Capítulos 9-15: Saúl o El rey según la carne
Capítulo 9
Saúl aparece en la escena. En estas circunstancias nuevas, el carácter de Samuel brilla con un resplandor incomparable. Dios le había dicho: “Pon rey sobre ellos”; Samuel esperó todavía, hasta que Dios lo designara. Ese es el verdadero carácter de un siervo: la dependencia en la obediencia, el mismo carácter que se ve en el Señor Jesús con motivo de la muerte de Lázaro (Juan 11:6). Es notable ver que Samuel servía respecto a algo que era contra su corazón, pero si Dios obraba así, ¿cómo haría él de otra manera? Dios se puso al servicio de su pueblo para escogerle un rey según los principios humanos. Bien lo dice en Oseas 13:11: “Te di rey en mi furor, y te lo quité en mi ira”; pero si Dios ejercía así un juicio sobre su pueblo, no es menos cierto que también tenía un propósito de gracia. Él “salvará a mi pueblo de mano de los filisteos; porque yo he mirado a mi pueblo, por cuanto su clamor ha llegado hasta mí”, dijo Dios (v. 16).
Por otra parte, esa elección era la prueba de Israel. En la carne, pidió un rey según la carne; ni Dios ni Samuel pusieron obstáculo a ello; al contrario, Dios eligió al sujeto más excelente que la carne puede desear, y Samuel lo reconoció como tal: “¿Y para quién es todo lo deseable en Israel? ¿No es para ti y para toda la casa de tu padre?” (v. 20, LBLA).
Saúl poseía todas las cualidades naturales de un caudillo. Era fuerte y valiente, hermoso, alto, hombre selecto (v. 1-2). Sus cualidades morales no eran menos notables: era sumiso, considerado con su padre (v. 5), estaba dispuesto a escuchar los consejos de sus inferiores (v. 10), pequeño a sus propios ojos, tanto por su tribu como por su familia (v. 21). Si con semejante hombre el ensayo que Dios iba a hacer no tenía éxito, definitivamente quedaría claro que el estado del hombre en general no admite esperanza.
Añadamos todavía que sin esta prueba del rey según la carne, los caminos de Dios para con David, su ungido, no habrían sido completos. ¿Dónde hubieran estado los sufrimientos y toda la aflicción de David, preludio necesario de su gloria, si Saúl no hubiera sido suscitado?
Volvamos ahora al hermoso carácter de Samuel. En los capítulos precedentes vemos que oró, intercedió, consultó al Señor; aquí le vemos en una relación de intimidad aun mayor con Dios. Dios realiza en él lo que encontramos en el Salmo 32:8: “Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos”. Saúl era solo un instrumento ciego en los designios de Dios; en cambio Samuel tenía conciencia de ello y era el confidente de su secreto. “Y un día antes que Saúl viniese, Jehová había revelado al oído de Samuel, diciendo: Mañana a esta misma hora yo enviaré a ti un varón de la tierra de Benjamín, al cual ungirás por príncipe sobre mi pueblo Israel” (v. 15-16). La comunicación le fue dada sin que él la pidiera. Nada venía de él; Samuel recibió directamente, sin ningún intermediario, los pensamientos de Dios:
He aquí este es el varón del cual te hablé; este gobernará a mi pueblo
(v. 17).
Samuel tenía conciencia de su don (v. 19), pero era para comunicar el pensamiento de Dios a Saúl. Antes de que este le hubiera encontrado, ya había ordenado de antemano su porción (v. 23). Nada de celos, cuando hubiera podido tenerlos, pues había sido puesto a un lado por los ancianos; le bastaba la voluntad de Dios y se regocijaba en ella. El establecimiento de un rey según la carne era malo, pero Samuel –cosa muy difícil seguramente– había aprendido en la comunión con el Señor a no oponerse al mal cuando Dios no se oponía a él.
Observemos todavía en este capítulo cómo todos los acontecimientos más insignificantes concurrieron para el cumplimiento de los designios de Dios, para el propósito que él se había fijado: la pérdida de las asnas, las gestiones inútiles hechas por Saúl en la tierra de Israel, la idea del siervo, las jóvenes que iban a la fuente, la presencia de Samuel en la ciudad ese día, el sacrificio de paz; en fin, cada paso, cada decisión, cada palabra del profeta que obra en comunión con su Dios.
Capítulo 10
Samuel ungió a Saúl por príncipe sobre el pueblo de Dios y le predijo las señales que le sucederían en el camino, en relación con su unción como rey. Estas señales tenían una gran importancia: todo el futuro de Saúl dependía de la manera en la cual las comprendiese. Él debía meditarlas; su sentido se le escapa a un corazón sin inteligencia ni discernimiento espiritual y, bajo este aspecto, este pasaje es muchas veces una piedra de toque de nuestro estado. Observemos que, en esta escena, Saúl no fue abandonado a sí mismo, lo que le quitaba toda excusa. Samuel le dijo:
Dios está contigo
(v. 7);
más tarde leemos: “El Espíritu de Dios vino sobre él” (v. 10).
Las señales dadas a Saúl fueron tres y se sucedieron en el orden determinado por Dios.
La primera fue junto al sepulcro de Raquel, sobre la frontera de Benjamín. Benjamín, jefe de la tribu a la que pertenecía Saúl, había visto la luz al morir su madre. La historia de Saúl, para corresponder a los pensamientos de Dios, debía empezar ahí. Solo de él dependía hacerse el hijo de la diestra de Jacob, el Benjamín de Dios, con tal que el hombre en la carne pudiera obtener ese sitio. El sepulcro de Raquel podía ser el comienzo de su realeza. La muerte, separándole de todo su pasado, podría ser para él una vida nueva, salida de la muerte, en la cual él andaría libremente como el ungido de Dios.
Siguiendo adelante, Saúl debía encontrarse con tres hombres que subían a Dios en Bet-el. Bet-el fue la primera jornada del viaje de Jacob, el lugar donde Dios había prometido al patriarca proscrito que nunca lo abandonaría. En medio de la ruina de Israel, la fidelidad de Dios a sus promesas era manifestada así al fututo rey para que este ajustase su conducta a ella. Saúl tendría que haber visto que Bet-el le estaba asegurada y que podía contar con la protección divina. En las tristes circunstancias en las que se encontraba el pueblo, Saúl hallaría por lo menos tres adoradores de Dios subiendo adonde Jacob le adoró, donde Dios quiere ser adorado para siempre. En esa época Bet-el era el lugar de gracia en donde Dios se había revelado, el centro de la vida religiosa de Israel, el principio y el fin de las peregrinaciones de su fundador. Saúl podía y debía entrar en relación con los que se dirigían a este lugar de bendición y, aunque eran tan pocos, daban un testimonio completo (indicado por el número tres) de la realidad de la fe que permanecía en Israel. Ellos se informarían acerca de Saúl; de ellos tenía que recibir el alimento necesario, él, que no había tenido nada para dar al profeta. Habiendo hallado gracia ante sus ojos, debía unirse a estos hombres de fe.
Por último Saúl llegaría al collado de Dios, a la sede de su poder, en ese momento en manos de los filisteos, es decir, invadido y dominado por el enemigo. Habiendo encontrado en Bet-el lo que, en Israel, permanecía fiel a Dios, aquí Saúl debía darse cuenta del estado real del pueblo, y eso debía hablar a su conciencia. Pero en este mismo lugar Dios se ponía en relación con Israel por medio de los profetas. Los recursos divinos no faltaban y, a pesar de los filisteos, el Espíritu podía obrar con poder y con gracia. La compañía de profetas y el pequeño residuo que adoraba a Dios en Bet-el debían abrir los ojos e indicar el camino al ungido de Dios, quien así podía llegar a ser el conductor y libertador del pueblo. Dependía del Espíritu de Dios que Saúl, uniéndose a estos hombres, viniese a ser su instrumento para Israel, y que Dios le mudase “su corazón” (v. 6-9).
La señal tuvo lugar; el Espíritu de Dios vino sobre Saúl (v. 10). Por medio de él, Dios hubiera podido reanudar el curso de sus relaciones con Israel; pero la fe no entraba en juego, y los testigos de esta escena no se dejaron engañar por ello. Aunque Saúl, cambiado en otro hombre, profetizaba, los que lo habían conocido antes no confiaban en él. “¿Saúl también entre los profetas?”. Y alguien de allí respondió: “¿Y quién es el padre de ellos?”. ¿Acaso había un mismo padre para Saúl y para los siervos de Dios?
Cumplidas las señales, Saúl recibió una nueva orden para obrar, pues las señales no lo son todo; todavía hacía falta la Palabra. Se le ordenó descender a Gilgal y esperar allí siete días, hasta que Samuel llegara y le enseñara lo que debía hacer. Más tarde veremos el resultado de esta orden, cuando después de dos años el rey decidió bajar a Gilgal (cap. 13:1-4).
Samuel convocó al pueblo ante Dios en Mizpa, pero los hermosos días del capítulo 7 ya habían pasado, porque desde la nueva infidelidad del pueblo sus relaciones con Dios se habían estropeado nuevamente. ¡Al pedir un rey habían desechado a su Dios! (v. 19). ¡Ay! Parece que eso pesaba menos sobre sus conciencias que cuando se hallaban bajo el yugo de los filisteos. Ahora sus circunstancias exteriormente eran felices y fáciles, pero Dios había sido desechado. El pueblo había exigido un rey; lejos de impedirlo, Dios había ayudado por todos los medios, haciendo la mejor elección posible según el hombre. ¿Qué iba a resultar de ello?
Durante la institución de la realeza (v. 20-27), Saúl mostró humildad y modestia (v. 22), supo disimular un insulto (v. 27); cualidades naturales amables que se deben reconocer, pero que no podían de ninguna manera cumplir la obra de Dios. Terminada la ceremonia, Saúl se dirigió a Gabaa. “Y fueron con él los hombres de guerra cuyos corazones Dios había tocado. Pero algunos perversos… le tuvieron en poco, y no le trajeron presente”. Esta es una buena imagen del mundo: los perversos que habían rechazado a Dios para pedir un rey, despreciaron a este cuando Dios se lo envió; pero los verdaderos creyentes, en compañía de Samuel y, más tarde, de David, conociendo los pensamientos de Dios, aceptaron como de parte de Dios la autoridad de un hombre que se mostraría como el enemigo más encarnizado del ungido de Dios. Tal es aún hoy nuestra posición en el mundo; reconocemos a las autoridades más impías para obedecerles (aparte la obediencia debida a Dios), porque aceptamos la autoridad de Dios, quien las ha instituido.
Capítulo 11
Tan pronto como se establece la realeza, aparece en la escena Nahas amonita, temido enemigo de Israel, aunque no su gran enemigo interno como el filisteo, instalado en el collado de Dios, respecto al cual Dios había dicho: Saúl
salvará a mi pueblo de mano de los filisteos
(cap. 9:16).
Para evitar el combate, los de Jabes de Galaad propusieron una alianza con el enemigo a cambio de su servidumbre. Nahas respondió a esta propuesta solo con el desprecio. ¡Eso es todo lo que podemos obtener de nuestras cobardes concesiones al mundo y de nuestra falta de fe! La gente de Jabes ni siquiera pensó en el libertador que Dios acababa de darles, pues el pueblo no había reconocido a Saúl más que en las cosas que acepta la carne: la belleza exterior y las cualidades naturales.
Los mensajeros de Jabes informaron a las tribus sobre la situación extrema a la cual su ciudad estaba reducida; Saúl, casualmente, se encontraba en la comarca. “Al oír Saúl estas palabras, el Espíritu de Dios vino sobre él con poder; y él se encendió en ira en gran manera” (v. 6). Nótese algo muy serio: sin un trabajo de conciencia, el Espíritu de Dios, obrando en poder, no salva al hombre. Saúl, bajo la influencia del Espíritu, tenía mudado “el corazón”, estaba “mudado en otro hombre”. Pero más tarde fue reprobado, cuando se manifestó el verdadero fondo de su corazón natural. Porque el “otro hombre” no es el “nuevo hombre” del Nuevo Testamento. ¡Todas las cualidades de la naturaleza, incluso un don de profecía conferido por el Espíritu, no habían hecho de él un hombre de Dios! Balaam y Judas son ejemplos espantosos de ello; Sansón, aunque su estado se presta a algunas dudas, da lugar a los mismos comentarios, como también el siervo inútil de la parábola (Mateo 25:30).
Saúl, pues, fue asido por el Espíritu de Dios, pero creo que la ardiente ira de la carne reveló su estado personal; amenazó en vez de ganar la confianza y de apelar a la fe: “¡Así se hará con los bueyes del que no saliere en pos de Saúl y en pos de Samuel!” (v. 7).
Sea lo que fuere, “cayó temor de Jehová sobre el pueblo”. Jabes fue librado; Samuel renovó la realeza, ya establecida en el capítulo 10, pero que ahora había dado sus pruebas. Esta renovación tuvo que hacerse en Gilgal (v. 14), lugar de la circuncisión, en donde fue juzgada la carne. Moralmente Saúl no se involucró en este acto. Según la orden expresa de Samuel en el capítulo 10:8, su fe tendría que ponerse a prueba más tarde en Gilgal. Saúl dio muestras de generosidad, incluso reconoció la mano de Dios en la liberación otorgada al pueblo (v. 13). Así es como Dios, en su condescendencia hacia el hombre natural, está con él y le concede los medios y las ayudas necesarios para andar en su presencia.
En este capítulo encontramos al pueblo (v. 11-12), distinto de los verdaderos creyentes, cuyo corazón Dios había tocado (cap. 10:26), y de los perversos (cap. 10:27). El “pueblo” no pertenece ni a los unos ni a los otros. Desaparece cuando el corazón es puesto a prueba, pero habla muy a favor de Saúl y en contra de los perversos (v. 12) cuando encuentra beneficio en asociarse con el rey. El conjunto de la nación nunca estuvo de parte de un Saúl despreciado (cap. 10:27) o de un David rechazado, como lo veremos más tarde. Hoy día eso no ha cambiado, y aun en el milenio las naciones inconversas no se someterán a Cristo sino con el fin de sacar provecho de ello.
Capítulo 12
Con la renovación de la realeza, la carrera de Samuel como juez naturalmente llegó a su fin. Este capítulo 12 es, por así decirlo, el testamento de toda la actividad desplegada por Samuel como conductor de Israel. “He oído”, dice, “vuestra voz en todo cuanto me habéis dicho, y os he puesto rey. Ahora, pues, he aquí vuestro rey va delante de vosotros. Yo soy ya viejo y lleno de canas; pero mis hijos están con vosotros, y yo he andado delante de vosotros desde mi juventud hasta este día” (v. 1-2). Samuel no había sido doble en sus caminos, en absoluto; al escuchar al pueblo, sencillamente había seguido la orden de Dios; por eso pudo decir un poco más adelante: “Jehová ha puesto rey sobre vosotros” (v. 13). En esto también vemos el hermoso desinterés de un hombre que está en comunión con Dios; había olvidado los errores y la injusticia del pueblo y de los ancianos hacia él y había renunciado, sin murmurar, a sus funciones oficiales para trasladarlas a un rey que, por cierto, moralmente valía mucho menos que él. Dijo: “Mis hijos están con vosotros”, poniendo así en su lugar a los que él mismo había establecido antes equivocadamente. Este acto, en apariencia tan natural, le había acarreado alguna disciplina de parte de Dios. En este momento lo juzgó bien, me parece, por esta pequeña expresión “con vosotros”. Sus hijos eran jueces falsos, mientras él, el verdadero juez, había andado “delante” del pueblo. Y ahora el rey era quien andaba delante de ellos.
El último de los jueces iba a dar su apreciación sobre la conducta del pueblo y sobre los caminos de Dios para con él. “Ahora, pues, aguardad, y contenderé con vosotros delante de Jehová acerca de todos los hechos de salvación que Jehová ha hecho con vosotros y con vuestros padres” (v. 7). Para hablar así se requería que fuera un hombre irreprochable. Para nosotros, en la práctica, este hecho es de una importancia capital. No podemos tener ninguna autoridad frente al pueblo de Dios si nuestros actos no corresponden a nuestro don y a nuestras palabras. Pero no se trata solamente de autoridad conferida; no se puede tocar las conciencias sin autoridad moral.
El pueblo se vio obligado a testificarle a Samuel de que su vida no había dado motivo a reproches ni crítica. Como sucedió más tarde con el apóstol Pablo, la conducta de Samuel fue manifiesta a la conciencia del pueblo de Dios. Su autoridad moral era mil veces más importante que su autoridad oficial. Saúl poseía esta última, pero esto no le impidió ser reprobado, aunque había sido establecido por Dios.
“Jehová… designó a Moisés y a Aarón” (v. 6). A expensas suyas, Samuel lo había olvidado un momento al establecer a sus hijos él mismo. Actualmente en la Iglesia –y por cierto es oportuno señalarlo aquí– no hay nombramiento oficial. No obstante, a pesar de la ruina permanecen los dones que son necesarios para la Iglesia, así como una autoridad moral que se basa en la santidad práctica de aquel que ejerce.
El discurso de Samuel (v. 6-17) se remonta hasta la liberación del pueblo de Israel de la servidumbre en Egipto y su entrada en Canaán, ya que este era el propósito de esta poderosa intervención de Dios para con ellos. Pero en Canaán se habían olvidado de Dios y, en vez de servirle, se habían postrado ante los ídolos. Subyugados y oprimidos por el enemigo, habían clamado al Señor, quien los había librado por medio de sus jueces, desde Jerobaal hasta Samuel, y los hizo vivir “seguros” (v. 11).
Pero como Nahas, rey de los amonitas, los amenazaba, ellos dijeron a Samuel: “No, sino que ha de reinar sobre nosotros un rey; siendo así que Jehová vuestro Dios era vuestro rey” (v. 12).
Aquí el Espíritu les revela sus motivos ocultos para pedir un rey. Y estos en el fondo no eran, en absoluto, los que habían indicado a Samuel en el capítulo 8:5: “He aquí tú has envejecido, y tus hijos no andan en tus caminos”. A menudo el hombre adorna así sus motivos ante los ojos de los demás, pero no los puede esconder de Dios y de su profeta. En el fondo del corazón de Israel sencillamente reinaba el miedo a Nahas, unido a una absoluta falta de fe y de confianza en Dios. Dios era su rey; pero ellos querían más el socorro de un rey según las naciones y la seguridad con la cual él podía cubrirles, que las “alas” del Eterno, en cuya sombra tendrían que haberse refugiado dando gritos de júbilo.
A pesar de todo, Dios cedió a su petición, y la historia de su responsabilidad siguió así bajo otro régimen: “Jehová ha puesto rey sobre vosotros” (v. 13). El corazón de Israel, ¿cambiaría bajo este nuevo sistema? La continuación lo mostraría. Por ahora se trataba de convencerlos de que era grande la maldad que habían “hecho ante los ojos de Jehová, pidiendo para” ellos un rey (v. 17). Samuel les demostró esto mediante los truenos y la lluvia que cayó desde el cielo fuera de temporada, pero al mismo tiempo clamó e intercedió por ellos. Durante toda su carrera, este hombre de oración nunca flaqueó en sus súplicas.
La conciencia del pueblo fue tocada nuevamente, pero ¿cuántas veces no lo había sido ya? De ello testifica el hermoso movimiento de Mizpa, en el capítulo 7. Aquí dijeron a Samuel: “Ruega por tus siervos a Jehová tu Dios, para que no muramos; porque a todos nuestros pecados hemos añadido este mal de pedir rey para nosotros” (v. 19). La intercesión del hombre de Dios era su único recurso, es verdad, pero el mal estaba hecho y subsistía. No corresponde a los caminos divinos revocar un muro agrietado, dar una hermosa apariencia a una casa en ruinas. Sin embargo les quedaba un recurso, que también es nuestro recurso en las circunstancias en las que vivimos: es posible andar en medio de las ruinas de una manera que glorifique a Dios. “No temáis”, dijo Samuel al pueblo;
vosotros habéis hecho todo este mal; pero con todo eso no os apartéis de en pos de Jehová, sino servidle con todo vuestro corazón
(v. 20).
Si actualmente se encuentran almas que no tienen otro propósito que honrar a Dios y servirle, su camino será realmente luz en medio de las tinieblas que los rodean. Por otra parte estas almas encontrarán, apoyándose en tres cosas que quedan en pie para todos los tiempos, recursos que la ruina no puede agotar ni disminuir:
Pues Jehová no desamparará a su pueblo, por su grande nombre; porque Jehová ha querido haceros pueblo suyo. Así que, lejos sea de mí que peque yo contra Jehová cesando de rogar por vosotros; antes os instruiré en el camino bueno y recto
(v. 22-23).
Estas cosas son los tres pilares de la vida cristiana. La ruina no cambia nada a la gracia de Dios, que sigue siendo nuestra seguridad para siempre. La intercesión de Cristo, de la cual la de Samuel no es más que una débil figura, puede conducirnos a través de todas las dificultades. Por último la Palabra, cuyo portador para el pueblo era el profeta, nos enseña que “renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente…” (Tito 2:12).
Para terminar, Samuel dijo al pueblo: “Solamente temed a Jehová y servidle de verdad con todo vuestro corazón, pues considerad cuán grandes cosas ha hecho por vosotros” (v. 24). No olvidemos que conocer su “grande salvación” es el verdadero medio de temerle tal como él quiere ser temido, y de servirle tal como quiere ser servido. Recordemos también que el conocimiento de la gracia de Dios no debilita en ninguna manera la responsabilidad de su pueblo. “Si perseverareis en hacer el mal, vosotros y vuestro rey pereceréis”.
Capítulo 13
Clausurada la actividad de Samuel como juez, el primer versículo de este capítulo introduce un tema nuevo.
Es importante notar, al principio de esta nueva división del libro, que Saúl no representa la oposición premeditada de la carne a la obra de Dios, sino más bien la carne empleándose para cumplir esta obra, la carne introducida en una posición de testimonio. Esto hace a Saúl infinitamente más responsable y su actividad más culpable que si saliese a escena como enemigo de Dios y de su ungido. La cristiandad de la cual formamos parte ocupa la misma posición, de modo que las enseñanzas de estos capítulos son de una solemne actualidad.
Este capítulo podría titularse: La locura y la debilidad de la carne. Después de una primera victoria de Jonatán (v. 3), sobre la cual volveremos en el capítulo siguiente para presentar en su conjunto el carácter de este hombre de Dios, los filisteos fueron perturbados. “Hizo Saúl tocar trompeta por todo el país, diciendo: Oigan los hebreos. Y todo Israel oyó que se decía: Saúl ha atacado a la guarnición de los filisteos; y también que Israel se había hecho abominable a los filisteos. Y se juntó el pueblo en pos de Saúl en Gilgal”.
Al dirigirse al pueblo de Dios, el rey habló de los “hebreos”. Los filisteos o las naciones enemigas que rodeaban a Israel también los llamaban así (véase cap. 14:11). Este apelativo prueba que Saúl se apoyaba en la reunión de la nación, como si fuera constituida al igual que los gentiles. Apenas comprendía mejor que ellos la relación del pueblo con su Dios. Ocurre más o menos lo mismo en nuestros días, cuando los hombres menosprecian la verdadera relación del pueblo de Dios, de la Iglesia, con Cristo. ¿Cómo podría ser de otra manera? ¿Acaso la carne puede comprender las relaciones de intimidad y afecto que el Espíritu establece entre el Esposo y la esposa? De esta ignorancia han surgido todos los sistemas llamados religiosos que constituyen la cristiandad y reemplazan unas relaciones vitales que la carne no puede conocer.
Saúl se atribuyó la victoria de Jonatán, la victoria de la fe (v. 4). Cuando Dios obra por medio de sus instrumentos al principio de un despertar y se logra la victoria sobre el enemigo, como se vio durante la Reforma, todos los que se benefician de ello y que no pertenecen a la familia de la fe, no dejan de reivindicar esa victoria como mérito suyo y de valerse de ella.
La carne nunca procura reunir las almas en torno a Cristo; ella misma se hace el centro. Así fue como obró Saúl tratando de asustar al pueblo con estas palabras: Israel se ha “hecho abominable a los filisteos”. En el capítulo 11:7 vimos que, mediante amenazas, obligó a las tribus a seguirle; aquí lo hace a través del miedo. Esta manera de obrar tuvo como resultado congregar a Israel en torno suyo (v. 4), pero las consecuencias morales no tardaron en llegar. Los que se pusieron bajo el mando de la carne para encontrar alguna seguridad, muy pronto experimentaron que no tenían ninguna. Su miedo no disminuyó; siguieron a Saúl “temblando” (v. 7). Para ponerse a cubierto, pasaron el Jordán y fueron a la tierra de Gad y de Galaad (v. 7), abandonando el terreno propiamente dicho de Canaán, para poner la mayor distancia posible entre ellos y el enemigo. Esta falta de fe les hizo olvidar la única cosa importante: que no era Saúl quien habitaba en medio de su pueblo, y que la causa del pueblo no estaba en manos de él.
Por fin Saúl había descendido a Gilgal, a donde anteriormente Samuel le había citado en estos términos: “Luego bajarás delante de mí a Gilgal; entonces descenderé yo a ti para ofrecer holocaustos y sacrificar ofrendas de paz. Espera siete días, hasta que yo venga a ti y te enseñe lo que has de hacer” (cap. 10:8).
Las circunstancias difíciles que atravesaba recordaron a Saúl la necesidad de las indicaciones de Samuel. Al cabo de dos años se acordó de la orden expresa del profeta. Saúl “esperó siete días, conforme al plazo que Samuel había dicho”. La carne puede imitar a la fe hasta cierto punto, pero no más allá; retrocede ante las consecuencias de su inactividad; nada le es más difícil, incluso más imposible, que estar tranquila y ver la salvación de Dios. A menudo Su paciencia impresiona incluso a los cristianos, pero cesa cuando llega el momento de convertirse en fe, esa fe que no mira las dificultades y las imposibilidades porque se aferra a Dios, quien está por encima de estas cosas. El hombre natural puede andar mucho tiempo en un camino de paciencia y obrar aparentemente según este principio, pero no es consciente de su debilidad e incapacidad. Entonces, al carecer de un vínculo con Dios, no puede buscar recursos sino en sí mismo, cuando realmente es puesto a prueba.
Los siete días habían pasado, Samuel no llegaba a Gilgal, y Saúl veía que el pueblo se le desertaba (v. 8). Saúl, quien había congregado al pueblo a través de la estrategia del miedo, no tenía la autoridad suficiente para mantenerlo y defenderlo. Entonces perdió la paciencia; ignoraba esta paciencia de la fe que es fortalecida “con todo poder, conforme a la potencia” de la gloria de Dios. Su paciencia cesó donde la fe debía empezar. Cuando el pueblo se dispersó, cuando el apoyo de los hombres le faltó, todo le faltó al pobre rey. Su carne, empujada a la acción, enseguida tomó el sitio que pertenecía al profeta, trastocando y pisoteando el orden establecido por Dios. Saúl dijo: “Traedme holocausto y ofrendas de paz. Y ofreció el holocausto. Y cuando él acababa de ofrecer el holocausto, he aquí Samuel que venía” (v. 9-10).
El socorro de Dios llegó en el momento en el cual la carne acababa de ayudarse a sí misma. ¿Para qué le serviría este socorro? Saúl no era un incrédulo y no despreciaba abiertamente al Dios de Israel. Sabía que para acercarse a él se necesitaba un sacrificio; lejos de despreciar al profeta, “salió a recibirle, para saludarle” (v. 10). Como hombre en la carne, era absolutamente incapaz de obrar de otra manera. Sin embargo, era sumamente responsable. “¿Qué has hecho?”, le dijo Samuel. ¡Estas son las mismas palabras que Dios dirigió a Caín! Como siempre, la carne tiene excelentes razones para actuar y, por consiguiente, para desobedecer: “Porque vi que el pueblo se me desertaba, y que tú no venías dentro del plazo señalado, y que los filisteos estaban reunidos en Micmas” (v. 11). Tiene incluso una excusa piadosa para justificar su desobediencia: “Ahora descenderán los filisteos contra mí a Gilgal, y yo no he implorado el favor de Jehová” (v. 12).
Y Samuel dijo a Saúl: “Locamente has hecho”. La sabiduría, los razonamientos, los consejos, las decisiones del hombre son locura para Dios, porque son desobediencia. “No guardaste el mandamiento de Jehová tu Dios que él te había ordenado” (v. 13). La obediencia es el primer carácter de la fe. Sin ella la fe no existe. Ella se une a la dependencia. ¿Quién podía ofrecer un sacrificio agradable a Dios, sino Samuel, quien aquí es figura de Cristo?
Por tanto, Dios respondió al sacrificio de Saúl rechazándole como rey! La realeza según la carne, responsable aunque establecida por Dios, acababa de dar la prueba, no solamente de que era incapaz de mantenerse, sino de que el hombre no tiene otro recurso sino la gracia. Esto era lo que Dios quería demostrar. Entonces estableció la realeza según la gracia, conforme a su propio corazón.
Jehová se ha buscado un varón conforme a su corazón, al cual Jehová ha designado para que sea príncipe sobre su pueblo
(v. 14).
Gilgal, lugar del juicio de la carne, había venido a ser, por la infidelidad de Saúl, el lugar en donde la carne se había afirmado. Samuel lo dejó para dirigirse a Gabaa de Benjamín, el único lugar en donde la fe todavía se mantenía en Israel, en la persona de Jonatán (véase v. 2).
Saúl parece insensible a la gravedad de su acto; siguió en el mismo camino contando la gente que se hallaba con él (v. 15). Los merodeadores de los filisteos invadieron todo el país de Israel, y el pueblo estaba sin armas: “Los filisteos habían dicho: Para que los hebreos no se hagan espada o lanza”. Y todo Israel bajaba a los filisteos para afilar sus instrumentos agrícolas o para enderezar los aguijones. Si dependemos del mundo para el mantenimiento de nuestras armas, nos encontraremos sin recurso para combatirlo. Nuestra arma es la Palabra. ¿Cómo usarla contra el mundo, si consentimos en darle el derecho de enseñárnosla y dispensárnosla? Así el mundo tiene en sus manos el medio para esclavizarnos, y solo nos dejará de esta Palabra lo que a él no le pueda perjudicar. Es así como demasiado a menudo los hijos de Dios se hallan sin armas ante los enemigos que combaten su fe.
Capítulo 14
Este capítulo forma un contraste absoluto con el precedente. En Saúl hemos visto la locura y la debilidad de la carne; en Jonatán encontraremos la sabiduría y el poder de la fe.
La carrera de Jonatán (cap. 13:2-3) empezó con una victoria, cuando aún estaba asociado con el sistema militar de Saúl; mil hombres estaban con él, y dos mil con su padre. Jonatán había sido vencedor; pero en vez de ser para la gloria de Dios, su victoria había beneficiado a Saúl. Siempre sucede así respecto a nuestra asociación con el mundo religioso: este se sirve de ella para atribuirse los resultados de nuestra lucha; así la victoria de la fe queda anulada y el combate ha de volver a empezar.
En efecto, aquí volvió a empezar (cap. 14); pero la primera experiencia no fue perdida para Jonatán. Dijo al criado que le traía las armas: “Ven y pasemos a la guarnición de los filisteos, que está de aquel lado. Y no lo hizo saber a su padre”, porque la fe no espera ningún socorro del mundo. Se separó, mediante su acción individual, del mundo político y religioso; religioso porque el sacerdote, el arca, el efod y el altar estaban con Saúl. Pero la fe tenía el secreto de Dios que no tenían Saúl, el sacerdote ni el pueblo. Jonatán guardó su secreto para sí, al no poder depender del hombre, quienquiera que fuera. Por otra parte, en el pensamiento y en toda su acción se asoció con Israel; en cambio Saúl había hecho un llamado a los “hebreos” (cap. 13:3). Jonatán dijo: “Jehová los ha entregado en manos de Israel” (v. 12). Jonatán hizo grandes progresos en este capítulo. Su confianza estaba en Dios y no en sí mismo. Tenía una fe grande, pero hay que buscar el secreto de su fuerza en su separación individual.
Las rocas de Boses y Sene, que levantan sus picos frente a Micmas y Gabaa, no son infranqueables para la fe. Esta tiene, además, una visión nítida del carácter de este mundo: “Ven, pasemos a la guarnición de estos incircuncisos” (v. 6); tiene una visión muy clara también de lo que Dios es, es decir, un Salvador:
No es difícil para Jehová salvar con muchos o con pocos.
Jonatán obró contrariamente a toda la sabiduría del mundo; esperó la dirección del Señor; no tuvo la menor incertidumbre; sabía que, en el camino de la fe, podemos ser llamados a avanzar o a estar quietos: “Si nos dijeren así: Esperad hasta que lleguemos a vosotros, entonces nos estaremos en nuestro lugar, y no subiremos a ellos. Mas si nos dijeren así: Subid a nosotros, entonces subiremos, porque Jehová los ha entregado en nuestra mano; y esto nos será por señal” (v. 9-10).
Jonatán combatió sin las armas humanas, obligado a subir hasta los filisteos sirviéndose de sus manos y sus pies (v. 13); fue así como obtuvo la victoria de Dios.
En cuanto a Saúl, en apariencia nada le faltaba, pero en realidad todo le faltaba. Dios no estaba con él. El sacerdocio que parecía sostenerle estaba condenado de antemano (cap. 2:31; 3:13); él mismo había sido rechazado como rey (cap. 13:14). Tenía consigo el ejército, es decir, la fuerza, pero una fuerza que se dispersaba cuando los filisteos se acercaban (cap. 13:8), y así probaba su debilidad.
Jonatán tenía conciencia del juicio que el pueblo había merecido. “Quizá”, dijo a su criado, “haga algo Jehová por nosotros”; pero cuando añadió: “Pues no es difícil para Jehová salvar”, mostró, con respecto a este juicio, que conocía el poder y la bondad de Dios.
No olvidemos al compañero de Jonatán. Su fe se unió a la del jefe, cuyo afecto hacia Dios y a su pueblo conocía. La devoción de su amo bastaba a este hombre de corazón sencillo, y remplazaba todo razonamiento para él. Estas palabras son muy hermosas: “Haz todo lo que tienes en tu corazón; ve, pues aquí estoy contigo a tu voluntad” (v. 7).
La fe no disimula: no teme mostrarse, divulgar sus propósitos: “Vamos a pasar a esos hombres, y nos mostraremos a ellos”. Con un atrevimiento que, ante los ojos del mundo, es pura temeridad, Jonatán desconfía de un camino de voluntad propia y busca una señal de la voluntad de Dios. “Esto nos será por señal” (v. 10).
Los filisteos no pudieron discernir el verdadero carácter de los hombres de fe. “Dijeron: He aquí los hebreos, que salen de las cavernas donde se habían escondido”. Para el mundo, los creyentes son tema de desprecio y de burla.
Jonatán subió sin armas; en su pensamiento no era más que el representante del verdadero Israel frente al mundo (v. 12). Las armas que su ayudante llevaba tras él no sirvieron más que para afirmar la victoria del Señor. El espanto que cayó sobre los enemigos fue el resultado de esta victoria, en apariencia sobre una veintena de hombres, pero en realidad fue sobre todo un pueblo. A menudo es así; solo tenemos que librar el combate que está delante de nosotros, poco importa que sea contra uno o contra mil enemigos; es Dios quien dirige los resultados, y estos sobrepasan las expectativas y los pensamientos del hombre. “Y los centinelas de Saúl vieron desde Gabaa de Benjamín cómo la multitud estaba turbada, e iba de un lado a otro y era desecha” (v. 16).
Ante este fenómeno extraordinario, Saúl, aunque carecía de fe, tuvo la idea de consultar al Señor, pero renunció a ello ante el tumulto que aumentaba (v. 17-19). ¡Pobre Saúl! Ofreció holocausto a Dios cuando hubiera tenido que esperar al profeta para que este lo hiciera (cap. 13:9), y ahora consideraba inútil consultarle o buscarle, cuando la victoria estaba a la puerta. En verdad, a pesar de todas las apariencias, no había en él ni una chispa de fe. Por un lado, la victoria de Jonatán congregó a los desertores de Israel (v. 21), separándolos del mundo al cual estaban esclavizados, para hacerles soldados de la causa de Dios; también animó a los miedosos –cuyos corazones fueron fortalecidos– a perseguir al enemigo (v. 22). Por otro lado, el rey, a quien faltaban los elementos mismos de la religión, no supo hacer otra cosa que dar un mandamiento carnal que privaba al pueblo de Dios de buena parte de sus fuerzas. Los mandamientos dados por el mundo necesariamente debilitan a aquellos que se someten a ellos, porque siempre tienen un carácter legal: “Cualquiera que coma pan antes de caer la noche, antes que haya tomado venganza de mis enemigos, sea maldito” (v. 24). “Maldito”, ¿no es esto la ley? “Que haya tomado venganza”, ¿no es esto la carne y el hombre? ¡Qué contraste con Jonatán, quien no vio en la victoria más que la salvación de Dios para su pueblo!
El resultado de la fe de Jonatán fue que el Señor hizo una gran salvación en Israel (v. 45); el resultado del mandamiento de Saúl fue que el pueblo estaba muy cansado, y desfallecía (v. 24, 28, 31). El mandamiento carnal no tardó en tener sus consecuencias: el ayuno y la fatiga impuestos al pueblo lo llevaron a transgredir los primeros principios de la Palabra de Dios; degolló en el suelo el ganado menor y mayor y lo comió con la sangre (v. 32). Saúl quería, por cierto, que las cosas no fueran al extremo, y que Israel no desobedeciera el mandamiento divino. “Vosotros habéis prevaricado”, dijo (v. 33); “no pequéis contra Jehová comiendo la carne con la sangre” (v. 34). Pero, procurando atenuarlo, ¿pudo acaso remediar el mal que había provocado? Después, en el lugar mismo de esta profanación, Saúl edificó su primer altar a Jehová (v. 35). Para rendir culto, ¡escogió el lugar donde el Señor había sido deshonrado!
Jonatán no había oído el juramento que Saúl había exigido del pueblo. La fe es tan ajena a las ordenanzas carnales como a todo el sistema religioso del mundo; por eso sigue su obra en la libertad del Espíritu y, aprovechando los estímulos que Dios le da, “beberá en el camino” (Salmo 110:7).
Y Jonatán, quien recibió los recursos preparados por Dios para la fatiga de la lucha y se valió de ellos, ¿cómo no censuraría lo que paralizaba al pueblo, esta nefasta ordenanza salida de la misma boca de su padre? “Mi padre ha turbado el país”. Sí, la intervención de la carne es una turbación y un obstáculo para la victoria.
Saúl empezó por decretar la persecución contra los filisteos de noche, para destruirlos completamente. El sacerdote que previamente había retirado su mano (v. 19), tuvo el valor de decir: “Acerquémonos aquí a Dios” (v. 36). Saúl interrogó al Señor, quien no respondió. Dios permitió que todo, en esta aventura, tuviera sus consecuencias extremas y fuera dirigido para la humillación de Saúl. Este pidió a Dios la “suerte perfecta” (v. 41); y la recibió, pero la respuesta condenó toda la acción del rey. ¡Saúl, por su parte, no vio otra cosa en ello que la condenación de Jonatán! Así es como la carne interpreta la Palabra de Dios. El Señor guardó a su siervo fiel, mientras el rey según la carne fue juzgado. El pueblo libró a Jonatán, porque reconoció que había actuado con Dios (v. 44-46).
El hombre carnal puede manifestar cierto heroísmo para mantener su religión y los mandamientos que ha establecido. Se le verá tal vez, como aquí, no perdonar a sus más allegados, pero en el fondo esto no es más que un esfuerzo de Satanás para aniquilar a los servidores de Dios. Sin embargo, el Señor vela sobre los suyos y los salva. La boca misma de la asamblea de Israel dio testimonio a favor de Jonatán, afirmando su autoridad contra las pretensiones de la carne.
A pesar de todo esto, Dios obró sin cansarse por medio de Saúl, según la promesa que había hecho (cap. 9:16), y eso no impidió a Saúl seguir apoyándose en la carne para combatir a los filisteos: “A todo el que Saúl veía que era hombre esforzado y apto para combatir, lo juntaba consigo”.
Todo este capítulo nos enseña que la carne y la fe, lejos de prestarse mutua ayuda, solo pueden entrar en conflicto y oposición la una con la otra.
Capítulo 15
El cuadro resumido del reinado de Saúl termina con el último versículo del capítulo 14. El capítulo 15 nos es presentado como narración aparte, a causa de la importancia de su contenido. Aquí encontramos la razón del rechazo definitivo de Saúl, rechazo que precisa la introducción de David, el rey según Dios.
Hemos visto que Saúl representa la carne que profesa servir a Dios y, como tal, está involucrada en Su obra. Para probar la incapacidad de la carne en esas condiciones, Dios, desde el capítulo 9, la ha puesto a prueba de muchas maneras. Queda una última prueba. ¿Qué hará la carne, que pretende obrar por Dios, en el conflicto con Amalec?
En Deuteronomio 25:17-19 está escrito: “Acuérdate de lo que hizo Amalec contigo en el camino, cuando salías de Egipto; de cómo te salió al encuentro en el camino, y te desbarató la retaguardia de todos los débiles que iban detrás de ti, cuando tú estabas cansado y trabajado; y no tuvo ningún temor de Dios. Por tanto, cuando Jehová tu Dios te dé descanso de todos tus enemigos alrededor, en la tierra que Jehová tu Dios te da por heredad para que la poseas, borrarás la memoria de Amalec de debajo del cielo; no lo olvides”.
Ahora Dios había dispuesto, a pesar de todas las faltas de Saúl, que Israel tuviese “descanso” a su alrededor. La hora de Amalec, el enemigo cruel y cobarde que asesinaba a los de la retaguardia de Israel, había llegado. El Señor había jurado que la guerra entre Él y Amalec duraría de generación en generación (Éxodo 17:16). Cualquiera, pues, que deseara la gloria de Dios y de su pueblo Israel debía, llegado el momento y sin ninguna consideración, destruir enteramente y no perdonar a aquel que se había opuesto al pueblo en el camino cuando subía de Egipto (v. 2-3). “Al fin”, según la profecía que Balaam tuvo que pronunciar a la fuerza, “perecerá para siempre” (Números 24:20). Sin duda Dios había podido servirse de él como vara sobre su pueblo desobediente (Números 14:39-45), pero no por eso dejaba de ser el adversario por excelencia, tipo de Satanás quien, desde el principio de la marcha en el desierto, se oponía al pueblo de Dios. El cristiano, llamado a estar firme contra las asechanzas del diablo y a combatir contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes, tiene lucha sin tregua contra él (Efesios 6:11-12). Anteriormente Israel había sido vencedor en esta lucha, cuando –habiendo bebido el agua de la roca, es decir, saboreado en figura la presencia del Espíritu Santo como consecuencia de la muerte de Cristo, conducido por Josué que representa a Cristo, en el poder del Espíritu– había sido llamado a hacer frente a este gran enemigo. La carne, ¿podría desempeñar nuevamente ese papel, o sería demostrado que era incapaz de ello?
Desde el principio se mostró aparentemente capaz. Al recibir la orden de Dios, Saúl se levantó y se puso a la cabeza del pueblo, separó a los ceneos que se habían mostrado amigos del pueblo de Dios (Jueces 4:11) e hirió a Amalec y a todo su pueblo. Pero no ejecutó la orden de Dios hasta el fin. Esto es lo que la carne nunca hará. En un caso, no consiguió estar inactiva hasta el final cuando Dios lo pidió, prueba de ello son los siete días de Gilgal (cap. 13:8); en otro caso, no pudo permanecer activa hasta el fin, así lo testifica nuestro relato. Para el Señor, no ejecutar enteramente su orden es no ejecutarla en absoluto. Dios declara: “Me pesa haber puesto por rey a Saúl, porque se ha vuelto de en pos mí, y no ha cumplido mis palabras” (v. 11).
¡Qué profunda tristeza para Samuel! Sabiendo que Saúl era rechazado, intercedió por él toda la noche. Samuel, como a menudo lo hemos hecho notar, oró e intercedió siempre en favor de los desobedientes, de los malos y de cada uno. Llevó luto, oró, pero obedeció; es lo propio de la fe, el contraste más absoluto con la conducta de Saúl. La Palabra dice:
Y clamó a Jehová toda aquella noche. Madrugó luego Samuel para ir a encontrar a Saúl por la mañana.
Este había hecho levantar un monumento para sí, atribuyéndose la victoria a sí mismo, porque la carne, aunque toma parte en la obra de Dios, no puede hacer esa obra para Él.
Saúl dijo a Samuel: “Bendito seas tú de Jehová; yo he cumplido la palabra de Jehová”. ¡Cuán pronto estaba para jactarse! En el versículo 20 le veremos disculparse, y en el 24 le veremos acusarse con la misma prontitud. Esta ligereza lo caracteriza bien. Pero Dios no se contenta con palabras. Samuel le dijo: “¿Pues qué balido de ovejas y bramido de vacas es este que yo oigo con mis oídos?” (v. 14). Saúl acababa de decir: “Yo he cumplido la palabra de Jehová”; ahora echó la culpa al pueblo, aunque él y el pueblo (v. 9) habían obrado de común acuerdo. “De Amalec los han traído; porque el pueblo perdonó lo mejor de las ovejas y de las vacas, para sacrificarlas a Jehová tu Dios, pero lo demás lo destruimos” (v. 15). En estas pocas palabras vemos a Saúl jactarse, acusar a sus cómplices, pintar su desobediencia como si fuera un servicio para Dios. ¡Qué ceguera! Samuel lo convencería de ella; pero antes le recordó que al principio él era humilde, pequeño a sus propios ojos; este era su carácter natural, y Dios lo había bendecido. ¿Por qué se había rebelado ahora contra el mandamiento del Señor? Saúl respondió: “Antes bien he obedecido la voz de Jehová, y fui a la misión que Jehová me envió, y he traído a Agag rey de Amalec, y he destruido a los amalecitas. Mas el pueblo tomó del botín ovejas y vacas, las primicias del anatema, para ofrecer sacrificios a Jehová tu Dios en Gilgal” (v. 20-21).
Para él, el sacrificio era más importante que la obediencia. Pero, “¿se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros. Porque como pecado de adivinación es la rebelión, y como ídolos e idolatría la obstinación” (v. 22-23). Una verdad solemne: el sacrificio sin obediencia no vale más que postrarse ante los ídolos. El primer carácter de la fe es la obediencia. Pablo había recibido su apostolado “para la obediencia a la fe en todas las naciones” (Romanos 1:5). Hay muchas cosas que Dios prefiere al sacrificio. Él dice: “Misericordia quiero, y no sacrificio, y conocimiento de Dios más que holocaustos” (Oseas 6:6). “Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio”, dice el Señor a los fariseos (Mateo 9:13).
La obediencia caracteriza a todos los hombres de fe, desde Abraham, el padre de los creyentes, que “obedeció… sin saber a dónde iba”.
Para Saúl, este fue el resultado de su desobediencia: “Por cuanto tú desechaste la palabra de Jehová, él también te ha desechado para que no seas rey” (v. 23). Antes, en Gilgal, el Señor le había dicho por medio de Samuel: “Tú reino no será duradero” (cap. 13:14). Ahora el golpe final es asestado: “Él también te ha desechado”.
¿Cómo recibió Saúl esta sentencia? Confesó su pecado, pero sin humillación, sin contrición, esperando poder evitar sus consecuencias. “Yo he pecado; pues he quebrantado el mandamiento de Jehová y tus palabras, porque temí al pueblo y consentí a la voz de ellos”. Algunas disculpas, pero una ligereza muy sorprendente para confesar el mal, negado unos instantes antes. No hay, en todo esto, ningún trabajo de conciencia. Saúl prefirió alegar su cobardía ante el pueblo, como circunstancia atenuante, antes que tomar enteramente el pecado sobre sí. ¡Qué diferencia con la expresión: “Pequé contra Jehová”, salida de la conciencia alcanzada de David después de su caída! Saúl esperaba obtener así el perdón y ser restaurado. Pero ya era demasiado tarde; la sentencia era definitiva, porque Dios es Dios, y “la Gloria de Israel no mentirá, ni se arrepentirá”. “Yo he pecado”, dijo el desgraciado rey por segunda vez; “pero te ruego que me honres delante de los ancianos de mi pueblo y delante de Israel” (v. 30). Hasta el fin, Saúl solo tenía en vista su propia reputación. Samuel le honró, en efecto, pero luego lo abandonó. Mientras Dios no haya ejecutado la sentencia sobre las autoridades establecidas por él, debemos reconocerlas.
“Adoró Saúl a Jehová”, sin beneficio para Dios ni para él. Desde entonces la sentencia de Dios contra Amalec fue confiada a las manos de Samuel; fue él quién cortó en pedazos a Agag en Gilgal; luego se trasladó a Ramá, casa de su padre, pero para él el lugar de lloros y luto. Saúl regresó a su casa, y de ahí en adelante existió la más completa separación entre él y el profeta.
