Capítulo 14
La verdadera confianza en Dios
En el capítulo 13, consideramos lo que la carne puede hacer, o más bien, lo que no puede hacer: esperar el momento elegido por Dios. En contraste, este capítulo va a mostrarnos lo que la fe es capaz de obrar. Todos los recursos humanos se hallan del lado de Saúl. Oficialmente, el poder de Israel está allí, debajo del granado de Gabaa (v. 2). No obstante, la fe, una fe individual, está del lado de Jonatán y su compañero. Para ellos, el socorro está en Dios, su Salvador (v. 6). Doble imagen que nos hace pensar en la cristiandad actual. Ciertas religiones llamadas cristianas pretenden tener por sí solas la autoridad espiritual y se consideran como las necesarias intermediarias entre Dios y las almas. Pero el Señor, quien conoce a los suyos, les brinda apoyo, otorgándoles la comprensión de Sus pensamientos y el gozo de Su presencia, fuera de las organizaciones controladas por los hombres. Humanamente hablando, la expedición de Jonatán es una loca aventura. Los filisteos, sintiéndose fuertes, ocupan los puntos estratégicos. Jonatán cuenta con Dios, esperando de él una señal para arremeter. Una vez más, ¡qué contraste con su propio padre, y qué hermoso ejemplo para nosotros!
La audacia de la fe de Jonatán recompensada
Desde su puesto fortificado en la cima del peñasco, los vigías filisteos ven a los dos jóvenes israelitas, y no dejan de burlarse de ellos. “Subid a nosotros” (v. 12), les gritan con desprecio, sin sospechar que así dan a los valientes la señal que ellos esperan de parte de Jehová, la señal para la destrucción de los filisteos.
La fe no solo sabe esperar, sino también avanzar y combatir cuando Dios le da la orden para ello. Llenos de intrepidez, nuestros dos combatientes escalan el peñasco y llegan a su cima. No piensan en el peligro que corren, sino en el poder divino. Este hace caer ante ellos a los enemigos de Israel. Las burlas del momento precedente dan lugar al espanto que, progresivamente, gana todo el campamento de los filisteos. Estos, en una ciega locura, se destruyen recíprocamente, mientras los hebreos dispersados vuelven a tener ánimo y se juntan nuevamente. Un pequeño comienzo, cuando es producido por la fe, puede tener un gran resultado e igualmente, si somos fieles, Dios podrá valerse de nuestras pequeñas victorias para alentar y afirmar a los cristianos que nos rodean.
Un juramento irreflexivo y su triste resultado
La derrota de los filisteos es total. El pueblo se une a Saúl para perseguirlos y destruirlos. Sin embargo, no posee la energía que, en una circunstancia similar, habían desplegado Gedeón y sus compañeros. Aquéllos seguían a Madián “cansados, mas todavía persiguiendo”, porque se habían refrescado antes de ir a la batalla (Jueces 7:6; 8:4). Aquí, al contrario, Saúl prohibe al pueblo tomar alimento durante todo el día, pese al rudo esfuerzo que deben realizar (v. 24-26). Tal interdicción legal, fruto de la imaginación, ¡nos hace pensar en otras invenciones humanas en materia de religión! Esta solo acarrea lamentables consecuencias: primero, la derrota de los filisteos es menos grande que lo que hubiera sido con un ejército en plena posesión de sus recursos. Por otra parte, llegada la noche, cuando el pueblo por fin tiene la libertad para comer, está tan hambriento que prepara su carne matando animales sin derramar sangre, cometiendo así un pecado mortal (Levítico 17:10-14). ¿No era mucho más grave desobedecer a Jehová que transgredir la ordenanza carnal de Saúl?
Lo que ocurre cuando se imita la piedad
Tengamos cuidado con nuestras palabras y, particularmente, con las promesas que hagamos. Ya vimos las desdichadas consecuencias del irreflexivo juramento que Saúl había pronunciado. Debilitó inútilmente a su ejército, impidió el final de la persecución, llevando al pueblo a transgredir el mandamiento relativo a la sangre. Una última consecuencia que, al igual que las precedentes, no abrirá los ojos del pobre rey, será la de condenar precisamente al único hombre de fe: el valiente Jonatán. Ahora este se halla en peligro de muerte, no por la espada de los filisteos, ¡sino por su propio padre! Detrás de todo esto vemos obrar al mismo Satanás. Por ese medio, procura deshacerse de este hombre de Dios; sin embargo, Jehová no lo permite y se sirve del pueblo para liberar a Jonatán. Esta escena es similar a la descrita después de la derrota de Hai (Josué 7). Pero aquí todas las faltas están del lado de Saúl, cuya locura y ciega soberbia se manifiestan a los ojos de todos. Y, de ahí en adelante, lejos de contar con Jehová, quien había dado la victoria, el rey sigue apoyándose en la carne, movilizando a los hombres fuertes y valientes para su guardia personal, un reclutamiento muy diferente al que realizará David más tarde (cap. 22:2).
