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Capítulos 16-31: David o El rey según la gracia
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Capítulos 4-8: Samuel, juez y profeta
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Capítulos 9-15: Saúl o El rey según la carne
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Conclusión
Cada una de las fiestas que vimos (la Pascua, los panes sin levadura, la gavilla por primicia, la conmemoración al son de las trompetas, la expiación y los Tabernáculos) estaba acompañada de sus respectivos sacrificios, como nos lo muestran estos dos capítulos.
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Conclusión
Así hemos pasado revista en este libro, tan particular entre los escritos proféticos, a todo el conjunto de la historia del hombre desde el principio hasta el fin: la historia de la criatura caída –pero provista de una nueva vida–, la del rechazo de Israel, la de la gracia otorgada a las naciones, la de un remanente preservado en la angustia, la de las naciones del fin que re
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Conmemoración al son de trompetas
La Pascua tenía lugar el decimocuarto día del primer mes. La gavilla por primicia probablemente era ofrecida el día después del primer sábado que seguía a la Pascua. Pentecostés, cincuenta días más tarde, debía tener lugar, pues, en la primera mitad del tercer mes. Luego venía una larga interrupción hasta el séptimo mes, en el cual tres fiestas se sucedían rápidamente.
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Despertar y edificación del templo
En los capítulos precedentes hemos visto la actividad del remanente de Judá. Este se componía, en su mayoría, de gente que había podido probar su genealogía.
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El acceso al santuario
El tabernáculo nos ha hablado de la Casa de Dios y del conjunto de sus rescatados, representados por las tablas, las cortinas, los doce panes, las columnas y las cortinas (o colgaduras) del atrio, figuras –entonces incompletas– del misterio que debía ser plenamente revelado al apóstol Pablo: la Iglesia que es su Cuerpo (Efesios 3:5-6).
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El altar y los fundamentos del templo
A los dos caracteres del remanente mencionados más arriba, se les añaden, en nuestro capítulo, muchos otros.
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El amor de Dios hacia su pueblo
“La palabra de Jehová a Israel, por medio de Malaquías” (v. 1, RVA 1989). Aunque Malaquías profetizaba en medio de los débiles restos de Judá y Benjamín, vueltos del cautiverio, abarca en su pensamiento a Israel, es decir, al conjunto del pueblo. En eso difiere de Zacarías, quien considera tan solo a Judá y Jerusalén.
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El atrio
En principio, el atrio con su recinto nos habla del testimonio exterior y público que deben dar aquellos que componen la Casa de Dios, por oposición al tabernáculo propiamente dicho, el cual nos presenta el santuario y lo que se contempla en él.
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El día de la expiación (ver nota al final del libro)
Entrar mucho más profundamente en lo que le costó a Cristo quitar el pecado de delante de Dios es el preludio de toda restauración. Reconocer la ruina (Levítico 16:1), individual o colectiva, conduce a una apreciación mucho más grande de la obra de Cristo y de su eficacia ante Dios.
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El holocausto
Como ya lo hemos visto, el holocausto, el sacrificio que es enteramente quemado sobre el altar, viene en primer lugar. En efecto, era importante poner en evidencia primero la perfección de la víctima, perfección que sólo puede ser plenamente apreciada por Dios. El mismo Señor Jesús lo dijo: “Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida” (Juan 10:17).
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El libro de la ley y la fiesta de los tabernáculos
Los capítulos 8 al 10 hablan del estado religioso del pueblo y forman una especie de paréntesis, ya que el capítulo 11 se vincula directamente al capítulo 7.
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El lugar santísimo
Como la ciudad de Apocalipsis 21:16, el lugar santísimo era cúbico, manifestando así la perfección de Dios en todo. Era oscuro, pues, según 1 Reyes 8:12, Dios había dicho que “habitaría en la oscuridad”, manifestando de esa forma que aún no había sido plenamente revelado a los hombres.
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El lugar santo
Así como la puerta y el altar de bronce nos hablan del acceso al tabernáculo, abierto a cualquiera que quería venir con un sacrificio, el lugar santo nos presenta el privilegio exclusivo de los sacerdotes. Hoy, para ser sacerdote, es necesario ser hijo de Dios, nacido de nuevo. Y todo hijo de Dios es sacerdote (1 Pedro 2:5) (lo que no era el caso en Israel).
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El pan de la tierra
En el desierto los israelitas se alimentaban del maná. Cada mañana tenían que levantarse muy temprano a fin de recoger la cantidad que necesitaban para el consumo del día (esto se repite seis veces en Éxodo 16). Era imposible hacer provisiones para más de un día, ya que el maná criaba gusanos.
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El sacrificio de paz
En la institución de los sacrificios, el sacrificio de paz estaba tercero en la lista (Levítico 1-5). Ahora, al tratarse de las “leyes” de las ofrendas (Levítico 6-7) vemos que es el último. Éste no se ofrecía para ser “aceptado”, como el holocausto, ni para ser “perdonado”, como el sacrificio por el pecado, sino que el que lo ofrecía lo hacía para dar gracias (cap. 7:12).
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El Sol de justicia
En el capítulo 3 vimos el contraste entre el terrible día del juicio y el día en que Jehová hará (v. 2 y 17).
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El tabernáculo propiamente dicho - Éxodo 26
El tabernáculo, para poder ser transportado a través de las numerosas etapas del desierto, era desmontable en diversas partes, aunque no dejaba de constituir un todo. Antes de cada partida los levitas desmontaban el tabernáculo y, luego, lo transportaban, parte sobre sus hombros, parte en carros.
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Esdras
Entramos aquí en un nuevo período de nuestra historia. Han transcurrido cuarenta y siete años desde la dedicación del templo, sesenta y ocho aproximadamente desde el edicto de Ciro.
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Expulsión de las mujeres extranjeras
Hemos visto, en el capítulo precedente, que Dios había respondido a la humillación de uno solo, Esdras, quien agrupó en torno a sí, según un mismo espíritu de contrición, a aquellos compañeros que temblaban ante las palabras del Dios de Israel.
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Fin del trabajo y dedicación del templo
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Humillación, separación, confesión
La última celebración en la serie de las fiestas judías era la de los tabernáculos (Levítico 23). Ahora bien, el capítulo que se abre ante nosotros no tiene nada que ver con las ordenanzas levíticas. Solo el día veinticuatro –es decir, después del gran día de la fiesta de los tabernáculos que terminaba el día veintitrés– los hijos de Israel se reunieron en la aflicción y la humillación (v. 1).
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