1 Samuel
1 Samuel

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 15

Otra desobediencia de Saúl

Este capítulo es importante desde dos puntos de vista. Contiene, primero, el castigo divino contra Amalec y, segundo, la prueba final del rey Saúl.

Amalec, adversario cobarde y cruel, había atacado a Israel por sorpresa a la salida del pueblo de Egipto. Esa maldad no podía serle perdonada. “Raeré del todo la memoria de Amalec”, había dicho Jehová (Éxodo 17:14). Cuatrocientos años habían transcurrido, pero Dios no lo había olvidado. “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”, de­clara el Señor (Mateo 24:35). Israel tampoco habría tenido que olvidarlo: “Acuérdate de lo que hizo Amalec contigo en el camino, cuando salías de Egipto”, había recomendado Moisés.

Borrarás la memoria de Amalec de debajo del cielo; no lo olvides
(Deuteronomio 25:17-19).

Tampoco olvidemos nosotros a los enemigos que nos sorprendieron en el pasado. ¿Cómo se llaman? Ira, mentira, impureza… o cualquier otro tipo de pecado. Si nuestra vigilancia mengua respecto de esos frutos de la carne, podríamos tener que volver a aprender una lección que ya hemos pagado caro. No nos tratemos con indulgencia, sino que juzguemos sin piedad todas las manifestaciones de la vieja naturaleza.

Falsas disculpas de Saúl y su falta de arrepentimiento

Samuel acaba de pasar una noche de angustia que debió recordarle aquella en que le fue anunciado el castigo de la casa de Elí (cap. 3:11).

Saúl no consumó el aniquilamiento de Amalec y, por consiguiente, debe ser rechazado como rey. Un rey desobediente solo puede conducir a su pueblo a la desobediencia; se le debe apartar del poder.

Obedecer es mejor que los sacrificios
(cap. 15:22).

La más brillante acción de toda nuestra vida no tiene valor si no se la cumple por obediencia a Dios. Este versículo se aplica a todas las obras mediante las cuales la cristiandad procura en vano satisfacer a Dios, en lugar de escuchar y recibir sencillamente su Palabra.

Aquí, obedecer es mejor que los sacrificios. Pero se dice lo mismo de la misericordia y del co­no­ci­miento de Dios (Oseas 6:6; Mateo 9:13), de la justicia y de la equidad (o juicio) (Proverbios 21:3), del espíritu quebrantado (Salmo 51:16-17) y del amor (Marcos 12:33). En cambio, veamos lo que la carne, además de la desobediencia, produce en Saúl: la jactancia (v. 20), la mentira, atribuir la falta al pueblo (v. 15, 21), la obstinación, un falso arrepentimiento y, con todo esto, la búsqueda de un vano prestigio (v. 30). ¡En verdad, un cuadro muy triste!