1 Samuel
1 Samuel

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

Pedir en la tienda

Capítulo 10

Tres lecciones importantes

Samuel cumple fielmente el acto que pone fin a su servicio como juez: derrama el aceite de la unción real sobre la cabeza de Saúl. Luego le indica el camino, como el criado lo había esperado (cap. 9:6). Ya no se trata de ir por las asnas; estas fueron halladas. Ahora Saúl debe recorrer el camino que lo preparará para ocupar el trono. Primero irá al sepulcro de Raquel: la muerte, fin del hombre natural y de todas sus ventajas, es la primera gran lección para todo cristiano. Pero, la tumba de Raquel se hallaba en el lugar donde nació Benjamín, a cuya tribu pertenecía Saúl. Benjamín, “hijo de la mano derecha” del padre (Génesis 35:18, nota), es figura de Cristo, de quien el redimido puede gozar cuando considera muerto al viejo hombre. El segundo encuentro, en Bet-el (la casa de Dios), nos habla de la adoración, a la cual se invita a tomar parte al joven creyente, junto con los dos o tres testigos. Finalmente, en presencia de los enemigos y en compañía de los profetas, se ha de dar un testimonio por el poder del Espíritu Santo.

Saúl parece cursar esas lecciones sin aprenderlas, como nos lo mostrará la continuación de su historia. Es la prueba de que uno puede hallarse “entre los profetas” (v. 11-12) y participar de todas las bendiciones de los hijos de Dios, sin ser uno de ellos verdaderamente.

Saúl nombrado rey

Ahora que Dios ha dado a conocer al rey, a quien otorga a su pueblo, Samuel convoca a Israel para presentárselo. Sin embargo, es necesario probar que esta elección proviene de Jehová y ello es confirmado delante de todos por medio del sorteo. Saúl es designado y el pueblo lo aclama con alegría, diciendo: ¡Viva el rey! ¿Día de fiesta y de alegría? ¡Ah, más bien triste día en la historia de Israel! “Vosotros habéis desechado hoy a vuestro Dios”, declara el profeta (v. 19). Esta escena nos transporta a muchos siglos más tarde, cuando ese mismo pueblo rechaza al Hijo de Dios al afirmar a Pilato: “No tenemos más rey que César” (Juan 19:15); o también, según la parábola de Lucas 19:14: “No queremos que este reine sobre nosotros”. No es sobre un trono, sino sobre una cruz donde Israel elevará a su Mesías, una cruz que llevará esta inscripción:

JESÚS NAZARENO, REY DE LOS JUDÍOS
(Juan 19:19).

Pero este rey, despreciado, ultrajado, coronado de espinas, pronto aparecerá como el Rey de gloria (Salmo 24 y muchos otros pasajes).

Decirle no a Dios es dar pruebas de una osadía poco común. Tres veces el pueblo pronunció esta pequeña palabra en contra de Dios (1 Samuel 8:19; 10:19; 12:12). Hoy en día, ¿no hay muchas maneras y oportunidades en las que corremos el riesgo de hacer lo mismo?