Capítulo 22
La cueva de Adulam
La cueva de Adulam viene a ser el refugio de David. Pero, en realidad, Jehová es su refugio, así lo afirma un salmo compuesto en esa cueva: “Tú eres mi refugio” (Salmo 142:5, V. M.; véase también Salmo 57:1). Después agrega:
Me rodearán los justos, porque tú me serás propicio
(Salmo 142:7).
¿Los justos? ¿Puede tratarse de esos hombres del versículo 2, aparentemente tan poco recomendables, sospechosos, deudores marginales, verdaderos desechos de la sociedad? Sí, Dios da este nombre a los que aman a su ungido y le reconocen como jefe. Desde el momento en que acuden a David, ya no es cuestión de su triste pasado.
Así, hoy en día, los que se reúnen alrededor de Jesús han cambiado su miseria moral, su inmensa deuda para con Dios, la amargura de su alma (v. 2) por Su justicia. En cuanto comprenden que en sí mismos ellos no tienen nada de valor y que el mundo no puede satisfacerlos, hallan en Jesús un Jefe y un objeto para sus afectos.
¿Qué podía ofrecer David a sus compañeros? Para el presente, ¡nada más que sufrimientos! Pero para el porvenir, podrían compartir su gloria real. ¡Tal es la parte del creyente! ¡Qué contraste con la gente del mundo que, como los siervos de Saúl en el versículo 7, recibe todas sus ventajas y sus bienes en la vida presente!
Las razones de una terrible masacre
Mientras David, el futuro rey, se halla errante y proscrito con sus fieles, Saúl trama siniestros proyectos contra él. Al mismo tiempo, sus celos le impelen a la matanza de los sacerdotes de Jehová. Y lo que no ejecutó contra Amalec, enemigo del pueblo, al perdonarle la vida a Agag y al ganado, no teme hacerlo a la ciudad de Nob, pasándola por entero a cuchillo. Para cumplir su venganza, Saúl se vale del mismo traidor, Doeg, un edomita, terrible figura del Anticristo, quien en un tiempo venidero, se levantará contra el Señor y contra Israel (véase el título del Salmo 52).
Consideremos ahora, en cambio, un cuadro lleno de gracia: Abiatar se reúne con el ungido de Jehová. “Quédate conmigo –le recomienda David–, quien buscare mi vida, buscará también la tuya” (v. 23). “Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros”, recuerda Jesús a sus discípulos.
Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán
(Juan 15:18, 20).
Esta persecución, este odio del mundo, ¿es motivo de temor para nuestros corazones? Entonces, escuchemos como viniendo de boca del Señor esta preciosa promesa nunca desmentida: ¡“Conmigo estarás a salvo”! (v. 23; véase Juan 18:9).
