios no tolera ninguna curiosidad profana respecto a él.
¡Ay!, frente al castigo, los bet-semitas reaccionan como los filisteos, deseando deshacerse del arca por considerarla demasiado santa para ellos.
Ciertos cristianos se parecen a estos hombres. Antes de juzgarse y poner en orden sus asuntos, prefieren alejar al Señor de su pensamiento y de su vida. Su presencia les molesta. ¿No es triste?
Pero ahora Dios nos presenta a los que, por el contrario, están felices de recibirle. Los habitantes de Quiriat-jearim acogen el arca y la colocan en la casa de Abinadab, situada en un collado.
Otra vez, nuestros pensamientos van a Jesús. Mientras su pueblo le rechazaba –no tenía “donde recostar la cabeza” (Mateo 8:20)– en cierta ocasión
Una mujer llamada Marta le recibió en su casa
(Lucas 10:38).
La casa de Abinadab, la casa de Betania: ¡gozo y bendición para el que abre su puerta, como asimismo para el divino Huésped a quien se honra allí! (Apocalipsis 3:20).
