1 Samuel
1 Samuel

H. Rossier - 2022

Estudio sobre 1 Samuel

Pedir en la tienda

Capítulos 16-31: David o El rey según la gracia

Capítulo 16

Aquí empieza la historia del verdadero rey según Dios, habiendo terminado practicamente la de Saúl, el rey según la carne, por su rechazo definitivo.

Este capítulo, como lo veremos, nos da una idea general de la posición de David antes de sentarse en el trono. Pero antes consideraremos ciertos detalles, muy importantes para nosotros, del carácter de Samuel.

Cuando se trata de los pensamientos humanos, incluso los de un juez y profeta, encontramos que no son mejores que los de cualquier hombre, y la Palabra nos ofrece muchos ejemplos de ello. Aquí no se trata de faltas positivas; pero Samuel revela, por su manera de pensar, un estado que no es el de una verdadera comunión con Dios. Saúl había sido rechazado, pero Samuel seguía llevando luto por él, hasta el punto que Dios tuvo que reprenderle: “¿Hasta cuándo llorarás a Saúl?” (v. 1). Además, en vez de regocijarse porque Dios se había “provisto de rey”, Samuel respondió: “¿Cómo iré? Si Saúl lo supiera, me mataría” (v. 2).

¿Cómo iré? ¿Qué debía temer si Dios le ordenaba ir? Lo mismo había sucedido en el caso de su siervo Moisés quien, ante las órdenes del Señor, respondió basándose aparentemente en la humildad, en la desconfianza de los hombres y de sí mismo (Éxodo 3:11; 4:1, 10), pero que, bajo una apariencia exterior estimable, ocultaba la incredulidad y la desconfianza del corazón natural.

Por último, en el versículo 6, viendo a Eliab, el primogénito de Isaí, Samuel dijo: “De cierto delante de Jehová está su ungido”. Incluso este hombre de Dios juzgó según la apariencia, y Dios se vio obligado a reprenderle diciendo: “Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón” (v. 7). Aquí Samuel juzgaba, pues, como un hombre, y su discernimiento se fijaba en las mismas cualidades exteriores que había poseído Saúl. Dios, con una gracia conmovedora, se dignó a reprender e instruir a su siervo sobre todos estos puntos.

Después de todo, la fe termina por prevalecer: “Hizo, pues, Samuel como le dijo Jehová”, y se fue, contando con la palabra de Dios para dirigirle. En cuanto hubo aprendido que el Señor mira el corazón, se mostró fiel, y su comunión con Dios salió a la luz, pues juzgó inmediatamente que “tampoco a este ha escogido Jehová”, y así lo hizo con cada uno de los otros hijos que Isaí hizo pasar delante del profeta. Por fin ungió al único de ellos a quien Dios había escogido. Una vez en el camino de Dios, Samuel no tuvo más miedo. Cuando los ancianos de Belén “salieron a recibirle con miedo”, él, que antes temblaba, los tranquilizó.

David apareció en la escena. Su carácter fue notable desde el principio de su carrera. Su padre lo había olvidado; solo se acordó de él ante la petición apremiante de Samuel (v. 11); fue despreciado por sus hermanos: el mayor lo acusó de “soberbia y malicia” de corazón cuando el Espíritu de Dios le hizo obrar (cap. 17:28); finalmente fue desconocido por Saúl, a quien sus cualidades habían sido reveladas (v. 18), quien le amaba mucho (v. 21) por su bondad y por los cuidados con los que le rodeaba, pero olvidó su origen hasta tal punto que más tarde pidió a Abner que le informara de quién era hijo ese joven (cap. 17:55). Tal era el carácter de David en cuanto a sus relaciones. He aquí ahora su apariencia exterior: “Y era rubio, hermoso de ojos, y de buen parecer” (v. 12).

Este mundo presenta diferentes géneros de belleza. Saúl era “joven y hermoso. Entre los hijos de Israel no había otro más hermoso que él”. Eliab también tenía una hermosa apariencia, lo cual atrajo la mirada de Samuel. Pero esta belleza solo tiene valor ante los ojos de los hombres. Hay otra clase de belleza que puede aliarse con la belleza exterior en los hombres de fe, pero que Dios considera como el reflejo de su carácter, la belleza de un alma pura o de una fe sencilla, el reflejo de un corazón del cual el mal y el pecado han sido excluidos, de un corazón que no alberga el fraude. Es la belleza del niño Moisés, de quien la Palabra dice: “Era sumamente hermoso” (Hechos 7:20, V. M.) Es la belleza de José, quien era “de hermoso semblante y bella presencia” (Génesis 39:6), pero apartado de entre sus hermanos; es la belleza de Daniel (Daniel 1:4), humildemente apegado a Dios para guardarse de la contaminación del mundo; es, finalmente, la belleza de David desarrollándose en el desierto, junto a los rediles, donde experimentaba en secreto la fuerza y la gloria de su Dios.

Pero esta belleza moral añadida a la belleza física, ¿qué era al lado de la belleza de Cristo? Él no tenía atractivo exterior, su rostro fue desfigurado más que el de ningún hombre, pero toda la gloria moral que le llenaba resplandecía en su rostro e iluminaba todo a su alrededor. La gracia se había derramado en sus labios; de él también dice la Palabra: “Eres el más hermoso de los hijos de los hombres… por tanto, Dios te ha bendecido para siempre” (Salmo 45:2).

En todos estos hombres de fe, como en su perfecto modelo, la verdadera belleza no es, en efecto, otra cosa que el resplandor de la gracia. David era el rey según la gracia, su nombre significa “muy amado”. Este carácter necesariamente hizo de él el hombre que sufrió, el hombre afligido en la tierra, figura verdadera del Salvador.

Pero quien conoce a Jesús encuentra en él no solamente la perfección del hombre humilde y del hombre de dolores, sino también otros caracteres, y primero que todo la belleza de la fuerza. Como David, “valiente y vigoroso” para sus amigos (v. 18), el Señor es para los suyos Aquel que calma el mar y la tempestad, ante cuya majestad sus enemigos retroceden y caen, que dice: “Quiero”, y se hace lo que dice, que ata al hombre fuerte y por sus milagros le despoja de sus bienes.

Como David, es “hombre de guerra”; y si es cierto que vendrá a Sion humilde como antes y “cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna” (Zacarías 9:9), es igualmente cierto que ceñirá su espada sobre el muslo, cual valiente, en su gloria y su majestad, y que su diestra les enseñará cosas terribles (Salmo 45:3-4), que será sentado como vencedor sobre el caballo blanco, seguido de los ejércitos celestiales, y herirá a las naciones con la espada aguda que sale de su boca (Apocalipsis 19:11-16). Como David, también es “prudente en sus palabras” (v. 18), porque Dios le “ungió con el Espíritu Santo y con poder” (Hechos 10:38). “Y reposará sobre él el Espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová” (Isaías 11:2).

Finalmente, como Dios estaba “con David”, con mucha mayor razón estaba con Cristo. Sí, “Dios estaba con él” (Hechos 10:38).

La providencia de Dios condujo a David a la corte del rey, pero era necesario, antes de que reinara, que su fe fuera puesta a prueba mediante toda clase de sufrimientos. Le era necesario ser el hombre dependiente, el hombre humillado, despreciado, odiado, perseguido. En medio de esta vida de renunciamientos y combates experimentaría que Dios basta para todo. El ungido del Señor sería probado así durante largos años, para manifestar a los ojos del pueblo todas las cualidades de la gracia que constituían, según Dios, los derechos de David al trono de Israel y a la gloria. Esta gracia triunfó en sus sentimientos respecto a Saúl, su enemigo encarnizado.

Tan pronto como David fue llamado al trono, el estado moral de Saúl cambió completamente. Hasta ese día, el Espíritu de Dios estaba con el rey según la carne; esto explica cada uno de los éxitos de Saúl contra los enemigos de Israel. Ahora el Espíritu de Dios había venido sobre David (v. 13) y se apartó de Saúl, quien fue dejado bajo el poder de “un espíritu malo de parte de Jehová” (v. 14). Este era un juicio de Dios, un castigo sobre el rey, quien a partir de ese momento llegó a ser en esta historia lo que no era antes, es decir, figura del Anticristo. Al mismo tiempo Dios mostró que solo su Espíritu podía conjurar y ahuyentar el espíritu malo cuando David tomaba el arpa para tocar personalmente delante de Saúl.

Capítulo 17

El capítulo 16 nos esbozó el cuadro general del carácter de David en su posición como ungido de Dios y, de manera particular, en sus relaciones con Saúl. El capítulo 17 vuelve a empezar, por así decirlo, el cuadro de su historia desde otro punto de vista. De ahí esta repetición, aparentemente superflua, de sus relaciones familiares relatadas en los versículos 12 y 13.

Ahora se nos presenta, ya no el carácter sino la carrera y la actividad de David, figura de Cristo, desde su principio hasta su resultado final y definitivo, la victoria completa sobre Goliat. En otras palabras, toda la historia de Cristo, vencedor de Satanás, se resume en este período de la actividad de David. Los filisteos habían sido vencidos muchas veces, pero no su jefe, el gigante Goliat. Seguro de su fuerza, este se exhibió ante el pueblo reunido y lanzó el desafío; cuando logró aterrorizar a los que quería subyugar, exclamó: “Hoy yo he desafiado al campamento de Israel”. No sabía que no era con Israel con quien tenía que vérselas, sino con Dios, y que al ultrajar a su pueblo ultrajaba a Dios. Esto fue lo que causó su pérdida.

En cuanto a David, aquí lo vemos como el enviado de su padre hacia sus hermanos (v. 17); su servicio empezó por ellos. Pero el propósito de Dios era una liberación que se extendiera mucho más allá de este reducido círculo. José había hecho lo mismo (Génesis 37:14) y había llegado a ser no solo el salvador de sus hermanos, sino también el salvador y señor de Egipto.

David salió a cumplir su misión, después de haber ejercido ya un ministerio no visto en el desierto, donde cuidaba las ovejas. Era allá donde había matado al león y al oso, como figura de Cristo cuando ataba al hombre fuerte. Antes de enfrentarse al filisteo, había librado las ovejas de su padre cuando el enemigo trataba de arrebatarlas y devorarlas. Cristo hizo lo mismo durante su vida; ninguna de las ovejas que el Padre le había dado, se perdió. Ató al hombre fuerte para poner en libertad a los que estaban oprimidos y para publicar el año agradable del Señor (Lucas 4:18-19). Él solo se puso en la brecha, diciendo: “Dejad ir a estos”. Pero tenía que hacer mucho más, era preciso aniquilar el poder del enemigo mismo.

Como Cristo, David es aquí un verdadero servidor. “Se levantó, pues, David de mañana” (v. 20) y tomó su carga, para cumplir la voluntad de su padre. Ungido ya, para este servicio era el hombre del Espíritu, conservando al mismo tiempo su carácter de humildad junto a los rediles de ovejas.

Llegó al campamento, donde su confianza y su fe en Dios fue tachada de soberbia y malicia de corazón por sus hermanos (v. 28). Esto es lo que nosotros también encontraremos siempre al seguir la sencilla senda de la fe. Nuestros allegados no pueden entender nuestros motivos más de lo que los hermanos del Señor comprendieron los de Él. David respondió a Eliab: “¿Qué he hecho yo ahora? ¿No es esto mero hablar?” (v. 29). ¿Qué había hecho David para que el ultraje cayese sobre él? ¿No había un motivo para descender hasta donde estaban sus hermanos, cuando el Dios de Israel era insultado diariamente por el enemigo?

David se enteró de lo que sería hecho al hombre que venciera al filisteo y quitara el oprobio de Israel (v. 26). Supo que el rey lo enriquecería con grandes riquezas, que le daría su hija y eximiría de tributos la casa de su padre. Pero no salió a la lucha para obtener esta recompensa, sino por Dios, para liberar a Israel, para que toda la tierra conociera a Dios, para mostrar a toda la congregación cómo obra la salvación de Dios (v. 46-47). Sin duda su victoria le dio, como a Cristo, grandes riquezas, una esposa, y la casa de su padre fue eximida de tributos, pero este fue más bien el resultado y no el propósito de su obra.

David anunció a Saúl lo que iba a hacer (v. 32). El rey solo pensó en los medios humanos y quiso dotarlo con sus armas; pero David no pudo andar con las armas que pertenecen a la carne, e incluso nunca lo había intentado. Como instrumentos de combate, solo quiso aquellos con los cuales el pastor defiende o hace volver a sus ovejas. Para nosotros, la Palabra es el arma que solo la fe puede manejar; ella derriba a Satanás. El trabajo del hombre no puede tener ninguna parte en un combate así.

Cuando se presentó ante el filisteo, aunque David era “valiente y vigoroso y hombre de guerra” (cap. 16:18), no se parecía en nada a un guerrero. Su belleza misma, reflejo de la gracia de Dios, fue objeto de desprecio para Goliat (v. 42). Pero aquí David era el representante de Dios, a quien el filisteo insultaba. Glorificar a ese Dios a quien Satanás había deshonrado, ese era el objetivo de David; este ha sido el propósito de Cristo. Su fuerza consistía en combatir en el nombre de Dios: “Yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has provocado” (v. 45). En la mente de David no había ninguna duda sobre el resultado de la lucha: “Jehová te entregará hoy en mi mano” (v. 46). A menudo, cuando estamos envueltos en el combate, dudamos. Incluso Jonatán, en su momento, no estaba seguro del resultado y dijo: “Quizá” (cap. 14:6). Pero aquí, en David, no vemos nada parecido. Es una fe absoluta que tiene el secreto de Dios y cuenta con grandes cosas. Aquí David es la verdadera figura de Cristo, ya que representa a Dios ante al enemigo.

Con el primer golpe, su honda alcanzó a Goliat en la frente; caído este, David lo mató con sus propias armas (v. 51). Por medio de la muerte, Cristo venció al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo. Luego el vencedor se retiró a su propia tienda (v. 54), llevándose los trofeos de su victoria, tal como Cristo subió a su morada, llevando “cautiva la cautividad”.

La derrota de Goliat fue la de los filisteos. El mundo, como su jefe, es ahora un enemigo vencido ante el cual cobramos ánimo aunque, por otra parte, la angustia o las tribulaciones deban acompañarnos.

Aunque había obtenido alivio por medio del hijo de Isaí, Saúl no conocía el origen de David. “¿De quién es hijo ese joven?”, preguntó a Abner. ¿No nos recuerda esto la ignorancia de los judíos, en Juan 7, respecto al origen de Cristo y el lugar de dónde venía? Saúl no conocía más a David cuando este se presentó llevando en sus manos la garantía segura de la victoria.

Capítulo 18

Aquí entramos en un tercer período de la historia de Jonatán. En el capítulo 13 obtuvo una victoria sin beneficio para el pueblo de Dios. En el capítulo 14 se cumplió una gran liberación por la energía de su fe, desplegada en el combate contra el enemigo. Aquí Jonatán entabló una relación personal con David, vencedor de Goliat. En figura, es quien conoce a un Cristo que ha vencido a Satanás a través de la muerte, y que sin embargo es rechazado por el mundo. Este conocimiento corresponde al que los cristianos tienen hoy día, aunque Jonatán es propiamente figura del remanente de Israel, al cual el Señor se dará a conocer antes de tomar el reino, y que ama a Cristo, aunque aún sea el rechazado del pueblo.

Hasta aquí Jonatán tenía el carácter del joven fuerte en la fe que había librado la batalla contra el enemigo; ahora fue más lejos; su alma quedó ligada con el alma de David al oírle hablar. Apreciaba mucho menos sus ventajas exteriores que la belleza moral de sus palabras; encontró en David un alma a la cual correspondía la suya; entre ellos se formó súbitamente un vínculo especial de amor y de comunión, producido por el encanto de las palabras de David.

Habiendo sido ayudado por el poder de Dios, Jonatán hubiera podido atribuirse a sí mismo alguna fuerza; sin embargo, al ver y oír a David, en el acto se dio cuenta de que él mismo no era nada. Lo que poseía solo servía para ser presentado en homenaje al vencedor; se despojó de lo que le pertenecía para dotar con ello a David quien, ante sus ojos, era el único digno de ello. Para David, el manto y las ropas de Jonatán, señales de su dignidad real; para él, su espada, agente de sus victorias; para él, el arco y el talabarte de su fuerza, ¡porque toda fuerza pertenecía al hijo de Isaí! (v. 4).

Jonatán no solo dio todo a David, sino que lo amó “como a sí mismo” (v. 1). En él, la fuerza y la energía ya no estaban en juego, sino los afectos atraídos por este imán todopoderoso, el carácter perfecto del ungido del Señor. A este amor de Jonatán respondió el de su amigo. “Me fuiste muy dulce”, exclamaría David, en el luto de su corazón, el día sombrío cuando su hermano le sería quitado (2 Samuel 1:26).

Saúl creyó tener derechos sobre David: “No le dejó volver a casa de su padre” (v. 2), mientras Jonatán, quien tenía la inteligencia de la fe, hizo pacto con David (v. 3), buscó su protección, reconoció que solo había seguridad cerca de él. La fe dio origen al amor de Jonatán; y lo muestra bien, al saludar a David como al verdadero rey.

La continuación de este capítulo nos presenta los progresos de David y de Saúl, para uno, progresos en el bien, para otro, progresos en el mal. Un sentimiento de enemistad producido por Satanás conduce necesariamente a otros; basta que la cizaña sea sembrada por el enemigo en el corazón malo del hombre, para que luego crezca por sí misma y termine por invadir todo el ser. “Se enojó Saúl en gran manera… y dijo: A David dieron diez miles, y a mí miles; no le falta más que el reino” (v. 8). Todavía no estaba irritado contra David, sino contra la opinión de los hombres que exaltaba a David rebajando al rey, en el momento mismo cuando la fe de Jonatán sacrificaba todo por el muy amado. La carne nunca soportará no ser nada en la presencia de Cristo.

Desde entonces Saúl no miró con buenos ojos a David (v. 9). Al día siguiente manifestó lo que había realmente en el fondo de su corazón; un espíritu malo se apoderó de él. Cuando estaba entre los profetas, inspiraba respeto estando bajo la dependencia del Espíritu de Dios. Entregado a Satanás, los frutos de su malvado corazón se mostraron instantáneamente, y este hombre que “desvariaba en medio de la casa”, arrojó la lanza diciendo: “Enclavaré a David a la pared” (v. 10-11).

En el versículo 12, “Saúl estaba temeroso de David” y, al no poder soportar su presencia, “lo alejó de sí”, dándole no obstante un honor aparente, porque lo hizo “jefe de mil” hombres. Este lugar de honor produjo lo que Saúl deseaba, que David se fuera de delante de sus ojos; pero resultó que el pobre rey prestaría atención a todas las sugerencias del orgullo y del odio, porque ya no tendría en su presencia a su servidor, modelo de humildad y de gracia. ¡Desgraciado Saúl! Se privó voluntariamente de la única persona que podía aliviarle y serle un muro contra los asaltos de Satanás.

Pronto el rey, ya asesino en su corazón, lo fue en realidad (v. 11) y trató, de manera insidiosa, de deshacerse del objeto de su odio. Prometió su hija Merab a David, pero solo en apariencia. “Con tal que… pelees las batallas de Jehová”, le dijo, manifestando respeto exterior, mientras en su interior ardía el odio y el deseo de que “la mano de los filisteos” fuera contra él (v. 17-19).

Mical, la segunda hija de Saúl, amaba a David. Y Saúl dijo: “Yo se la daré, para que le sea por lazo, y para que la mano de los filisteos sea contra él” (v. 21). En su pensamiento, esta unión era un nuevo medio para destruir a su futuro yerno. Se valió de la hipocresía y mandó a sus siervos para que hablasen en secreto a David, diciendo: “He aquí el rey te ama, y todos sus siervos te quieren bien” (v. 22). Se atribuyó sentimientos de afecto, para empujar con mayor seguridad al hijo de Isaí hacia su perdición.

La gran humildad de David ante los ofrecimientos del rey incitó a Saúl aún más a seguir su mal propósito. El odio y el orgullo del hombre nunca podrán comprender la humildad y el amor de Cristo.

Después de que David hubo alcanzado la victoria y aceptado por mujer a la hija del rey, porque se le pidió en cambio la destrucción de los enemigos de Dios, los ardides del adversario fueron definitivamente frustrados.

Y como resultado, el temor de Saúl aumentó y su odio llegó a ser una enemistad constante: “Tuvo más temor de David; y fue Saúl enemigo de David todos los días” (v. 29).

Durante este período comprobamos los progresos de David en todas las cosas y en todas las direcciones: “Y salía David a dondequiera que Saúl le enviaba… y era acepto a los ojos de todo el pueblo, y a los ojos de los siervos de Saúl” (v. 5). “Jehová estaba con él… y salía y entraba delante del pueblo. Y David se conducía prudentemente en todos sus asuntos, y Jehová estaba con él… Mas todo Israel y Judá amaba a David, porque él salía y entraba delante de ellos” (v. 12-16). Todas estas cualidades necesariamente hacían estimable a David; pero no se debe olvidar que el amor de los hombres tiene muchas características diversas, y que solo una de ellas tiene algún valor a los ojos de Dios.

Las hijas de Israel, el pueblo y los siervos de Saúl amaban a David por sus liberaciones. Saúl mismo, en un momento dado (cap. 16:21), “le amó mucho” a causa del alivio que traía a sus males. Mical amaba a David según la naturaleza, lo cual no impidió que más tarde lo despreciara (2 Samuel 6:16). Finalmente, Jonatán lo amaba con el único bueno, duradero y verdadero amor; lo amaba como a sí mismo; lo apreciaba por lo que David era en sí mismo.

David, pues, tenía más éxito que todos los siervos de Saúl, por lo cual su nombre se hizo de mucha estima (v. 30). ¡Hermosa imagen del Señor al principio de su carrera! (Lucas 4:15).

Capítulo 19

En el capítulo anterior Saúl utilizó medios indirectos para deshacerse del ungido del Señor; aquí urdió una verdadera conspiración contra él: “Habló Saúl a Jonatán su hijo, y a todos sus siervos, para que matasen a David” (v. 1). Y Jonatán habló bien de David a su padre, mostrándole lo que David era, lo que había hecho por él, al precio de su propia vida, y recordándole que él mismo en un principio se había alegrado, después de haber sido testigo de estas cosas: “Tú lo viste, y te alegraste” (v. 5). ¡Cuán superior era la actividad de David a todo lo que Jonatán había podido hacer por él (y tenía conciencia de ello), aunque amaba a David como a sí mismo!

Saúl escuchó la voz de Jonatán y juró: “Vive Jehová, que no morirá” (v. 6). Al presentar la gracia al corazón del hombre natural, Dios permite que el mal se detenga momentáneamente en su desarrollo; pero eso no significa que haya una conversión. Cambió el pensamiento asesino de Saúl, sin embargo él no se arrepintió. Si bien revocó su decisión ante las exhortaciones de un hombre de fe, se manifestó que de ninguna manera estaba libre de sus pasiones, sino que era un pobre esclavo de Satanás.

David, por su parte, no cambió. “Estuvo delante de él como antes” (v. 7). La gracia que le había conducido hasta aquí quedó impresa en él y en su conducta.

Un nuevo triunfo de David despertó el espíritu malo que se había apoderado de Saúl. Mientras el creyente no moleste a Satanás logrando victorias sobre sus protegidos, su hostilidad queda como adormecida, pero su odio mortal se despierta pronto. Esto se ve con respecto a David, en el momento mismo en que el espíritu malo parecía ser domado por los alivios de gracia que David procuraba al rey. Entonces llega un momento en el cual todo lo que el creyente puede hacer es huir y escapar como un pájaro de la red del cazador. La muerte de David fue decretada irremisiblemente. Mical, motivada por el afecto natural hacia David, lo ayudó a su manera, y Dios se sirvió así de los sentimientos humanos que la hacían obrar (v. 11-17).

Este pasaje también nos muestra que en la casa de David había una estatua o terafín. Por cierto, David no le rendía culto, pero su presencia nos permite concluir que lo soportaba. El terafín no es un ídolo propiamente dicho, y la Palabra tiene cuidado en distinguir el uno del otro (véase Oseas 3:4; Zacarías 10:2; 2 Reyes 23:24; Jueces 17:3-5; 18:17-18, 20). El terafín es algo inferior al ídolo, una especie de semi-dios, cuyo campo es la casa; tiene cierta importancia, incluso se le consulta ocasionalmente. Semejantes supersticiones conducen rápidamente a los verdaderos ídolos. Jacob lo juzgó claramente así, cuando dijo a Labán que volviese a tomar sus “dioses” (Génesis 31:32). A menudo el creyente carece de energía para excluir de su familia esas ocasiones de caída. Cada uno de nosotros debe vigilar seriamente respecto a ello, aun cuando, como sucedía en el caso de Jacob y David, no les atribuyamos personalmente ninguna influencia sobre nuestra vida. Por supuesto, el terafín había sido introducido en la casa de David por Mical, esta hija de Saúl, que era así una trampa para el hombre de Dios.

Mical evitó la ira de su padre al aparentar ser enemiga de David; argumentó haberse visto obligada a dejarlo escapar: “Él me dijo: Déjame ir; si no, yo te mataré” (v. 17). Cuánto difería su corazón del de Jonatán, quien abiertamente corrió sus propios riesgos y peligros para defender a aquel a quien amaba con ternura.

“Huyó, pues, David, y escapó, y vino a Samuel en Ramá, y le dijo todo lo que Saúl había hecho con él. Y él y Samuel se fueron y moraron en Naiot” (v. 18). David le contó todo a Samuel, profeta y representante de Dios. Se hizo su compañero, y moraban juntos. Este fue, para David, el resultado de la prueba.

Esto nos lleva a considerar los salmos que nos hablan de las aflicciones de David. Suponemos que ningún lector ignora que los salmos son cantos proféticos que describen las circunstancias morales por las cuales atravesará el residuo creyente de Israel en los últimos días. En la tribulación este remanente será sostenido por el Espíritu de Cristo, por Aquel que pasó, en gracia, por circunstancias análogas pero mucho más terribles, ya que su camino de obediencia, de dependencia, integridad, santidad y amor no tuvo otro resultado que la muerte, y que no fue librado sino “de los cuernos de los búfalos”. Es, pues, natural que veamos a David empleado como instrumento principal para expresar proféticamente los sentimientos del remanente y los de Cristo. Como lo hemos comprobado tantas veces, su vida era una figura impresionante de la del Mesías que había de venir. Y como tal, experimentó todas las fases del rechazo, las humillaciones y las persecuciones que, salvo la muerte, representan los sufrimientos del Salvador. No decimos esto con el propósito de entrar más en este tema, tratado detalladamente por otros, sino con el fin de hacer resaltar que los salmos de David, que nos llevan tan alto y tan lejos en el porvenir profético, se originaron en sus experiencias personales. En ellos se puede encontrar una expresión fiel del estado de su corazón en la prueba, los resultados producidos por la disciplina de Dios a su respecto y los recursos que recibió cuando la tribulación le afectó. Solo desde este punto de vista restringido consideraremos, a medida que se desarrollen los acontecimientos, los salmos que se relacionan con ellos.

El relato de este capítulo tiene su contrapartida en el Salmo 59, inspirado cuando Saúl envió a vigilar su casa para matarlo. Mientras los enviados de Saúl, hombres sanguinarios, juntados contra él, rodeaban la ciudad de noche, el corazón de David se dirigía en súplicas a Dios, esperando de él la liberación (v. 1-2), con la certeza de que tendría misericordia para con él (v. 10), porque no era por falta suya, ni por pecado suyo, que buscaban su vida, sino porque pertenecía al Señor. En aquel momento no pidió que Dios exterminara a sus enemigos (v. 11), ni que matara a Saúl, para que el pueblo de David no olvidara esas cosas. Era preciso que el rey profano quedara en pie, hasta que la paciencia del ungido del Señor alcanzara su obra perfecta. Más tarde Dios destruiría al enemigo para establecer su reinado.

Es muy conmovedor ver a este hombre de Dios, en el momento mismo de ser acosado tan de cerca, y cuando su vida amenazaba ser cortada, ocupado enteramente con el Señor, con sus designios y con sus liberaciones. En efecto, no dudaba del amor de Dios, ni de su voluntad de librarle. “Pero yo cantaré de tu poder, y alabaré de mañana tu misericordia” (v. 16). ¿De mañana? ¡Cuando los enemigos ladraban “como perros” en esa noche de angustia, vigilando su casa y rodeando la ciudad! David estaba, pues, seguro de la liberación, porque contaba con Dios, y en medio de este peligro extremo pudo añadir, anticipando esta liberación: “Has sido mi amparo y refugio en el día de mi angustia” (v. 16).

Volvamos a nuestro capítulo. En los versículos 19 a 24, todo el esfuerzo de Saúl contra David fracasó, sin embargo lo hizo perseguir por medio de mensajeros, incluso estando bajo la protección misma de Samuel. Estos instrumentos del enemigo experimentaron, en contra de su voluntad, la influencia del Espíritu de Dios por el cual profetizaron, serio aviso que no los convirtió ni los salvó. Aquí Saúl mismo, y no por primera vez en su vida, se vio obligado a profetizar por el Espíritu de Dios. En el capítulo 18:10 lo había hecho por el espíritu malo que se había apoderado de él. Dios podía hablar por la boca de Saúl quien, en otros momentos, era el portavoz de Satanás; también lo pudo hacer por la boca de Balaam y de Caifás. Eso prueba solamente que Dios se sirve de todos los hombres como de instrumentos, si eso le conviene; pero se debe distinguir entre la acción vivificadora del Espíritu Santo y sus diversas operaciones de poder. El poder puede comunicar un gran conocimiento de la Palabra, quizá también la energía que utiliza este conocimiento para otros; el poder puede obrar milagros, pero jamás nos lleva a juzgarnos a nosotros mismos y a asirnos de Cristo como del que responde a nuestras necesidades. No produce arrepentimiento ni fe; se precisa una obra del Espíritu en el corazón para tocar la conciencia, para producir el sentimiento del pecado, para conducir un alma a Dios. Sin eso no hay vida nueva. El corazón de Saúl y de sus mensajeros no había cambiado, sino que Dios se había apoderado de sus espíritus por la profecía, para poner al descubierto su locura y para salvar a David, su muy amado.

Capítulo 20

“Después David huyó de Naiot en Ramá, y vino delante de Jonatán, y dijo: ¿Qué he hecho yo? ¿Cuál es mi maldad, o cuál mi pecado contra tu padre, para que busque mi vida?” (v. 1). Mientras el hombre natural permanece bajo el terrible: “¿Qué has hecho?” dirigido hace mucho tiempo a Caín (Génesis 4:10), el justo por la fe, perseguido sin causa, puede decir como David: “¿Qué he hecho?”. Pero David solo pudo hablar así en ese momento de su carrera. Más tarde, durante la persecución de su hijo Absalón, ya no pudo decir: “¿Qué he hecho?”. Y más tarde aún, cuando había cometido el grave pecado de censar al pueblo, hallándose bajo el juicio, se vio obligado a confesar a Dios: “Yo he pecado gravemente por haber hecho esto” (2 Samuel 24:10). Sin embargo, en el momento mismo en que era disciplinado, nos es presentado como figura de Cristo, poniéndose en la brecha para salvar a su pueblo, cuando dijo: “Yo pequé, yo hice la maldad; ¿qué hicieron estas ovejas?” (v. 17).

Solo uno pudo decir: “Yo hago siempre lo que le agrada”, la “voluntad del que me envió”; solo uno pudo recibir, en el último momento de su carrera, el testimonio salido de la boca del ladrón convertido: “Este ningún mal hizo” (Lucas 23:41).

David, figura tan preciosa de Cristo, también recibió este testimonio público delante de Saúl, por boca de Jonatán: “¿Por qué morirá? ¿Qué ha hecho?” (v. 32). Qué privilegio para el creyente tener, por el Espíritu Santo, la posibilidad de imitar al Señor en esto, como en todas las demás cosas. Solamente que para producir este fruto de justicia, el Señor nunca tuvo necesidad de disciplina como David o como nosotros. Todas sus aflicciones eran, por una parte, el fruto y el testimonio de su gracia hacia nosotros, y por otra parte hacían resaltar la perfección absoluta que había en él, fuese en su vida o en su muerte. En él, tanto la ofrenda de oblación como el holocausto hacían subir “olor grato para Jehová”, sin mezcla alguna.

Incluso en este período de su vida, cuando David podía decir: ¿Qué he hecho?, vemos más de una vez que ciertos detalles de su conducta necesitaron la intervención disciplinaria de Dios. Por eso aquí mismo, en el versículo 6, encontramos una mentira que, aunque comprensible, no por eso es menos condenable. En David, la verdad estaba por debajo de la gracia. Al Verbo hecho carne estaba reservado el traer a este mundo la gracia sin mezcla unida a la verdad perfecta (Juan 1).

David, hombre de fe, conocía perfectamente el peligro que su fidelidad le acarreaba y, no viendo más que un paso entre él y la muerte (v. 3), sabía que su único recurso estaba en Dios. Jonatán, en cambio, todavía contaba con la ayuda que creía poder proporcionar a su amigo (v. 2). Aún confiaba en el carácter de su padre; deseaba que Dios estuviera con David tal como había estado con Saúl (v. 13). En realidad, no alcanzó un nivel elevado de comprensión espiritual, ni de apreciación del corazón humano. Siempre ocurre así con el creyente cuando está asociado con el mundo por cualquier lazo. Jonatán todavía no había comprendido que Dios había rechazado a Saúl, aun cuando, por otra parte, toda su confianza estaba en David. Estaba seguro de su futuro poder y de su benevolencia. Dijo a David: 

Y no apartarás tu misericordia de mi casa para siempre, cuando Jehová haya cortado uno por uno los enemigos de David de la tierra 
(v. 15). 

Aquí seguía olvidándose de sí mismo, al proclamar que la realeza pertenecía a su amigo. ¿Y qué momento escogió para encomendarse a él? ¡Aquel en el cual David estaba huyendo, cuando su vida estaba expuesta cada instante! Ocurre lo mismo para nosotros. Hemos encontrado en un Cristo rechazado a nuestro protector, nuestro refugio y toda nuestra esperanza.

Es hermoso ver en Jonatán esa ausencia de egoísmo frente a aquel que iba a heredar todos los derechos que el nacimiento parecía conferir al hijo de Saúl. ¡Ah, la razón era que amaba a David como a sí mismo! Desde el principio había dado la fuerza, la autoridad y el reino al hijo de Isaí. Saúl exclamó: “Todo el tiempo que el hijo de Isaí viviere sobre la tierra, ni tú estarás firme, ni tu reino” (v. 31), porque para él, establecer a su hijo era más que todas las glorias de David. Para él era una vergüenza estar con el verdadero rey: “Has elegido al hijo de Isaí para confusión tuya, y para confusión de la vergüenza de tu madre” (v. 30). Semejantes palabras hirieron cruelmente a Jonatán; se levantó con “exaltada ira” debido al ultraje; pero no estaba afligido por el insulto lanzado contra sí y contra su madre, sino “a causa de David, porque su padre le había afrentado” (v. 34). Amaba a David, deshonrado y maldecido por Saúl, con el mismo ardor con el cual lo había amado antes, en el esplendor de su juventud y de su victoria.

Jonatán acudió al socorro de David en este último trance. En su última entrevista, de las más conmovedoras, “besándose el uno al otro, lloraron el uno con el otro; y David lloró más” (v. 41). ¡Cuánto nos atrae el carácter amable y simpático de Jonatán! Sin embargo, una cosa le faltaba, una sola: no tenía suficiente fe para seguir a un rey rechazado. Su posición, es verdad, hacía muy difícil semejante paso, pero para la fe las dificultades no deberían contar. Jonatán tendría que haber compartido las aflicciones de David de otra manera, no solo con el corazón; y porque no lo hizo, más tarde tuvo que compartir la derrota y la ruina de su padre.

Capítulo 21

En el capítulo precedente, David se mostró un poco inferior a su carácter. Aquí sucedió lo mismo, porque mintió a Ahimelec, y en presencia de Aquis se valió de un ardid que no le honraba. Sin embargo en Nob (v. 1-6) nos ofrece uno de los rasgos más importantes del Mesías rechazado. Este incidente es recordado en Mateo 12:1-8, Marcos 2:23-28 y Lucas 6:1-5.

En el primero de estos pasajes el Señor, habiendo proclamado que el verdadero descanso se hallaba en él (Mateo 11:28-30), dejó a sus discípulos libres para realizar un acto permitido por la ley (Deuteronomio 23:25), pero que a los ojos de los fariseos violaba y profanaba el sábado. Lo mismo había ocurrido con David en Nob, pues era un sábado, día en el cual se cambiaban los panes de la proposición (véase Levítico 24:8), cuando se había presentado ante el sacerdote. Ahora bien, ¿por qué obraba así el Señor? Como David, él, el Muy Amado, había sido rechazado por este pueblo a quien el sistema legal, ordenado por Dios, no había podido llevar a reconocer a su Mesías. El sábado, señal de la alianza entre Dios y su pueblo, había sido, pues, violado por el hecho de que el pueblo rechazaba a su Dios. Bajo el antiguo sistema legal ya no había reposo. El Padre, en adelante, se veía obligado a volver a trabajar, y el Hijo mismo trabajaba con él. El sábado del hombre había finalizado, y el rechazo a Dios, en la persona de su Hijo, tenía como consecuencia el abandono del sistema legal de los judíos, el derecho del Hijo del Hombre a hacer uso del sábado como quisiera, y la introducción de un nuevo sistema en el cual él asociaba consigo a sus discípulos y a sus compañeros. Siendo rechazado Cristo, tal como lo había sido David, ya no había reposo para la criatura en este mundo, ya no había sábado, sino un reposo fuera del mundo, fundado sobre la obra de la redención y que se podía poseer por el conocimiento del Señor Jesús.

Un segundo hecho acompañaba el rechazo a David. Había pedido a Ahimelec los panes de la proposición que solo los sacerdotes podían comer, después de haber sido quitados de la mesa. El pan quitado de delante de Dios “en cierto modo es común” (v. 5, V. M.). Ante el rechazo del rey, ¿qué valor podían tener a los ojos de Dios los panes de la proposición, que presentaban a Dios el verdadero Israel en Cristo? Por eso, estos panes debían ser reemplazados delante de Dios por unos panes nuevos, un nuevo Israel fundado sobre Cristo, según el corazón de Dios. David podía, pues, considerar profano este pan. La gracia soberana se levantaba por encima de las ordenanzas legales, porque era más importante nutrir a David y a los suyos que guardar lo que había envejecido.

David pidió un arma. Ahimelec solo tenía la espada de Goliat. Este instrumento de la victoria de David se guardaba detrás del efod, envuelto en un velo, cuidado y puesto en un sitio de honor, bajo los ojos mismos de Dios. Es así como el testigo de la victoria de Cristo, la muerte, por medio de la cual venció al príncipe de la muerte, ha sido llevado como memorial dentro del lugar santísimo donde Jesús entró con su propia sangre.

David dijo: “Ninguna como ella”. No olvidemos que si David es figura de Cristo, a menudo también es, al mismo tiempo, figura de los creyentes. Como David, salimos sin armas contra el enemigo, pero una sola nos basta: la muerte de Cristo y nuestra muerte con él. La encontramos en el santuario. No hay ninguna igual, y Satanás no puede hacer nada contra el arma que le ha vencido.

Armado de esta manera, David se dirigió a Aquis, rey de Gat (v. 10-15). ¿Por qué, pues, tuvo temor al presentarse ante él? Porque estaba dirigido por su sabiduría natural y no por Dios. Como Egipto para Abraham, Filistea tampoco podía ser un refugio para David. Pensando escapar de Saúl, cambió un enemigo por otro, y solo halló deshonra y desprecio.

Pero es muy consolador observar, en los salmos que se refieren a este momento de su historia, las experiencias que David tuvo y de las cuales el relato histórico no nos habla.

El Salmo 56 se compuso “cuando los filisteos le prendieron en Gat”. El desfallecimiento de su fe le hizo buscar un refugio entre esos enemigos de Israel. ¿Qué encontró allí? Al hombre que, en vez de ayudarle, le oprimió y quiso devorarlo (v. 1). David, llevado a huir de Saúl por un temor carnal, aprendió aquí lo que es la carne; aquel cuya confianza en el hombre le había hecho descender a Aquis, aprendió ahora lo que es el hombre. A su alrededor solo encontró peligros y amenazas. Sus enemigos se reunieron, se escondieron, miraron sus pasos y acecharon su alma, pervirtieron su causa todos los días, teniendo sus pensamientos contra él para mal; pero le quedaba Dios. Aprendió a confiar enteramente en Dios: “En el día que temo, yo en ti confío” (v. 3). Esta fue la gran lección que Dios le enseñó. Si Dios estaba con él, ¿qué le podía hacer la carne? “En Dios he confiado; no temeré. ¿Qué puede hacerme la carne?” (v. 4, V. M.).

¿Qué podía hacerle el hombre? 

En Dios he confiado; no temeré; ¿qué puede hacerme el hombre?
(v. 11). 

Ahora, librado de la muerte, deseaba ser guardado de tropezar en el futuro. Nada asegura nuestra marcha tanto como la prueba, la disciplina y las experiencias relacionadas con ellas: “Porque has librado mi vida de la muerte. ¿No librarás también mis pies de la caída, para que yo ande delante de Dios en la luz de la vida?” (v. 13, V. M.).

El Salmo 34 fue compuesto “cuando mudó su semblante delante de Abimelec, y él lo echó, y se fue”. Este salmo celebra los tiernos cuidados del Señor hacia el creyente en la prueba, y expresa la confianza de David, emanada del hecho de que Dios había tomado su causa en su mano en su aflicción. Este hombre de Dios, buscando protección en Aquis, no había tenido en su mano sino una caña quebrada. Ahora, instruido por Dios, puede decir: 

Busqué a Jehová, y él me oyó, y me libró de todos mis temores
(v. 4). 

Este pobre clamó, y le oyó Jehová, y lo libró de todas sus angustias
(v. 6). 

Aprendió la lección que Dios le enseñaba por medio de su disciplina. La experiencia que acababa de vivir le hacía apto para animar a los demás: “Gustad, y ved que es bueno Jehová; dichoso el hombre que confía en él” (v. 8).

Más aún, por experiencia propia había aprendido que ni la astucia ni la mentira pueden procurar el bien: “¿Quién es el hombre que desea vida, que desea muchos días para ver el bien? Guarda tu lengua del mal, y tus labios de hablar engaño” (v. 12-13).

La experiencia de David en la corte de Aquis fue profundamente humillante, porque la dignidad que Dios le había conferido fue puesta en peligro por su conducta. Esto quebrantó su corazón y contristó su espíritu, pero en esta disciplina aprendió a conocerse a sí mismo, y a conocer al Señor de una manera más íntima; ¿qué más podía desear? 

Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu
(v. 18).

Así es como el alma de este hombre de Dios expresa, en sus cánticos proféticos, aquello que ha experimentado a través de las aflicciones y la disciplina que le eran necesarias.

Capítulo 22

“Yéndose luego David de allí, huyó a la cueva de Adulam” (v. 1). Fue allí donde compuso el hermoso Salmo 142, el cual expresa los sentimientos que llenaban su alma en su soledad. “No hay quien me quiera conocer; no tengo refugio, ni hay quien cuide de mi vida” (v. 4). “En el camino en que andaba, me escondieron lazo” (v. 3), cuando –¡qué ironía!– era Saúl quien audazmente se atrevía a acusarle, diciendo: “Mi hijo ha levantado a mi siervo contra mí para que me aceche” (cap. 22:8). Pero David, precisamente porque le faltaba todo refugio humano, había encontrado un refugio seguro para su alma: 

Clamo a ti, oh Jehová; digo: ¡Tú eres mi refugio!
(v. 5, V. M.). 

Podía contar con el Dios de Israel para ser librado de sus perseguidores, que eran más fuertes que él (v. 6). ¿Podría David lamentar alguna vez haberse encontrado en una situación semejante, abandonado por todos? No, porque fue allí donde su alma conoció y apreció el soberano refugio que se encuentra en Dios. Por eso el salmo termina manifestando la certeza que llenaba su alma de que el tiempo de su desamparo y de su soledad tendría fin. “Me rodearán los justos”, dice en el versículo 7.

Tras este derramamiento de su alma, David recibió, en la misma cueva de Adulam, la respuesta del Señor como primicias de su confianza. Ya no estaba solo. “Cuando sus hermanos y toda la casa de su padre lo supieron, vinieron allí a él” (v. 1). David, figura de Cristo rechazado, vino a ser un centro de atracción para sus hermanos. Su familia, todos los de la casa de su padre, se agruparon en torno suyo. Eran para David, como para Cristo, los valientes de la tierra. Ellos reconocían en él al ungido del Señor, aquel por medio del cual el Señor quería salvar a su pueblo, el instrumento de la gracia en Israel. Ellos sabían que no podían esperar nada del mundo, sino desprecio y persecución, al igual que David, su jefe de familia. Por lo tanto, su único recurso era refugiarse junto a él, aunque ante los ojos de los hombres estaba él mismo sin recursos.

Otra clase de personas también se refugió junto a David en la cueva de Adulam: “Y se juntaron con él todos los afligidos, y todo el que estaba endeudado, y todos los que se hallaban en amargura de espíritu, y fue hecho jefe de ellos” (v. 2). A David no solo se unieron aquellos cuyo origen los ponía en relación con él, sino otros que no estaban unidos a él por ningún vínculo. Su característica común era que lo habían perdido todo. Unos estaban “afligidos” y no sabían hacia dónde volverse; otros estaban “endeudados” y no podían pagar las deudas; otros “se hallaban en amargura de espíritu”, amargura que no tenía remedio, creada por el estado de cosas en Israel.

Junto a David estos afligidos encontraron un refugio seguro, tal como lo encuentran hoy día junto a un Cristo rechazado. Pero hallaron mucho más todavía. David tenía la capacidad de formar a su imagen a los más miserables. El reflejo de su belleza moral recaía sobre los que no tenían nada que traerle, excepto su miseria. En la sombría cueva de Adulam, la luz que David irradiaba resplandecía sobre estos cuatrocientos hombres que le rodeaban, y lo que la gracia había hecho de ellos en el día de las tribulaciones sería reconocido por todos los ojos y aclamado por todas las bocas en el día ya próximo de la gloria. Toda esa gente fuera de la ley rodearía el trono del rey y sería llamada “los valientes que tuvo David” (2 Samuel 23:8).

Pero estos no eran todos los recursos que la cueva de Adulam encerraba para los compañeros del hijo de Isaí: el profeta Gad (v. 5), portador de la palabra y del testimonio de Dios, estaba a su lado. La revelación de los pensamientos de Dios, ausente de la corte y del pueblo de Saúl, se había refugiado allí. Finalmente, el acto asesino del rey para con Nob empujó a Abiatar, el sacerdote, hacia David (cap. 22:20). Más tarde se dirigiría hacia él con el efod en su mano (cap. 23:6). El medio de acercarse a Dios, de consultarle en todo tiempo, de entrar en comunión con él, es el feliz privilegio de esas personas sin condición social, a quienes el mundo envilece y desprecia.

Querido lector, ¿ha buscado su refugio al abrigo de un Cristo rechazado? Uno solo lo hace cuando está al borde de la desesperación y ha perdido toda esperanza de ayudarse a sí mismo. El mundo, en este caso, le despreciará. Sin embargo nada le faltará. La presencia del Señor Jesús es real, el alma la experimenta; los tesoros de su Palabra son puestos a su disposición y conocidos, mientras que Jonatán, retenido en la corte de Saúl, nunca pudo conocerlos. Por último, el medio para acercarse a Dios es provisto por el sacerdocio de Cristo que nos pone en comunión con él. Estos son los beneficios que dispensa nuestro David en el tiempo en que es rechazado.

Ahora solo le falta ser manifestado en gloria a los ojos de todos, pues ya lo es como centro de su Iglesia, aunque esta no comprendiese más que cuatrocientos fieles reunidos en torno suyo, como vemos aquí.

En el versículo 5, David obedeció la palabra traída por Gad: “No te estés en este lugar fuerte; anda y vete a tierra de Judá”. Entonces pasó al territorio mismo del enemigo, pero ¿qué debía temer? Y, ¿qué podía hacerle Saúl? Dios estaba con él. ¿Qué importaba si obraba contra toda prudencia humana? Dios tiene propósitos de gracia y de bendición en lo que ordena; nuestro asunto es obedecer.

Saúl convocó a Ahimelec y acusó a David de conspirar “contra él” y acecharle (v. 7-8, 13). Ahimelec, franco y sincero, expresó abiertamente la verdad y dio testimonio en favor de David, el hombre incomparable, “tan fiel… yerno también del rey, que sirve a tus órdenes y es ilustre en tu casa”. Por cierto, no era una palabra de insulto, pero fue una severa lección dada a Saúl. La delicadeza de sus sentimientos impidió a Ahimelec mencionar la mentira por medio de la cual David había hecho que le diera el pan y la espada, mentira que lo habría comprometido ante los ojos de Saúl. Pero, en suma, esta mentira fue lo que arrastró a la ruina al sacerdote y a toda su casa. David lo sintió así, pues dijo a Abiatar: “Yo he ocasionado la muerte a todas las personas de la casa de tu padre” (v. 22). Así se juzgó a sí mismo. Pero al mismo tiempo aquí lo vemos, de parte de Dios, como figura de Aquel que es el salvaguardia de los fieles: “Quédate conmigo, no temas; quien buscare mi vida, buscará también la tuya; pues conmigo estarás a salvo” (v. 23). Es una compensación perfecta a lo que Abiatar y la casa de su padre habían tenido que sufrir por el ungido del Señor.

Aquí se sitúa el Salmo 52. David se enteró de que Doeg edomita había informado “a Saúl diciéndole: David ha venido a casa de Ahimelec”. Por eso anunció el juicio sin misericordia contra el edomita, enemigo jurado de Israel. Pero esto no disminuyó la confianza y la seguridad del hombre de Dios. Al contrario, sobre el fondo negro de esa maldad se destaca la feliz porción del creyente en todo su esplendor: 

Pero yo estoy como olivo verde en la casa de Dios; en la misericordia de Dios confío eternamente y para siempre. Te alabaré para siempre, porque lo has hecho así; y esperaré en tu nombre, porque es bueno, delante de tus santos
(v. 8-9).

Capítulo 23

Los filisteos combatieron a Keila. David hubiera podido no intervenir y dejar a Saúl el cuidado de socorrerlos, pero semejante abstención estaba lejos de los pensamientos del hombre de fe. David rechazado se convirtió aquí en un salvador para Israel. Se puso en la brecha, pero no sin haber consultado al Señor. Puesto que Abiatar aún no había bajado con el efod, David carecía de este medio ordenado por Dios para consultarle. Los recursos exteriores pueden estar fuera del alcance, pero el acceso a Dios nunca lo estará, porque es libre y ampliamente abierto para todos. David habló con Dios como con un amigo. Lleno de condescendencia, el Señor respondió, y, cosa notable, de manera más íntima y más detallada que cuando David le consultaba con el efod. Esto llenó de confianza y de seguridad el corazón de su muy amado. Dijeran lo que dijeran sus compañeros (v. 3), David, fundado sobre la palabra de Dios, no se detuvo por sus temores y combatió en favor del pueblo de Israel, aunque este fuera el instrumento de su peor enemigo. Así es la salvación por Cristo, cumplida a favor nuestro en nuestra condición de enemistad contra él.

Aquí volvemos a encontrar esta verdad, ya percibida en la historia de Jonatán: que el combate de la fe se libra fuera del sistema religioso de los hombres, pues este solo podría obstaculizarlo. Saúl, en las pocas ocasiones que consultó al Señor, no recibió respuesta o recibió una que pronunciaba un juicio sobre toda su conducta (cap. 14:41). David, sin el recurso exterior de las ordenanzas divinas, conversó directamente con su Dios.

Desde entonces vemos a David acosado, perseguido, traicionado, escondiéndose en las cuevas, en los bosques, en peligro en las ciudades, refugiándose en los lugares fuertes, errando por los montes, en las colinas, habitando en los desiertos de Judá, Zif, Maón, Parán, no teniendo lugar dónde recostar su cabeza.

David entró en Keila. Y Saúl, en su ceguera atroz, se atrevió a decir: “Dios lo ha entregado en mi mano”, habiendo oído ya la solemne palabra de Samuel: “Él también te ha desechado para que no seas rey” (cap. 15:23). ¡Qué endurecimiento de corazón! El perseguidor del “muy amado” creía conocer a Dios y tenerle de su parte, pero no conocía mejor al Dios de Israel de lo que se conocía a sí mismo. Por tanto, como dice el Salmo 2:4: “El que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos”. Aquí la Palabra responde con merecida ironía: “Dios no lo entregó en sus manos” (v. 14).

Cuando el efod fue traído (v. 6), Dios respondió por medio del efod y David recibió una clara dirección. Es hermoso verle tomar aquí el carácter de siervo. David, a quien pertenecía la realeza, tomó ante Dios la condición más humilde. “Jehová Dios de Israel, tu siervo tiene entendido… ¿Descenderá Saúl, como ha oído tu siervo? Jehová Dios de Israel, te ruego que lo declares a tu siervo” (v. 10-11). En esto David es una hermosa figura de Cristo quien, sabiendo que el Padre le había entregado todas las cosas en las manos, vino, no para ser servido, sino para servir a Dios y a los suyos.

En el desierto de Zif, David recibió la visita de Jonatán (v. 16-18). En muchas ocasiones Jonatán había demostrado, como lo hemos visto, cuánto amaba a David. Le había advertido sobre el peligro que corría (cap. 19:2), había hablado bien de él a Saúl (cap. 19:4), había hecho pacto con él, reconociendo sus derechos al reino (cap. 20:12-17), había soportado ultrajes y sufrido por él (cap. 20:34). ¿Qué le quedaba, pues, por hacer? ¿Una visita a David, para afianzar su afecto? No. En la vida de un hombre de fe siempre llega un momento crítico en el cual se ve obligado a romper los lazos que le unen al antiguo sistema según la carne que, de hecho, está en las manos del enemigo de Dios. Dios juzgará este sistema político y religioso. Hoy en la cristiandad sucede lo mismo que sucedía en el mundo de Saúl. Lo que está unido al sistema caerá con él y estará implicado, aunque solo sea exteriormente, en su perdición. Aunque amaba a David, Jonatán andaba en este orden de cosas deteriorado, establecido en torno al rey según la carne y que iba a desaparecer. ¿Qué debía hacer, sino abandonarlo, cuando se oponía de una manera odiosa y directa al ungido del Señor? Tenía que romper con la corte de su padre, ocupar su sitio al lado de David con los quebrantados de Adulam, posición humillante para un hijo de rey; tenía que quedarse en Zif con David, ocupando en su pensamiento no el segundo lugar después de él (v. 17) sino, como Abigail, el de siervo de los siervos de su señor. Tristemente Jonatán tenía una posición que conservar y, mientras David se quedó en los bosques, ¡Jonatán se volvió a su casa! (v. 18).

Sin embargo, Dios le concedió el hermoso privilegio de animar a David en su camino. La Palabra dice que Jonatán “fortaleció su mano en Dios” (v. 16). Y más aún, para David fue el portador de la palabra profética: “No temas, pues no te hallará la mano de Saúl mi padre, y tú reinarás sobre Israel”; pero añadió: “Y yo seré segundo después de ti”. Cuando se trató de sí mismo, perdió completamente la visión profética, y eso correspondía bien a la condición mezclada de su alma.

Keila hubiera traicionado a David; Zif lo traicionó realmente y comunicó a Saúl sus malos propósitos. Se ve el mismo endurecimiento en el rey, quien se sirve del nombre de Dios para cubrir su iniquidad: “Benditos seáis vosotros de Jehová, que habéis tenido compasión de mí” (v. 21). Y, hablando de David, dice: “Se me ha dicho que él es astuto en gran manera” (v. 22). ¡Astuto! ¡Cuando el Señor a quien consultaba le ponía sobre aviso en cuanto a las emboscadas de su enemigo! ¡La expresión “astuto en gran manera” era un insulto directo al Señor, sin que Saúl se diera cuenta!

Aquí se sitúa el Salmo 54, compuesto “cuando vinieron los zifeos y dijeron a Saúl: ¿No está David escondido en nuestra tierra?”. En contraste con Saúl, David, rechazado del seno del pueblo, apela al nombre de Dios: “Oh Dios, sálvame por tu nombre, y con tu poder defiéndeme” (v. 1). Lo que Dios es como tal, era el recurso de su alma. “Extraños” (los zifeos) se habían levantado contra él; “hombres violentos” (Saúl y sus pandillas) buscaban su vida; y mientras invocaban el nombre de Jehová, no habían “puesto a Dios delante de sí” (v. 3). Pero este Dios a quien ellos no conocían era el que ayudaba a David (v. 4); y cuando sus enemigos fueran cortados y él fuera librado de toda angustia, entonces David podría alabar el nombre de Jehová, del Dios de Israel, cuyas relaciones con su pueblo serían así restablecidas.

En el desierto de Maón, David se vio en grandes aprietos; pero los problemas del hombre son la oportunidad de Dios. Él dirige los acontecimientos y cuenta las horas, los minutos, los segundos. Todos nuestros tiempos están en sus manos. En el último momento, un mensajero vino a anunciar a Saúl el ataque de los filisteos (v. 27), y el rey abandonó su persecución. Así es como Dios se muestra superior a las dificultades que parecen engullirnos.

El Salmo 63 es un magnífico ejemplo de las experiencias íntimas que el alma de David tuvo “cuando estaba en el desierto de Judá”. Lo considera como un lugar desolado, porque recuerda el santuario donde ha contemplado a Dios; pero si tenía sed, era sed de Dios, y deseaba que la fuerza y la gloria del lugar santo le acompañaran en el desierto y se manifestaran en su vida sobre la tierra. El desierto lo empujaba hacia Dios y le hacía desear que Dios mostrara su carácter en las circunstancias difíciles que atravesaba. Dios respondió a su petición mostrándole su misericordia. Su misericordia es su gloria, y David estimó más preciosa que su vida, guardada por el poder de Dios de las emboscadas de Saúl. Pero este poder le sostendría todavía: “Tu diestra me sustenta” (v. 8, V. M.).

El resultado de este conocimiento de Dios en el desierto era que el alma de David estaba “apegada” a Dios. Así su corazón estaba ligado más íntima y prácticamente a su Dios, por las experiencias vividas en el lugar desolado. En cuanto a Saúl, sería destruido “a filo de espada”, mientras el rey, el ungido del Señor, tenía delante de sí el gozo en Dios en el día en que toda boca sería cerrada, gozo que saboreaba ya en el desierto (v. 5, 7), de modo que su alma estaba saciada.

Capítulo 24

Saúl, al volver de su campaña contra los filisteos, reunió 3.000 hombres escogidos para capturar a David. Así de una vez persiguió a los enemigos de Israel y al salvador de Israel. Un celo exterior por la protección del pueblo de Dios bien puede asociarse con un verdadero odio a Cristo.

Saúl entró en la cueva, situada junto a los rediles de ovejas, para descansar allí. En el fondo de la cueva, con su pequeña tropa, se hallaba aquel a quien Saúl equivocadamente consideraba su enemigo. Era el momento en que la providencia de Dios entregaba a Saúl indefenso en las manos de David. Los compañeros de David concluyeron, en su ignorancia, que Dios mismo proveía así a su amo la ocasión de vengarse; pero la inteligencia espiritual de David no se engañó. Su carácter, como rey rechazado, era la gracia y no el juicio (ocurre lo mismo con Cristo), y aquí la providencia divina ofreció a la gracia una admirable ocasión para manifestarse.

Además David tenía otra razón para no sacar la espada. En tanto que Dios mismo no hubiera ejecutado la sentencia pronunciada contra Saúl, este seguía llevando el nombre de “ungido de Jehová”. Sea cual fuere el mal, no tenemos el derecho de aniquilar lo que Dios deja subsistir. Sin duda debe haber una separación completa entre nosotros y el mal, pero no somos llamados a poner fin a la larga paciencia de Dios. Un cristiano espiritual reconoce la autoridad que Dios ha establecido, aunque sea enemiga y apóstata, y deja a Dios el cuidado y el momento de ejecutar la sentencia contra ella. Las circunstancias providenciales no son ordenadas para regir o dirigir nuestra conducta, sino para poner a prueba nuestra fe. Así ocurrió con Moisés en la corte de Faraón, donde la providencia de Dios le había colocado. Llegado el momento, rehusó formar parte de ella y abandonó Egipto, no temiendo la ira del rey (Hebreos 11). La que lo dirigía era la fe, y no los caminos providenciales de Dios.

Sin embargo, David cortó el borde del manto de Saúl. Era una señal destinada a poner en evidencia ante el enemigo la gracia que le había perdonado. El corazón (no la conciencia) de David le reprendió incluso este acto, porque exteriormente había faltado al respeto y a la deferencia debida al “ungido de Jehová”, mientras en el fondo estaba lleno de gracia hacia su perseguidor. “Así reprimió David a sus hombres con palabras, y no les permitió que se levantasen contra Saúl” (v. 7). Sus compañeros eran formados por él y por su ejemplo, así el carácter de David se reflejaba en todos los que le rodeaban y le habían reconocido como jefe.

Este borde del manto sirvió para reivindicar ante los ojos de Saúl el carácter de su siervo, a quien había desconocido, y para abrirle los ojos sobre su propio estado: “Yo corté la orilla de tu manto, y no te maté. Conoce, pues, y ve que no hay mal ni traición en mi mano, ni he pecado contra ti; sin embargo, tú andas a caza de mi vida para quitármela” (v. 11). A menudo Dios llama a los pecadores mediante circunstancias en las cuales su gracia los ha guardado, haciendo resaltar ante sus ojos que su estado merecía el juicio. Con todo, si después de eso el corazón se endurece, es preciso que sepa que el juicio no se hará esperar. “Juzgue Jehová entre tú y yo, y véngueme de ti Jehová” (v. 12).

Aquí resalta un rasgo hermoso del hombre de Dios. Ante sus propios ojos es menos que Saúl, menos que nada: “¿Tras quién ha salido el rey de Israel? ¿A quién persigues? ¿A un perro muerto? ¿A una pulga?”. Así hablaba Pablo de sus amados corintios: “Lo vil del mundo y lo menospreciado… y lo que no es”, y de sí mismo: “Ni el que planta es algo”… (1 Corintios 1:28; 3:7). Pero estos seres que no son nada a sus propios ojos, son algo a los ojos de Dios, y eso lo exalta y lo glorifica: “Jehová, pues, será juez, y el juzgará entre tú y yo. Él vea y sustente mi causa, y me defienda de tu mano” (v. 15). “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?”. ¡El amor de Dios por nosotros, esto es lo que le glorifica!

“Y alzó Saúl su voz y lloró” (v. 16). Al verse librado tan milagrosamente, reconoció (¿durante cuánto tiempo?) la gracia y la justicia que se hallaban en David: “Más justo eres tú que yo, que me has pagado con bien, habiéndote yo pagado con mal” (v. 17). Reconoció incluso que el reino correspondía a David: “Y ahora… yo entiendo que tú has de reinar, y que el reino de Israel ha de ser en tu mano firme y estable” (v. 20). Un corazón reprobado puede ablandarse ante la gracia, sin ser cambiado por eso. Es muy serio comprobarlo. Dios no nos pide sentimientos, por justos que sean; se trata de actuar por la fe, porque solo ella puede regenerar y salvar un pecador.

“Tú has mostrado hoy que has hecho conmigo bien” (v. 18). ¡Cuán diferente es este “hoy” de las palabras de Abigail, quien dijo por la fe, aun antes de que David se lo hubiera probado: “Mal no se ha hallado en ti en tus días”! (cap. 25:28).

Saúl hasta llegó a contar con David para mantener su simiente. David, hermoso ejemplo de la gracia, “juró a Saúl” (v. 22), porque la gracia no soporta ser limitada. ¿Sabría Saúl valerse de ella? No: “Se fue Saúl a su casa”. ¡El piadoso Jonatán, su hijo, tristemente había hecho lo mismo! (cap. 23:18). Sea cual fuere el paso que la carne haya dado, o la verdad que haya reconocido, siempre hay un punto donde se detiene: el punto donde solo la fe podría obrar. Ante el “ven y sígueme”, la carne más amable vuelve la espalda, tal vez con tristeza, ¡porque prefiere las “muchas posesiones” de su casa al oprobio de Aquel que no tiene un lugar dónde recostar su cabeza en este mundo! (Mateo 19:22).

Cuán dulce es contemplar, en el Salmo 57, los sentimientos de David, “cuando huyó de delante de Saúl a la cueva”. Sabía que Dios lo favorecía (v. 2). Su fe se aferraba de antemano a la liberación inminente: “Él enviará desde los cielos, y me salvará de la infamia del que me acosa” (v. 3). “Hoyo han cavado delante de mí; en medio de él han caído ellos mismos” (v. 6). Esto fortaleció su corazón (v. 7) y le hizo entregarse enteramente en las manos de Aquel que enviaría “su misericordia y su verdad” para salvarle. Preparado así, no trató de vengarse él mismo, sino que descansó en Aquel que dijo: “Mía es la venganza”. De esta manera, en cada ocasión David fue preparado por el Espíritu de Dios para entregar su causa en sus manos, quedando así libre para ocuparse solo del Señor y su alabanza. 

Pronto está mi corazón, oh Dios, mi corazón está dispuesto; cantaré, y trovaré salmos. Porque grande es hasta los cielos tu misericordia, y hasta las nubes tu verdad
(v. 7, 10).

Capítulo 25

Samuel murió (v. 1), y su muerte fue como el preámbulo de la última época de la historia de Saúl. Este fiel siervo había juzgado a Israel en tiempos difíciles y había ejercido en su favor el oficio sacerdotal en medio del debilitamiento que había seguido a la ruina del sacerdocio. Ese hombre que Dios había escogido para ungir la realeza según la carne, y luego la realeza según la gracia, el profeta, ante todo, el primero de ellos, ya no estaba. En medio de esos tiempos sombríos, la gracia de Dios mantenía una comunicación con el pueblo por la palabra profética. En todos los actos importantes de su vida, Saúl había encontrado al profeta que venía para darle a conocer los pensamientos, las órdenes, los consejos y los juicios de Dios. Sin duda no los había tenido en cuenta, pero tuvo la posibilidad de oírlos. Es un privilegio inmenso, como también una inmensa responsabilidad, tener la Palabra divina a nuestro alcance, y Saúl había disfrutado de este privilegio. Durante su vida, Samuel mismo había transmitido la Palabra a unos profetas suscitados por Dios para que enseñasen a otros. Ahora estos profetas no respondían (cap. 28:6, 15). Toda esta dispensación había terminado para Saúl y para su pueblo. El sacerdocio, destruido por él, se había refugiado junto al verdadero rey. Gad, el profeta, acompañaba a David en el desierto y en las cuevas. Israel y su rey habían sido dejados como un navío desamparado, sin piloto y sin brújula, empujado en las tinieblas hacia los abismos, mientras un alba nueva iba a levantarse para los fieles.

¡No era extraño, pues, que Israel se congregase y lamentase por Samuel! El que ardientemente y sin descanso había intercedido por ellos y por su rey, ya no estaba. ¿Qué les quedaba? ¡Qué terrible juicio cuando Dios retira sus favores, resueltamente despreciados! A Saúl no le quedaba otro recurso que volver a las cosas que había arrojado (cap. 28:7). Encontramos en Saúl una imagen de esa cristiandad apóstata, que vuelve a la idolatría cuando Dios quita de ella el Espíritu de verdad y la deja presa del espíritu de mentira.

Antes de ocuparnos de los últimos días de Saúl, Dios despliega aquí una nueva escena. Nabal, hombre violento y desenfrenado, desprecia y ultraja al ungido de Dios. Esta es una de las características del hombre de pecado en el fin de los tiempos.

Nabal, se nos dice (v. 3), “era del linaje de Caleb”. En estos dos hombres había, como una característica de la familia, la energía de la naturaleza, la cual, al servicio de la carne, produce un Nabal, pero al servicio de la fe, un Caleb; porque uno puede presentar sus miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, o a Dios como instrumentos de justicia (Romanos 6:13).

Sobre tal hombre la gracia solo tendrá el efecto de incitarle al mal y a la rebeldía. Un Saúl a veces se deja enternecer (cap. 24:16); un Nabal, nunca.

David y sus compañeros continuaron en el desierto de Judá, esperando de Dios la hora y la señal de su liberación; allí David tuvo la ocasión de mostrarse protector de los débiles, expuestos a mil peligros durante las vigilias de la noche. No “les faltó nada” estando con él (v. 7).

La actividad de David en gracia no se limitaba a eso. Si, como el Señor en la tierra, dependía del hombre para algún refrigerio, él, a quien por derecho pertenecía todo, traía en cambio al pecador, a Nabal, paz por medio de sus mensajeros. “Sea paz a ti, y paz a tu familia, y paz a todo cuanto tienes” (v. 6). ¿Desearía Nabal esta paz, después de la protección tan manifiesta dada a su gente y a sus rebaños? Por tanta gracia y cortesía, ¿no tenía David el derecho a pedirle alguna prueba de agradecimiento? ¿Qué respondió Nabal? “¿Quién es David, y quién es el hijo de Isaí? Muchos siervos hay hoy que huyen de sus señores. ¿He de tomar yo ahora mi pan, mi agua, y la carne que he preparado para mis esquiladores, y darla a hombres que no sé de dónde son?” (v. 10-11). Esta misma palabra saldría más tarde de la boca de los principales de los judíos ante la obra del Señor. “Respecto a ese, no sabemos de dónde sea” (Juan 9:29). Así es como el hombre trata a Jesús rechazado; desprecia su gracia soberana sin temer su poder en juicio y sin pensar que este juicio está a la puerta. Nabal habló de su pan, de su agua, de su carne y de sus bienes como si fueran suyos, en el momento en que la calamidad le iba a alcanzar a él y a todo lo que tenía. Cuando tendría que haberse echado de rodillas ante aquel que voluntariamente se había hecho su servidor, ¡le trató despectivamente de siervo que huye de su señor! Sin escrúpulos, y sin pensar que eso era rechazarle a él mismo, rechazó a sus mensajeros. “El que a vosotros desecha”, dice el Señor a sus discípulos, “a mí me desecha; y el que me desecha a mí, desecha al que me envió” (Lucas 10:16). Su amo los envió para bendecir, y Nabal los ultrajó (v. 1).

David corrió el peligro de dar rienda suelta a su indignación y vengarse por su “propia mano” (v. 26, 33). Me parece que aquí se sitúa la experiencia del Salmo 35: “Me devuelven mal por bien” (v. 12; véase cap. 25:21). “No hablan paz” (v. 20; véase cap. 25:6). “Como por mi compañero, como por mi hermano andaba” (v. 14). “Los que sin causa son mis enemigos” (v. 19; véase cap. 25:16). Pero David aprendió lo que Dios quería enseñarle. En vez de hacerse justicia él mismo, entregó su causa al Señor: 

Muévete y despierta para hacerme justicia, Dios mío y Señor mío, para defender mi causa
(v. 23). 

“Vístanse de vergüenza y de confusión los que se engrandecen contra mí” (v. 26). Y entregó el juicio a Dios: “Véngale el quebrantamiento sin que lo sepa” (v. 8).

Antes de haber recibido esta enseñanza por boca de la piadosa Abigail, David había ceñido su espada y ordenado que sus compañeros hicieran lo mismo. Estaba adelantando el momento; la hora del juicio aún no había sonado; este llegaría por medio de Uno mayor que David. Está dicho de Él: “Ciñe tu espada sobre el muslo, oh valiente, con tu gloria y con tu majestad” (Salmo 45:3); pero el tiempo de la gracia aún duraba, en tanto que David era extranjero en su heredad.

La fe de Abigail comprendió eso. Esta mujer, sabiendo lo que conviene a la gracia, vino a ser un instrumento de Dios para guardar del mal al mayor de sus siervos, al ungido de Dios. Solo un hombre, la Gracia en persona, la gracia de Dios que se ha manifestado a todos los hombres, siendo infalible, nunca tuvo necesidad de que le recordasen el sentimiento de lo que convenía a la posición que había tomado aquí en la tierra.

Todos podemos aprender en la escuela de Abigail. Raras veces uno encuentra un afecto más desinteresado, basado en las perfecciones que su fe discernía en David.

Cuando oyó que el mal estaba “ya resuelto” contra Nabal y contra toda su casa, ella se apresuró a preparar todo lo que este hombre había negado a David, e incluso mucho más, y salió a su encuentro, sin contarlo a su marido. ¡Que las almas que saben que el mal está resuelto contra ellas hagan lo mismo! Se trata de no perder tiempo, de apresurarse, el vengador ya está en marcha. Cuando se recibe el anuncio del juicio como testimonio divino, uno se apresura para escapar de él. Esa es la fe. No hay otro recurso que salir al encuentro de Aquel que va a juzgar. Abigail solo tenía un temor: no encontrar a David antes de que sacara su espada. Sabía que entonces sería demasiado tarde. Pero no tenía temor en cuanto al resultado del encuentro, porque conocía el carácter de aquel a quien iba a dirigirse.

“Y cuando Abigail vio a David, se bajó prontamente del asno, y postrándose sobre su rostro delante de David, se inclinó a tierra; y se echó a sus pies, y dijo: Señor mío, sobre mí sea el pecado” (v. 23-24). Aquí Abigail se apresuró otra vez; se dio prisa a reconocer el señorío de David, sus derechos sobre ella y su propia indignidad. Se dirigió a él suplicándole, así reconoció que dependía de su buena voluntad. Además, tomando esta actitud, ella, la mujer de fe, se reconocía culpable y tomaba sobre sí todas las consecuencias de su asociación con Nabal. No llegó para defender su inocencia, aunque no había tenido conocimiento de lo ocurrido (v. 25). Delante de David solo reconoció ser culpable y se apresuró a proclamarlo, porque conocía la gracia de David.

Hacia el final del capítulo se apresuró una vez más (v. 42), cuando David la llamó para que fuera su compañera en sus sufrimientos (véase cap. 27:3), y más tarde para compartir su reinado. “Entonces envió David a tratar con Abigail de tomársela por mujer… Abigail… diose prisa… y fue tras los mensajeros de David, y fue su mujer” (v. 39-42, V. M.). Nada de dilación; se dio prisa para ir al encuentro de aquel que la amaba, del rey de gracia; no aplazó su salida para tiempos mejores, cuando el trono de David se hubiera consolidado. Lo abandonó todo, sin pensar un momento en lo que dejaba atrás. E incluso se declaró indigna de tal honor, pues la posición más humilde le correspondía. Por otra parte, tal destino no podía enorgullecerla, pues comprendía que si el favor del rey la llamaba a compartir sus sufrimientos para luego elevarla al primer lugar, el servicio del rey debía rebajarla al último. 

He aquí tu sierva, que será una sierva para lavar los pies de los siervos de mi señor. 

¡Qué humildad en esta esposa del rey! Solo la comunión con la gracia, con Jesús, nos hace capaces de humillarnos así hasta el polvo. Pero precisamente porque Abigail se humilla, el rey crece en dignidad y en majestad, y eso es lo que el corazón de la esposa desea.

No olvidemos pues, queridos lectores cristianos, que uno de los caracteres de la fe es el de darse prisa. Abraham se daba prisa cuando se trataba de servir a Dios (Génesis 18:6-8); Zaqueo se dio prisa cuando el Salvador lo invitó a recibirle en su casa (Lucas 19:6); María se levantó de prisa cuando el Señor la llamó (Juan 11:29). Cuando se trata del Señor y de su persona, ¿alguna vez podríamos darnos suficiente prisa? Pero, por otra parte, debemos guardarnos de la prisa que tan a menudo caracteriza a la carne y al viejo hombre. “Sus pies corren hacia el mal, y van presurosos a derramar sangre” (Proverbios 1:16; 6:18). “No entres apresuradamente en pleito” (Proverbios 25:8), ni “a enriquecerse” (Proverbios 28:20, 22). En cuanto se trate de nosotros mismos, no hagamos como el mundo del cual se habla aquí, porque también está escrito: “El que creyere, no se apresure” (Isaías 28:16; Romanos 9:33).

Abigail es admirable por su apreciación de David. En ella uno encuentra todo, desde el sentimiento de la dignidad de su señor, que la lleva a postrarse ante él, hasta el encanto que produce la belleza de su carácter. “Mi señor pelea las batallas de Jehová, y mal no se ha hallado en ti en tus días” (v. 28). ¿Cómo no sería atraído su corazón por la vista de la perfección en un hombre? Sin embargo David, tipo de Cristo, en sí mismo no era más que un hombre imperfecto. Jesús nunca estuvo en peligro de hacerse justicia a sí mismo. Solo la gracia de Dios guardó a David de vengarse, cuando ya había decidido no dejar sobrevivir a ninguno de sus enemigos. Abigail fue el instrumento empleado por Dios para hacerle volver sobre su decisión y ayudarle a no perder el carácter de gracia que convenía al ungido del Señor.

Todo lo que Abigail dijo era el fruto de su comunión con los pensamientos de Dios. No era profecía, pero ella sabía lo que sucedería con David, porque sabía lo que Dios pensaba de él. “La vida de mi señor será ligada en el haz de los que viven delante de Jehová tu Dios, y él arrojará la vida de tus enemigos como de en medio de la palma de una honda” (v. 29), y el Señor te establecerá “por príncipe sobre Israel” (v. 30). Para Abigail, Saúl, el rey de Israel, no era más que “alguien que se ha levantado para perseguirte y atentar contra tu vida” (v. 29). En su antagonismo contra el hijo de Isaí, Saúl no merecía ni siquiera la mención de su nombre.

Se ve bien que el discurso de Abigail no fue inspirado por el temor de lo que podría suceder a su casa, sino que ella estaba indignada por el mal que alguien se atrevía a desear para semejante hombre; ella deseaba que su carácter no fuera deshonrado; admiraba sin reserva al futuro rey de Israel.

Por eso David la bendijo. Se acordaría de ella según su petición. El “acuérdate de tu sierva” encontró un oído tan atento como, más tarde, el “acuérdate de mí” del ladrón arrepentido. La devolvió a su casa con esa paz que Nabal no había querido, y con la seguridad de su favor (v. 6, 35). Allí ella esperaría con paciencia el mensaje del muy amado llamándola.

Mientras tanto el juicio alcanzó a Nabal. “He aquí que él tenía banquete en su casa como banquete de rey”. ¡Así es el ser humano! Tomando el lugar de David, Nabal solo pensó en darse gusto. Se emborrachó, y no pudo enterarse de lo que había sucedido. Pero su destino estaba fijado. Cuando Abigail le refirió las cosas, “murió su corazón dentro de él, y él se volvió como una piedra. Y sucedió que, como a diez dias, Jehová hirió a Nabal de manera que murió” (v. 37-38, V. M.).

La suerte de los hombres depende de esta alternativa: que desprecien a Cristo hoy durante su rechazamiento, o que lo estimen como Dios lo estima y se dirijan a su gracia, la única que puede acogerles con favor.

Capítulo 26

Los zifeos reaparecieron con sus ofertas de traición. Sin preocuparse por la injusticia del rey, ni por la gracia desplegada por David a su respecto, se volvieron hacia aquel de quien esperaban obtener ventajas o cuyo desagrado podría perjudicarles. Semejante desprecio a la persona y al carácter de David es tal vez más espantoso que la violencia grosera de Nabal. Los zifeos son una fiel imagen del mundo cristiano de hoy. Acoge a Cristo en apariencia y lo traiciona en realidad. Las ventajas que codicia, Jesús no se las puede dar; entonces se vuelve hacia el enemigo para obtenerlas, negando aun “al Señor que los rescató” (2 Pedro 2:1).

Saúl había olvidado todo: la gracia que lo perdonó en la cueva de En-gadi, sus propias palabras de arrepentimiento, el juramento generoso que David le hizo de perdonar a su descendencia. Su odio renació; una propuesta de los zifeos bastó para avivar el fuego que ardía en su interior. La enemistad contra Cristo puede estar latente dentro del hombre natural; la ocasión la reanima; se ve entonces que nada ha cambiado en el corazón del pecador, y que es, como siempre, desesperadamente malo.

David envió espías y fue informado de todo, mientras Saúl todavía lo buscaba. Para los creyentes llega un tiempo cuando cierta confianza frente a sus enemigos ya no tiene razón de ser, cuando debemos ponernos sobre aviso y no revelarles nuestros secretos, los cuales utilizarían como armas contra nosotros. No ignoramos sus propósitos, y si la Palabra recomienda que seamos sencillos como palomas, al mismo tiempo nos exhorta a ser prudentes como serpientes. Esto era lo que caracterizaba a David aquí, y lo que caracterizaba al Señor mismo cuando se le preguntaba si era necesario pagar tributo a César.

Pero cuando se trató de confiar en Dios, toda la prudencia de David desapareció. Se adelantó osadamente –el mundo diría temerariamente–, solo con Abisai, en medio de tres mil adversarios, y fue sin temor a buscar a su enemigo. La fe que se enfrenta a las dificultades crece con ellas. El collado de Haquila, a donde David fue al encuentro de Saúl, fue testigo de una fe más grande que la cueva de En-gadi donde Saúl, por descuido, cayó en las manos de David. Pero por diferentes que sean las circunstancias en las cuales la fe se compromete, los principios que la dirigen son invariables. Saúl, aunque estaba en vísperas del juicio, seguía siendo para David el “ungido de Jehová” mientras Dios no diera la última señal. Obrar hacia él de otra manera fuera de la gracia, hubiera sido para David renegar tanto más gravemente de su carácter, el cual había recibido la aprobación de Dios en la cueva de En-gadi. Abisai, el compañero de David, aquí le tendió una trampa sin darse cuenta, y probablemente incluso por causa del afecto que tenía hacia su señor. Sabiendo que David no se vengaría por sí mismo, Abisai se ofreció a hacerlo (v. 8). Si esto hubiera tenido lugar, el carácter de gracia del rey rechazado hubiera sido comprometido enteramente otra vez. Este es uno de los principales propósitos de Satanás con respecto a los creyentes. Si puede inducirnos a tomar nuestros propios intereses en nuestras manos, a vengarnos por nosotros mismos, a reivindicar nuestros derechos en este mundo, nos hace declinar de la fe, ya que, al tiempo que nos vamos asemejando al mundo, abandonamos nuestra confianza en Dios. David había corrido este peligro al abandonar dicho principio en el asunto de Nabal, pero había aprendido su lección; Dios lo había fortalecido, y su corazón no estaba turbado como en los “peñascos de las cabras monteses” (cap. 24:2, 5). “No le mates”, dijo David a Abisai, “porque ¿quién extenderá su mano contra el ungido de Jehová, y será inocente?” (v. 9). Este principio invariable le siguió hasta la muerte de Saúl, cuando ordenó matar al pretendido asesino del rey: “¿Cómo no tuviste temor de extender tu mano para matar al ungido de Jehová?” (2 Samuel 1:14). Así, hasta su último respiro, Saúl permanecería inviolable para David, como el “ungido de Jehová”.

A menudo fallamos donde David triunfó. Ante la injusticia persistente de los hombres, después de haber mostrado gracia una o dos veces, creemos que ya es suficiente, y que tenemos derecho a resistir y protestar contra la iniquidad. Si estamos con Dios, muy pronto aprenderemos que protestando nos salimos de su camino; y si obramos de otra manera, rápidamente Satanás nos hace su presa.

El profundo sueño enviado por Dios sobre Saúl y sobre todo el campamento podía despertar el pensamiento de aprovechar semejante momento. Pero eso no ocurrió en absoluto. Dios había enviado este sueño para preservar a su muy amado y no para darle la ocasión de vengarse, para salvarle en vista de la obra de gracia que le llamaba a cumplir hacia Saúl. La gracia estaba reservada para David, y el juicio para Dios. David tomó una prenda, tal como lo había hecho en la cueva. La lanza y la vasija de agua eran dos testigos mediante los cuales David demostraba lo que había sucedido. El arma que más de una vez Saúl había querido emplear contra David, se hallaba ahora en las manos este. ¿Haría uso de ella contra el “ungido de Jehová”, así como en tiempos pasados se había servido de la espada de Goliat contra este enemigo de Israel? De ninguna manera. Le bastó a David quitar a Saúl lo que este había utilizado con miras a destruirle, mostrando al rey que él conocía bien sus armas y que estas eran impotentes contra él.

Luego David se alejó de Saúl dormido y se puso “a lo lejos, habiendo gran distancia entre ellos” (v. 13). Obrar de otra manera hubiera sido una confianza ciega en el hombre. En ciertos momentos es preciso que el mundo vea la distancia que lo separa de los hijos de Dios. Si estos no se alejan de él, con frecuencia lo mantienen en una falsa ilusión acerca de su estado.

Dirigiéndose a Abner (v. 14-16), no sin ironía, David le mostró que tenía más interés y solicitud para con el rey, que los que pretendían sostenerlo, ayudarlo o defenderlo.

Entonces (v. 17-20) Saúl se vio obligado a responder a aquel a quien perseguía como a una perdiz por los montes. “¿Por qué?”. “¿Qué he hecho?”, clamó David. Sin embargo, estas preguntas no obtuvieron respuesta. Ante ellas toda boca será cerrada para siempre. Si era el Señor quien había incitado a Saúl contra David, ¿por qué libraba a David de su mano? Si eran los hombres, que fueran malditos, pues habían echado a David de su heredad y lo comparaban a él, el ungido del Señor, con los idólatras, como más tarde compararían a Jesús con los demonios. Este pecado no les sería perdonado.

Pero todo lo que David pidió fue que su sangre no cayera en tierra lejos de Jehová (v. 20), que él pudiera servir al Señor, y que Este aprobara su muerte, en el lugar mismo del cual el rey de Israel procuraba echarle. Como Jesús más tarde, era necesario que David sufriese en Judá; por eso Dios le envió allí a través del profeta Gad (cap. 22:5), y si debía morir para glorificar al Señor, era allí donde debía morir.

Saúl dijo: “He pecado… ningún mal te haré más… yo he hecho neciamente, y he errado en gran manera” (v. 21). ¡Cuántas veces había dicho o reconocido lo mismo! Pero, ¿había cambiado en algo sus caminos? A menudo nos dejamos engañar por las apariencias cuando se trata de apreciar el estado de las almas. David no se equivocó en ello. Solo confió en Dios, y de ninguna manera en los sentimientos de Saúl. Le devolvió sus armas, sabiendo que Saúl no podía hacer nada sin la voluntad de Dios. La vida del rey había sido preciosa para David, pero él no contaba con que su vida fuera preciosa para Saúl. “Y he aquí, como tu vida ha sido estimada preciosa hoy a mis ojos, así sea mi vida a los ojos de Jehová” (v. 24). Él contaba con Dios. La vida de David, comparado a una pulga, a una perdiz en los montes, era de gran precio a los ojos de Aquel que le había escogido, llamado y guardado como a la niña de sus ojos. Dios se glorifica así en los débiles y en los pequeños.

¿Qué le importaba la bendición de Saúl? Aquel que había dicho a los zifeos: “Benditos seáis vosotros de Jehová”, podía decir a David: “Bendito eres tú, hijo mío David”. Aquel que había dicho a Jonatán: “Has elegido al hijo de Isaí para confusión tuya” (cap. 20:30), bien podía decir: “Sin duda emprenderás tú cosas grandes, y prevalecerás” (v. 25). ¿Saúl también está entre los profetas? Nada de eso tenía valor ante los ojos de David, como tampoco ante los ojos de Dios. David se contentaba con la aprobación y las promesas de su Dios, y eso le bastaba perfectamente.

Capítulo 27

“Dijo luego David en su corazón: Al fin seré muerto algún día por la mano de Saúl; nada, por tanto, me será mejor que fugarme a la tierra de los filisteos, para que Saúl no se ocupe de mí, y no me ande buscando más por todo el territorio de Israel; y así escaparé de su mano” (v. 1).

¿No es asombroso ver esta debilidad de David, después de tantas señales ostensibles de la protección divina? Ayer aún decía, lleno de seguridad: Sea preciosa “mi vida a los ojos de Jehová, y me libre de toda aflicción” (cap. 26:24). Hoy ha perdido el ánimo y dice: “Seré muerto algún día por la mano de Saúl”. A menudo debemos experimentar que una gran victoria es seguida de un gran abatimiento. Cuando Dios estaba con nosotros, ¿no nos atribuíamos alguna cosa a nosotros mismos? Cuando David decía a Saúl: “Jehová pague a cada uno su justicia y su lealtad” (cap. 26:23), solo Dios sabe si no había alguna satisfacción de sí mismo en estas palabras. Entonces Dios nos deja a nosotros mismos (no digo que nos abandona), para mostrarnos que no podemos tener ninguna confianza en la carne. Así aprendemos a sondear la división del “alma” y del “espíritu”, tan sutil que, en la batalla de la fe, a menudo no nos damos cuenta de la mezcla; y que el oro afinado, o que parece afinado, todavía necesita el crisol para ser liberado de toda aleación. Esto explica muchas de las fallas en los creyentes, en el momento en que su fe acaba de brillar con gran resplandor.

Elías es un ejemplo notable de ello (1 Reyes 19). A su petición, el cielo se había cerrado, Elías había escapado de la ira de Acab, había hecho milagros, había vencido a los sacerdotes de Baal, había hecho frente a todo un pueblo; pero luego vemos al gran profeta de Israel temblando y huyendo delante de una mujer. Recordemos que el haber sido empleados por Dios no significa que nos conozcamos a nosotros mismos; precisamente el conocernos a nosotros es indispensable para que apreciemos la gracia. A menudo experimentamos el desánimo después de los tiempos de especial bendición. El enemigo aprovecha para hacernos caer cuando, armados con el poder de Dios, nos hacemos ilusiones sobre nuestras propias fuerzas, estimándonos a nosotros mismos como inatacables. Entonces un tiempo de favor y de poder especial a menudo es una ocasión para la carne. El ser introducidos en el tercer cielo no nos preserva de esto, y como veremos, la disciplina de Dios tiene el propósito de hacernos sondear todo esto y muchas otras cosas más.

¿Acaso fue Dios quien ordenó a David refugiarse en el país de los filisteos? Las experiencias en la corte de Aquis, ¿no fueron suficientes? (cap. 21:11-15). ¿Fue Dios quien le ordenó ir allí en aquel entonces? No. Dios, en aquella ocasión, por medio de Gad le había ordenado claramente que entrase en la tierra de Judá (cap. 22:5). ¿Acaso esa orden había sido revocada? ¿Y por qué no consultó al Señor, tal como lo había hecho en Keila? (cap. 23:1-13). Precipitación, desánimo, olvido de la Palabra de Dios, ayuda buscada entre los enemigos de Israel, confianza en sus propias inspiraciones, descuidando buscar la guía divina, todas estas debilidades se encuentran aquí en David.

El hermoso andar de la fe que le caracterizaba parece anulada por un solo paso en falso. Pero es bueno que nuestras almas hayan sondeado esos abismos. No podemos ser participantes de Cristo a menos que retengamos firme hasta el fin nuestra confianza del principio (Hebreos 3:14). David, huyendo a Aquis, no podía en modo alguno ser una figura de Cristo. Para Abraham no había altar en Egipto; una segunda estancia de David entre los filisteos no le inspiró ningún salmo.

Es infinitamente serio considerar que a menudo un paso en falso nos hace perder todo el beneficio de una larga vida de fe. Un día mis pies resbalaron sobre el abismo; la vida ya se había acabado para mí cuando la mano fuerte de mi guía logró retenerme, llevado ya por la pendiente. Sin él yo estaba perdido, su mano me salvó (eso es gracia), pero en un instante yo me di cuenta de la consecuencia terrible de un desvío.

Solo la gracia puede impedir nuestra caída, pero a menudo tendremos que experimentar, durante mucho tiempo, las consecuencias de un paso que no tenía la aprobación del Señor. Esta huida liberó a David de la persecución de Saúl: “Y vino a Saúl la nueva de que David había huido a Gat, y no lo buscó más” (v. 4). ¡Pero, a qué precio! Los capítulos siguientes nos lo enseñan, y este ya nos informa.

La estancia en Gat engendró la falsedad. Para no parecerles un enemigo, David no podía decir a los filisteos que él estaba de parte de Israel. Tuvo algunos éxitos contra los gesuritas, los gezritas y los amalecitas, pero declararse abiertamente su adversario sería exponerse a muchos peligros. David era huésped del filisteo quien por este hecho consideraba haberle puesto bajo servidumbre: “Será siempre mi siervo” (v. 12). Y ¿cómo se haría guerra contra su raza? David empleó palabras de doble sentido para esconder sus verdaderas simpatías (cap. 28:2). ¡Cuántas consecuencias graves trae la búsqueda de apoyo del mundo! El cristiano, sumergido por las «conveniencias sociales» a las cuales se ha sometido, pierde allí su verdadero carácter y ya no produce ninguna acción sobre las conciencias de los que le rodean. Vive con el temor de disgustar al mundo que lo protege; busca, como David, aniquilar a todos los testigos que hablarían de su hostilidad; ya no tiene buena conciencia. Aunque es hijo de Dios, sigue un camino de hipocresía.

Aquis creía a David. 

El mundo nos cree y se halaga por haber roto los lazos que nos unían al pueblo de Dios (v. 12). David, por la gracia de Dios, sería restaurado, y más tarde su conducta abrió los ojos a Aquis. Pero cuántos cristianos, enlazados en esta red, nunca desengañan al mundo; pierden su fuerza, su paz y su gozo; sacrifican su testimonio y por último abandonan la escena para ir hacia el Señor con el sentimiento de no haber sido nada para Él durante su vida… ¡Para él, quien sin embargo hizo todo por ellos!

Capítulo 28

Llegó el día –David no podía escapar de esta coyuntura– cuando los filisteos reunieron nuevamente sus ejércitos para hacer la guerra a Israel. La posición falsa de David en medio de ellos quedó puesta en evidencia. ¡Pobre David! ¿Qué hacer? ¿Cómo retroceder después de haber engañado al enemigo acerca de sus empresas y sus simpatías? Recordemos que es más fácil entrar en un mal camino que salir de él. Sin embargo Dios no abandonó a David y lo salvó a pesar del peligro de combatir contra el pueblo de Dios, pero veremos también cuán severa sería la disciplina que habría de soportar.

¿Es de extrañar que Aquis, engañado por David, contara con él? Esta prueba de confianza debería cubrir de vergüenza al hombre de Dios: “Ten entendido que has de salir conmigo a campaña, tú y tus hombres” (v. 1). Un mal proceder no solo es deplorable para nosotros mismos, sino que arrastra consigo al mal, en pos de nosotros, a aquellos a quienes somos llamados a guiar. Aquí la respuesta de David fue ambigua, como toda su conducta: “Muy bien, tú sabrás lo que hará tu siervo” (v. 2). ¡Ay! Más tarde sería demasiado clara, cuando se tratara de disculparse ante el rey y los príncipes (cap. 29:8). Aquis, engañado, respondió: “Por tanto, yo te constituiré guarda de mi persona durante toda mi vida” (v. 2). ¡He aquí, pues, al “muy amado” llamado a sostener al enemigo hereditario de Israel! Esta fue su recompensa; avanzó en dignidad. Él, el verdadero rey de Israel, llegaría a ser el guardaespaldas de Aquis. ¡Qué adelanto! ¡Qué honor! Aunque no sea nada a sus propios ojos, un cristiano es un rey a los ojos de Dios; es llamado a andar en esta dignidad. Si recibe los honores del mundo, pierde su realeza, porque se hace esclavo y solo tiene parte en los beneficios de su amo en la medida de su sumisión.

En el versículo 3, la Palabra de Dios vuelve sobre la muerte de Samuel. Como lo vimos, esta muerte dejaba desamparado a Saúl y a su pueblo. Pero la presencia de Samuel y la profesión que Saúl hacía de servir a Dios habían tenido como consecuencia un acto de purificación cumplido por Saúl mismo: 

Saúl había arrojado de la tierra a los encantadores y adivinos.

El enemigo se reunió: “Saúl… tuvo miedo, y se turbó su corazón en gran manera. Y consultó Saúl a Jehová; pero Jehová no le respondió ni por sueños, ni por Urim, ni por profetas” (v. 5-6). ¡Posición más miserable que cuando Israel seguía la hechicería y a los dioses extraños! Por lo menos estos le daban una apariencia de respuesta; ilusión, sin duda, pero que momentáneamente le levantaba el ánimo. Aquí solo reinaba el silencio. La casa barrida estaba sin estatua, sin efod y sin terafines (Oseas 3:4). ¿Qué hacer? ¿A quién consultar? ¿En quién apoyarse? ¡Qué incertidumbre había en Saúl! El juicio estaba a la puerta; ¿cómo evitarlo? ¡Ah! En estas tinieblas en las que se debatía, ¡si por lo menos un débil rayo de luz pudiera hacerle descubrir una salida! Nada más miserable que su estado. Tenía conciencia de una suerte inevitable, y en su gran angustia buscaba un medio para escapar de ella. En ese momento Saúl se dio cuenta del horror de su condición. Más valdría la muerte, pero la muerte no protege contra el juicio que avanza a paso seguro, y que Saúl sabía que era despiadado.

“Buscadme una mujer que tenga espíritu de adivinación, para que yo vaya a ella y por medio de ella pregunte” (v. 7). Sucede lo mismo con la cristiandad sin vida de nuestros días, en vísperas de ser vomitada de la boca del Señor. Evoca a los espíritus, se alimenta de ilusiones satánicas, porque en estas prácticas hay a la vez una horrible realidad y una vergonzosa ilusión. La realidad es que un demonio se pone a disposición de la pitonisa; la ilusión es que los muertos puedan ser evocados por ella. El demonio solo reviste de ellos una vana apariencia, pues Jesús tiene las llaves de la muerte y del hades, y ningún poder fuera del suyo puede abrir sus puertas. El mismo Satanás no puede evocar a los muertos. Los que no han creído y mueren, son y siguen siendo “los espíritus encarcelados”. Solo Dios podía, haciendo una excepción, permitir que Samuel saliera del lugar invisible para aparecer.

Viendo la mujer a Samuel, clamó en alta voz
(v. 12). 

No era, en absoluto, lo que ella esperaba ver por medio de sus sortilegios. El espíritu que ella conocía no estaba allí para revestirse de una forma ilusoria, como la que presenciaban sus adeptos. Aun antes de que pudiera hacer su evocación, de repente surgió ante ella un personaje que la asustó extremadamente. Ya no era una aparición; era una realidad divina, “dioses que suben de la tierra” (v. 13), un personaje sobre el cual sus encantamientos no tenían ningún efecto. Era Samuel mismo, reconocido por el rey delante del cual había andado tanto tiempo. La mujer, por su parte, reconoció no a Samuel, sino a Saúl. Solo él, el jefe de Israel, podía tener la suficiente importancia como para recibir una visión tan extraordinaria. En cuanto a Saúl, no se podía engañar respecto a la persona, y menos aún en cuanto a las palabras de Samuel. Dios, quien ya no respondía por los profetas, respondió una última vez desde ultratumba por medio de Samuel, pero únicamente para ratificar el juicio ya pronunciado.

Saúl expuso su miseria, su abandono, su aislamiento, la angustia de su alma (v. 15). Pero ya era demasiado tarde; la medida estaba llena; Dios no se había olvidado de nada, y se había convertido en enemigo de Saúl (v. 16), quien ahora tenía en contra suya a Dios y a los filisteos. ¿Por qué? Porque Saúl no había obedecido “a la voz Jehová”, ni había cumplido “el ardor de su ira contra Amalec” (v. 18). Luego, además de no haber guardado “la palabra de Jehová… consultó a una adivina, y no consultó a Jehová” (1 Crónicas 10:13-14). La desobediencia y la independencia caracterizan al hombre sin Dios, y a pesar de todas las apariencias, Saúl era de estos. Debido a estas cosas, la muerte de Saúl y de sus hijos estaba decretada, así como la derrota de Israel (v. 19).

Pero otra decisión fue anunciada a Saúl, y esto por tercera vez: 

Pues Jehová ha quitado el reino de tu mano, y lo ha dado a tu compañero, David
(v. 17). 

Esto ya lo había oído dos veces por boca de Samuel (cap. 13:14; 15:28), pero el nombre de David aún no había sido pronunciado. Ahora oyó de la boca de Dios lo que su odio había adivinado desde hacía mucho tiempo (cap. 24:20), a saber, que su “compañero” era ese David despreciado, odiado, rechazado, perseguido por él, y que este David era el elegido, el ungido, el muy amado, quien tendría el sitio de honor y a quien pertenecía la realeza. Todo lo que Saúl había temido se levantaba ahora contra él. No más piedad, ni perdón. David, el mismo rey de gracia, que tantas veces lo había perdonado, consolado, que sin cansarse le había devuelto bien por el mal, en adelante ya no podía mostrarse a él sino como juez.

“Entonces Saúl cayó en tierra cuán grande era, y tuvo gran temor por las palabras de Samuel” (v. 20). Solo cuando el hombre se encuentra ante su suerte inevitable, aprecia realmente todo el alcance de ella. Hasta entonces, siempre hay lugar para alguna ilusión que nos esconde el horror de nuestro porvenir. El rey no tenía fuerza alguna; se moría de hambre y no quería comer; por fin aceptó algún socorro material de la mano de una reprobada como él (v. 20-25).

¡Qué cuadro más solemne del fin del hombre y del rey según la carne! Todos los principios de su actividad son recordados delante de él y pesados en la balanza del santuario. Ellos no eran sino desobediencia, independencia, enemistad contra Dios y contra su ungido. Nada, absolutamente nada de lo que gobernó a Saúl subsistía ante Dios. Todos sus motivos, todos sus caminos, vinieron a ser otros tantos objetos de juicio.

Capítulo 29

Los ejércitos de los filisteos y de Israel llegaron cada uno a su lugar de reunión. “David y sus hombres iban en la retaguardia con Aquis”, porque se habían convertido en sus guardaespaldas, según la promesa del rey. Los jefes de los filisteos desconfiaban: “¿Qué hacen aquí estos hebreos?”. Esto siempre sucede cuando el creyente se coloca en una falsa posición buscando la protección del mundo. No puede ganar su confianza, a menos que quizás el mundo se fíe de él, como Aquis, porque se ha puesto en una posición desagradable respecto al pueblo de Dios y se ha prestado a la servidumbre. Sin embargo Aquis, es preciso reiterarlo, aún tenía otros motivos de confianza, y no podemos dejar de reconocer cierta nobleza natural en él, ganada por la aparente (aunque no a los ojos de Dios) rectitud del carácter de David. Aquis lo defendió frente a los príncipes: 

No he hallado falta en él desde el día que se pasó a mí hasta hoy
(v. 3). 

Y le dio testimonio: “Vive Jehová, que tú has sido recto, y que me ha parecido bien tu salida y tu entrada en el campamento conmigo, y que ninguna cosa mala he hallado en ti desde el día que viniste a mí hasta hoy” (v. 6). Testimonio de los más favorables, pero basado en el hecho de que “David, el siervo de Saúl rey de Israel” (v. 3) se había convertido en siervo de Aquis, y seguiría siéndolo.

¿Acaso David tenía conciencia de haber merecido estas alabanzas? ¿Su corazón estaba realmente a sus anchas ante la alta opinión del rey incircunciso, que se mostraba más noble y más honrado que el ungido de Jehová? ¿Podía él recibir esta alabanza, como la había recibido de Abigail? (cap. 25:28).

Sea lo que fuere, la confianza de Aquis no logró vencer la desconfianza de los príncipes, pues era precisamente el carácter de fidelidad de David lo que podía hacerle volver a su antiguo señor. No hacía mucho tiempo había herido a sus diez miles filisteos, de acuerdo con Saúl, quien había herido a sus miles. ¿Por qué pelearía hoy por Aquis, más bien que por Saúl? La falta de una posición clara frente al mundo no puede dejar de producir tales conclusiones. Nuestra misma fidelidad pasada se vuelve contra nosotros. Aquis se vio obligado a tener en cuenta la opinión de los príncipes, política que un creyente fiel desconoce, puesto que el pensamiento, la opinión, la voluntad de Dios le dirige. Pero Dios se sirvió de la desconfianza de los hombres para salvar a su muy amado de una caída mucho más seria que cuando subía contra Nabal para vengarse a sí mismo. “Vuélvete, pues”, dijo Aquis, “y vete en paz, para no desagradar a los príncipes de los filisteos” (v. 7).

Ante esta animosidad –y este es uno de los puntos más humillantes de su historia–, David renegó de su fe y de su carácter: “¿Qué he hecho? ¿Qué has hallado en tu siervo desde el día que estoy contigo hasta hoy, para que yo no vaya y pelee contra los enemigos de mi señor el rey?” (v. 8). ¿Qué he hecho? David pudo cuestionar así justamente a Jonatán (cap. 20:1) y al mismo Saúl (cap. 26:18), pero no podía decirlo a Aquis con buena conciencia. No conociendo nada de las empresas secretas de David contra los enemigos de Israel, el rey de los filisteos no podía hallarle en falta. ¡Pero aquí David pedía combatir contra su propio pueblo, su pueblo al que llamó “los enemigos de mi señor el rey”!

Aquis reconoció aún más expresamente la pureza de las intenciones de David: “Yo sé que tú eres bueno ante mis ojos, como un ángel de Dios” (v. 9). No obstante, como conclusión, debió marcharse. “Marchad”, le dijo (v. 10). En resumen, al pesarlas en la misma balanza, la opinión del mundo que le rodeaba tenía más peso para Aquis que la supuesta integridad de David.

Todo esto nos muestra el abismo que separa a la familia de Dios del mundo, ya que, aun frente a un hijo de Dios infiel a su vocación, el mundo desconfía y rechaza su cooperación. Esta es la justicia. Dios nos hace sentir –y es una gracia de su parte– que en esta posición carecemos de todo: de la aprobación de Dios y del favor del mundo.

David se devolvió. ¡Qué mano protectora le tendió el Señor, contra su voluntad, en el momento más crítico de su vida hasta entonces! Dios no lo había abandonado ni un instante. ¡Qué gracia! Pero, ¿qué sucedió con la feliz comunión del corazón con Dios, la cual se expresaba en los cantos del dulce salmista de Israel?

Capítulo 30

Un andar según los pensamientos de su corazón natural había privado a David de la comunión con Dios. En el camino que seguía no podía recibir, como Enoc, “testimonio de haber agradado a Dios”. Dejado a sí mismo, él, uno de los excelentes de la tierra, había estado en peligro de naufragar en cuanto a la fe, como cualquier otro, y de abrazar la causa de los peores enemigos de su pueblo. Su jefe reconocía en él un carácter íntegro e irreprochable, pero esto era un peligro más para su alma. En medio de estos escollos, cuando abandonado a sus propias fuerzas ciertamente se habría hundido, Dios, al no poderle guiar con su ojo, había tenido que sujetarle “con cabestro y con freno” (Salmo 32:9), es decir, utilizar un concurso de circunstancias contrarias a la voluntad de su siervo, para guardarle de una caída irremediable.

En este capítulo vemos cómo Dios restauró a David empleando la disciplina que su falta de santidad había hecho necesaria. Pero allí, en plena disciplina, Dios –algo infinitamente precioso– pudo estar con él. Dios, ausente en el día del favor de Aquis, está presente ahora en medio del desastre. David fue herido en lo más preciado que tenía, y esto le causó gran tristeza, pero el fruto apacible de justicia se produjo. ¿Cómo lamentar, pues, que la mano de Dios se haya agravado sobre su siervo? El carácter de este hombre de Dios, formado por la disciplina, es de gran belleza y está lleno de enseñanza para nuestras almas.

Durante la ausencia de David, Amalec, sin duda para vengarse (véase cap. 27:8), se había adueñado de Siclag, ciudad de David (cap. 27:6), y después de haberla incendiado, se había llevado cautivos a todos los habitantes, con el botín, pero “a nadie habían dado muerte”. ¡Qué gracia de Dios! En este cruel asalto de un enemigo sin piedad, la vida de todos los cautivos había sido perdonada. Así era como Dios juzgaba a su siervo con cordura y con un juicio que tenía como propósito su restauración. Sin embargo, la disciplina debía ser sentida profundamente para llevar sus frutos: “Entonces David y la gente que con él estaba alzaron su voz y lloraron, hasta que les faltaron las fuerzas para llorar” (v. 4). Los seres más queridos de David estaban entre los cautivos: la noble Abigail, asociada por la fe a la vida errante y a los sufrimientos de su esposo, inocente de su conducta en la corte de Aquis, había sido llevada en cautiverio. Y para que la copa de amargura desbordara, los compañeros a quienes David había dirigido hasta aquí, llenos de amargura a causa de sus hijos e hijas, lo hicieron responsable de esta calamidad, se volvieron contra él y hablaban de apedrearlo (v. 6).

Pero para el hombre de Dios la disciplina fue una medicina amarga que fortaleció el alma en vez de debilitarla. Cuando todo llegó a faltarle, David volvió a encontrar a Dios como recurso. 

David se fortaleció en Jehová su Dios
(v. 6). 

Este Dios fiel, a quien conocía, quien anteriormente le había ayudado en todas sus angustias, no había cambiado, y lo volvió a encontrar ese día, el mismo que ayer y por la eternidad.

Además David también volvió a encontrar lo que lo había caracterizado antes. “Y dijo David al sacerdote Abiatar… Yo te ruego que me acerques el efod. Y Abiatar acercó el efod a David. Y David consultó a Jehová” (v. 7-8). Así como Samuel era el hombre de oración y de intercesión, David, en el tiempo de su fuerza, era el hombre dependiente que consultaba e interrogaba al Señor. En ese momento volvió a hacerlo. Dios, quien había rehusado contestar a Saúl, respondió a David. “¿Perseguiré a estos merodeadores? ¿Los podré alcanzar? Y él le dijo: Síguelos, porque ciertamente los alcanzarás, y de cierto librarás a los cautivos” (v. 8).

Fortalecido por esta respuesta, David salió a la lucha sin vacilar. En el torrente de Besor doscientos hombres, demasiado cansados para seguir la tropa, se quedaron y fueron dejados para guardar el bagaje. Les faltaron las fuerzas; sin embargo su función era útil para David y para sus hermanos, y no se debía menospreciar. La de combatientes activos nos hace salir a la vista y nos expone mucho más al orgullo espiritual que una posición más humilde. Los compañeros de David nos lo prueban en lo que queda de este relato, al atribuirse la victoria que les había sido preparada y luego dada únicamente por Dios (v. 22).

Un esclavo egipcio, abandonado como moribundo, mostró a David la pista del enemigo. En esta circunstancia se ve la mano de Dios. Sin este pobre hombre, que moría de hambre, la expedición fracasaba miserablemente. Cuando somos fortalecidos en el Señor nuestro Dios, ¡qué poderoso e inesperado socorro nos concede! (v. 11-15).

Mientras el enemigo comía, bebía y bailaba, vino “sobre ellos destrucción repentina”. “Y libró David todo lo que los amalecitas habían tomado, y asimismo libertó David a sus dos mujeres. Y no les faltó cosa alguna, chica ni grande, así de hijos como de hijas, del robo, y de todas las cosas que les habían tomado; todo lo recuperó David”, con un gran botín (v. 18-20).

La prueba había terminado; la disciplina había llevado sus frutos; pero, por la gracia de Dios, continuó llevándolos. Observemos con qué sabiduría David restaurado se enfrentó a “los malos y perversos de entre los que habían ido con David” (v. 22), cómo los reprendió, dando al Señor todo el lugar, todo el mérito: “No hagáis eso, hermanos míos, de lo que nos ha dado Jehová, quien nos ha guardado, y ha entregado en nuestra mano a los merodeadores que vinieron contra nosotros” (v. 23).

Dios reparte los diversos servicios entre los suyos. Él es el único juez de la actividad que ellos despliegan; no mide la recompensa según el valor del don, sino según la fidelidad en la administración de lo que nos confía. He ahí por qué la parte del que cuida el bagaje es igual a la parte del que desciende a la batalla (v. 24). Este principio, establecido por David, llegó a ser “por ley y ordenanza en Israel, hasta hoy” (v. 25). Es el principio de la gracia aliada con la justicia que proclamó David restaurado; y ¿cómo extrañarse de que haya tenido consecuencias durables?

En su prosperidad (v. 26-31), David no olvidó a ninguno de los que le habían ayudado en el tiempo de su adversidad. Los colmó de regalos. Solo veo a los zifeos excluidos y sin parte alguna en su generosidad, ya que fueron los delatores que quisieron entregar al rey de Israel. La liberalidad de David dio a todos los fieles una prueba palpable de que Dios estaba con él y que era bueno aceptarle como Señor y someterse a su ley. En cambio, mientras la infidelidad con respecto a Cristo lleva un día, quizá mucho tiempo después, sus inevitables consecuencias. Por el contrario, un vaso de agua, dado a David en el desierto, es anotado en el libro de Aquel que aprecia todos nuestros actos, dependiendo de cuán útiles sean para Cristo.

Capítulo 31

Según la Palabra de Dios anunciada por Samuel (cap. 28:19), Israel cayó ante los filisteos, en el monte de Gilboa. Los tres hijos de Saúl –entre ellos Jonatán– perecieron. Saúl fue el último. Había tenido gran temormiedo cuando Samuel anunció el juicio (cap. 28:20), su corazón se había turbado en gran manera delante del campamento de los filisteos, ante los sencillos preparativos del juicio (cap. 28:5); ¡cuánto más cuando el juicio se ejecutía! “Tuvo gran temor” de los flecheros (v. 3). Así, en el momento en que el pecador se encuentra ante el juicio de Dios, toda su fuerza le abandona para dar lugar al terror. “¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo!” (Hebreos 10:31) cuando, habiendo profesado la fe, uno la ha abandonado. Saúl quería morir para escapar de esta angustia sin nombre, y no hizo más que precipitarse en una angustia muy distinta, en los tormentos del lugar invisible, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga.

“Saca tu espada, traspásame con ella, para que no vengan estos incircuncisos y me traspasen, y me escarnezcan” (v. 4). “Estos incircuncisos”: hasta en la muerte Saúl alude a su religión exterior basada en su desprecio hacia lo que no era hebreo. Y su propia circuncisión ¿acaso le podía salvar? ¿No es la circuncisión del corazón lo que Dios mira?

Saúl y su escudero se quitaron la vida para escapar de los ultrajes del enemigo. El temor de Dios les hubiera impedido hacerlo si lo hubiesen tenido ante sus ojos. Saúl no sintió el ultraje, pero pasó por él. Los filisteos decapitaron al rey, y tal vez pensaron haber tomado su venganza por la muerte de Goliat. Sus armas fueron colocadas en el templo de Astarot (v. 10), y proclamaron en apariencia la victoria de sus ídolos sobre el verdadero Dios. (Algo parecido había sucedido cuando el arca fue tomada). Israel huyó, el enemigo se apoderó de sus ciudades y se estableció en ellas. Jabes de Galaad, salvada en tiempos pasados por Saúl (cap. 11), tuvo piedad de los muertos, pero Dios permaneció mudo, como indiferente a toda esta ruina; se le podría creer vencido por el hombre.

Este libro es como el fin de todo. En él asistimos al fin del sacerdocio, al de los jueces, al de la realeza según el hombre. Todo se derrumbó; Dios no se opuso, porque eso era precisamente lo que le convenía. Todo debía caer ante David. Bastaba con que él permaneciera. Esta derrota, este juicio, esta ruina del hombre, ¡eran para Dios el alba del reinado de su Muy Amado!