1 Samuel
1 Samuel

H. Rossier - 2022

Estudio sobre 1 Samuel

Pedir en la tienda

Capítulos 4-8: Samuel, juez y profeta

Capítulos 4

Este capítulo nos presenta no solamente la ruina del sacerdocio, sino la de todo el pueblo; por eso el juicio alcanzó al uno y al otro. “Y Samuel habló a todo Israel” (v. 1). Lo que Samuel dijo, la palabra profética, tenía un carácter infalible. El juicio pronunciado por ella ciertamente tendría lugar.

“Por aquel tiempo salió Israel a encontrar en batalla a los filisteos, y acampó junto a Eben-ezer” (v. 1). Eben-ezer solo se menciona aquí para indicarnos la ubicación del campamento de Israel, pues recibió ese nombre más tarde (cap. 7:12). Ahora bien, este lugar se encontraba en Mizpa (cap. 7:6), hecho de gran importancia para apreciar el estado moral del pueblo. Gilgal en la época de Josué, y Mizpa durante el período de los jueces, eran para Israel el lugar de reunión delante de Dios. Aquí el nombre de Mizpa ya no decía nada al corazón del pueblo, ni siquiera se pronunciaba (véase Jueces 11:11; 20:1; 21:1, 5). Olvidar la presencia de Dios tuvo como consecuencia natural que el pueblo no le consultó. El resultado inmediato fue que “Israel fue vencido delante de los filisteos” (v. 2).

Sin embargo dijeron: “¿Por qué nos ha herido hoy Jehová delante de los filisteos?”. No comprendían la causa de su derrota, pues no tenían ninguna conciencia de su condición. Para reponerse del golpe recibido, trataron de asociar el arca –el trono de Dios– a su estado de ruina, como ella se había asociado con ellos al principio de su historia. No pensaron en presentarse ante Dios para oír la razón por la cual los había abandonado. Solo intentaban poner a Dios de su parte. El mismo hecho se observa hoy día. Dos naciones cristianas pelean entre sí, y las dos dicen: Dios tiene que estar de nuestra parte.

Este Dios que habitaba entre los querubines se dejó atraer por Israel, pero no como libertador, sino como juez. Lo juzgó todo: primero al sacerdocio, luego al pueblo, y por último a sus adversarios, después de que su gloria se hubo retirado de Israel.

El pueblo parecía reconocer abiertamente el poder de Dios; cuando el arca llegó, lanzó gritos tan fuertes que “la tierra tembló”. Del mismo modo, la cristiandad se sirve del nombre de Cristo para exaltarse, olvidando la iniquidad no juzgada que hay en medio de ella. La señal exterior de la presencia de Dios le basta; dice: ¡Tenemos el arca! Israel creyó que Dios no podía abandonarlo ni exponer Su gloria al oprobio. Y efectivamente Dios entregó el arca al oprobio: permitió que el mundo llegara a ser, en apariencia, su vencedor. En realidad, era el cumplimiento de la palabra de Dios a través de Samuel. Pero Dios, entregado en manos de los enemigos, era el que juzga. A Cristo le sucedió lo mismo que al arca. Aquel que fue rechazado, despreciado, a quien los hombres hicieron todo lo que quisieron, fue establecido por Dios como juez de vivos y muertos.

¿Qué sucedió con los gritos de triunfo del versículo 5? Un “estruendo de alboroto” los reemplazó. Israel fue vencido, el sacerdocio destruido, la vergüenza y la impotencia reinaron. ¡La gloria de Dios fue entregada en manos del enemigo!

Sin embargo, la piedad del pobre y culpable Elí destacó de por medio de este desastre. El fin de su carrera nos habla de algo diferente al juicio de Dios, por real y terrible que este fuese. Con el corazón juzgado, humildemente había aceptado este juicio sobre sí mismo y sobre sus hijos (cap. 3:18); ahora solo pensaba en el arca de Dios. 

Su corazón estaba temblando por causa del arca de Dios 
(v. 13).

Cuando el mensajero la mencionó, Elí cayó de su silla y murió (v. 18). No fue el juicio de su familia lo que lo mató, sino la deshonra infligida a Dios y la salida del arca de Dios de en medio de su pueblo.

¡Con qué luz consoladora brillan también los últimos momentos de la mujer de Finees! La catástrofe trajo prematuramente el término de su embarazo y causó su muerte, pero al morir llamó a su hijo Icabod: “¡Traspasada es la gloria de Israel!”. En la persona de su propio hijo ella proclamó la ruina de Israel y sus consecuencias. Los testigos del fin se reconocen en esto. La deshonra causada a Dios por nuestra infidelidad nos humilla y, en vez de tratar de remediar el estado de cosas que esta ha provocado, inclinamos la cabeza bajo el juicio, porque reconocemos la santidad de Dios.

Capítulos 5-6:13

He aquí, pues, el arca, “la gloria de Dios”, cautiva en manos de los enemigos de su pueblo; pero estos no se podrían gloriar por ello. Dios les iba a probar que no hay nada más glorioso que su gloria humillada y cautiva. Fue así como la humillación de la cruz glorificó al Hijo del Hombre, y a Dios en él (Juan 13:31).

En manos de los gentiles, Dios reivindicaría su santidad en juicio. Este juicio sería completo y caería sobre los falsos dioses, sobre los hombres y sobre el país de los filisteos.

El arca, el testimonio de Dios, que no puede asociarse con la infidelidad del pueblo, tampoco puede someterse a los ídolos. De hecho, no quiere detenerse en ninguna parte, sino allí donde a Él le complace habitar en gracia. Dios deja a Israel bajo el juicio, pero esto es, como lo veremos a continuación, para volver a él sobre una base completamente nueva: la gracia. Aún no es el “reposo”, puesto que el “arca” de su poder no entraría en el reposo hasta el reinado de Salomón, figura del reinado de Cristo.

Hemos dicho que la gloria de Dios no se puede someter a los ídolos. Coloque, en efecto, esa gloria humillada al lado de Dagón, como lo hicieron los de Asdod; el ídolo del mundo será derribado y destrozado. Pero eso no cambia nada al culto que el mundo le rinde. La gloria de Dios le molesta; prefiere sus falsos dioses mutilados, objetos de desprecio y de burla. “Los sacerdotes de Dagón y todos los que entran en el templo de Dagón no pisan el umbral de Dagón en Asdod, hasta hoy” (v. 5).

Esa misma práctica supersticiosa queda como testigo permanente de la humillación de su ídolo, y prueba también que el juicio de este no ha podido llevarlos a Dios.

La presencia del arca también atrajo, como lo hemos dicho, el juicio sobre los hombres que creían prevalecer contra Dios. Para los filisteos fue la miseria y la muerte. Cayeron sobre ellos angustias, dolores ocultos, llagas vergonzosas, resultado de la ira divina (véase Deuteronomio 28:27). 

El clamor de la ciudad subía al cielo. 

Al cielo vacío para ellos, mientras Dios se encontraba en medio de ellos sin que lo supieran, juzgándolos sobre la tierra. El resultado no fue que se volvieran a Dios, sino que lo devolvieran, esperando así deshacerse de Él. Aquí se ve, al mismo tiempo, el egoísmo que caracteriza al mundo. Con tal de que Asdod tuviera tranquilidad, ¿qué importaba el tormento de Gat? Con tal de que Gat estuviera tranquilo, ¿qué importaba el de Ecrón? No querían morir, pero eso no impidió que la muerte llegara, acompañada de una “consternación de muerte” (v. 11-12).

El consejo de los príncipes de los filisteos ante la pregunta del pueblo: “¿Qué haremos?” (v. 8), no dio ningún resultado. El pueblo interrogó entonces a los sacerdotes y adivinos (cap. 6:2). “¿Qué haremos del arca de Jehová?” ¡No sabían qué hacer con el trono de Dios, con el propiciatorio, con lo que encerraba los pensamientos de Dios! Animados por el mismo espíritu, los gadarenos rogaron al Señor que se fuera de sus contornos. Su presencia los molestaba, porque los juzgaba. El problema para los filisteos no era si debían devolver este invitado molesto, sino cómo devolverlo. No se les ocurría dirigirse a Él, pero su clero debía conocer el medio de deshacerse de Dios. Este clero, por lo menos, actuó de buena fe, a pesar de su extrema ignorancia. Al reconocer la mano de Dios en estas llagas, trató de buscar cómo se podría dar “gloria al Dios Israel”. Dijo al pueblo que no debía endurecer su corazón contra Dios, y recordó sus hazañas en Egipto; por último sugirió un medio para conocer si realmente era Dios quien les hacía este gran mal, o si la cosa era accidental. Todo esto indica que había conciencia, aunque faltaba la luz traída por la verdad revelada. Pues bien, Dios siempre tiene en cuenta la conciencia, aunque esté oscurecida, y dio una respuesta clara.

Los hombres padecían de tumores, y el país quedó devastado por los ratones (v. 5). Era un juicio completo. Siguiendo el consejo de los sacerdotes y de los adivinos, ofrecieron tumores de oro y ratones de oro como sacrificio por la culpa. ¡Por la culpa, cuando habían hecho la guerra al pueblo de Dios, cuando habían considerado a Dagón como dueño del Dios soberano Creador del cielo y de la tierra! Un sacrificio sin derramamiento de sangre, ¡cuando lo que hacía falta era una expiación por el pecado! Pero Dios tiene en cuenta el menor clamor de la conciencia y dio una respuesta clara. “Las vacas se encaminaron por el camino de Bet-semes, y seguían camino recto, andando y bramando, sin apartarse ni a derecha ni a izquierda” (v. 12). Así son los caminos de Dios, ¡siempre rectos! (Oseas 14:9).

El Dios juez volvía a acercarse en gracia a su pueblo. Este tan solo tenía que humillarse y reconocerlo.

Capítulos 6:13-7:1

Los caminos públicos de Dios pueden traer juicio, como acabamos de verlo, pero sus caminos secretos siempre actúan con gracia hacia su pueblo. El arca volvió a subir hasta Bet-semes sin que Israel hubiera sentido necesidad de ello o expresado tal deseo.

¡Qué maravillosa es el arca del Señor! Ella es primero el trono de Dios, su presencia gubernamental en medio de su pueblo. Luego se caracteriza por el propiciatorio, símbolo de la obra de Cristo, lugar de acercamiento para un pecador recibido por gracia y justificado. Por último es, en su conjunto y en sus detalles, la imagen de la persona de Cristo mismo. Así como el arca contenía las tablas de la ley, Cristo dijo:

Tu ley está en medio de mi corazón. 

Como el arca del testimonio, el Señor Jesús era, aquí en la tierra, el testimonio y la expresión de todos los pensamientos de Dios. Como en la vasija de oro que contenía el maná, en Jesús se encuentra la unión de la humanidad perfecta, del pan que descendió del cielo al desierto, con la gloria divina. Él era el propiciatorio hacia el cual se volvían los rostros de los querubines de gloria para contemplarlo, haciéndole sombra con sus alas. El arca era, pues, ante todo, la imagen de Cristo mismo, Hijo de Dios e Hijo del hombre en una sola persona.

Los de Bet-semes 

vieron el arca, y se regocijaron cuando la vieron
(v. 13). 

¿Cómo no gozarse cuando, después de haber perdido de vista sus perfecciones durante mucho tiempo, uno se encuentra nuevamente en contacto con Aquel cuya presencia trae seguridad, salvación, el sentimiento de la presencia de Dios, una belleza moral ante la cual los ángeles se postran para admirarla? Por eso, tan pronto llegó el arca, el holocausto se reanudó y los levitas volvieron a su servicio. Los príncipes de los filisteos asistieron a esta escena y se retiraron; semejante espectáculo les interesaba, pero sin que sus corazones y sus conciencias fueran alcanzados.

Pero el gozo provocado por la contemplación de la gracia no es todo. Se une al respeto y al temor, si uno tiene conciencia de hallarse en la presencia de Dios. El Dios de gracia juzga según la obra de cada uno; el Dios de gracia es santo. Eso era lo que los habitantes de Bet-semes habían olvidado. Miraron “dentro del arca de Jehová” (v. 19). Abusaron de la intimidad en la cual Dios tuvo a bien, por gracia, presentarse a ellos. Es importante notar esto. Como Jesús bajó hasta nosotros, nuestro espíritu carnal es tentado a tratarle como a un compañero de quien disponemos a nuestro antojo. Hoy día se presume de la familiaridad con Jesús, y se escriben libros para demostrar que la espiritualidad consiste en eso. Nosotros no tenemos el derecho de llamarle nuestro hermano, pero él no se avergüenza de llamarnos sus hermanos. Esto marca bien la diferencia. ¿Cuáles serían mis sentimientos si un personaje importante condesciende en asociarme a él, yo que soy un hombre humilde, y no se avergüenza de mí en público? Si comprendo esta complacencia, mis sentimientos serán de un profundo y humilde agradecimiento, de un apego, de una consagración sin límites, de un respeto infinito hacia Aquel que no teme comprometer su dignidad alzándome hasta su nivel.

Esta ausencia de respeto y de temor indujo a los de Bet-semes a mirar dentro del arca. Pocas cosas caracterizan más el tiempo presente que este espíritu profano. La gente se cree apta para distinguir tanto lo que pertenece a la naturaleza humana como lo que es propio de la naturaleza divina del Salvador, y para sondear ese misterio. Esto es mirar dentro del arca que encierra un secreto conocido solo por Dios, porque “nadie conoce al Hijo, sino el Padre”. Esto conduce fatalmente a rebajar su humanidad al nivel de la humanidad pecadora. Se discute sobre la educación de Jesús como niño, sobre las escuelas que había a su alcance para aprender las Escrituras, sobre su educación científica y sus opiniones más o menos conformes a las de su tiempo, sobre la realidad de su tentación y su capacidad para pecar, etc. Cristianos profanos, sepan que Dios hirió al pueblo de Bet-semes. Si no les preocupa la gloria del Señor, Dios cuidará de ella y no permitirá que su arca se toque impunemente. Pronto, en vez de las bendiciones de su presencia, deberán aprender, bajo el golpe de sus juicios, que él no puede tolerar a nadie que no se descalce para acercársele.

Los hombres de Bet-semes dijeron: “¿Quién podrá estar delante de Jehová el Dios santo?” (v. 20). A sus expensas conocieron esta santidad que habían menospreciado. Pero tristemente, en vez de humillarse, solo tuvieron el pensamiento, formulado antes por los filisteos, de alejar a este huésped molesto: “¿A quién subirá desde nosotros?”. Y dijeron a los habitantes de Quiriat-jearim: “Descended, pues, y llevadla a vosotros” (v. 21); así perdieron todas las bendiciones vinculadas con la presencia del Señor. Los otros sacaron provecho de ello y comprendieron que era preciso santificarse para vigilar el arca: “Los de Quiriat-jearim… santificaron a Eleazar… para que guardase el arca de Jehová” (cap. 7:1). Este depósito se conservó fielmente en los “campos del bosque” (Salmo 132:6) o, según la Versión Moderna, los “campos de Jear”. ¡Que el Señor nos conceda ser fieles guardianes del arca de nuestro Dios!

Capítulos 7

A Dios le complacía que su arca volviera por gracia a estar en medio de Israel, pero era necesario que el estado moral de este se pusiera de acuerdo con tal favor. “Desde el día que llegó el arca a Quiriat-jearim pasaron muchos días, veinte años”. El arca estaba, pues, en el territorio de Israel, en un lugar santificado, sin que las comunicaciones entre Dios y su pueblo fuesen restablecidas. Veinte años transcurrieron en esta espera, mientras el juicio solo había durado siete meses (cap. 6:1). El estado que debía restablecer la comunión del pueblo con Dios solo se podía producir por medio del arrepentimiento. Pero este arrepentimiento, ¿cuánto tiempo necesitaba para manifestarse? Los dioses ajenos y Astarot todavía moraban en medio de Israel, mientras el arca permanecía en Quiriat-jearim. Esta arca, ¿podía asociarse a los ídolos en Israel, si no lo había hecho entre los filisteos? Se necesitó treinta y cuatro veces el tiempo que duró el juicio para llevar al pueblo a rechazar un mal tan grosero. La gracia debe ser correspondida por un trabajo de conciencia, como lo vemos en la historia del hijo pródigo. A menudo se ha observado que un creyente precisa un tiempo mucho más largo para ser restaurado que para abandonarse al mal.

Israel comenzó a lamentarse “en pos de Jehová” (v. 2); esto ya era una buena señal. Algo le faltaba; la presencia de Dios había llegado a serle necesaria: primer síntoma de una obra de Dios en el alma del pueblo. Dios habló a través de Samuel (v. 3) para llamar al pueblo al arrepentimiento: “Habló Samuel a toda la casa de Israel”. Siempre es la Palabra de Dios la que nos muestra nuestro estado; sin ella ninguna obra real del Espíritu tiene lugar en el corazón.

Si de todo vuestro corazón os volvéis a Jehová, quitad los dioses ajenos y a Astarot de entre vosotros, y preparad vuestro corazón a Jehová, y solo a él servid, y os librará de la mano de los filisteos
(v. 3). 

En el retorno del creyente al Señor, al igual que sucedió cuando se convirtió a Dios, el alma empieza por separarse de los ídolos o del mal: “Os convertisteis de los ídolos a Dios”, se dice a los tesalonicenses (1 Tesalonicenses 1); luego ama al Señor y desea servirle: “para servir al Dios vivo y verdadero”. El resultado es la liberación; Dios ya no se ve obligado a disciplinar al creyente.

En esta obra es particularmente notable y bendecida la actividad de Samuel, este fiel siervo de Dios. Después de haber hablado al pueblo, añadió (v. 5): “Reunid a todo Israel en Mizpa, y yo oraré por vosotros a Jehová”. Congregar al pueblo de Dios es la función de todo siervo de Dios que comprende su ministerio. Pero Samuel, además, era intercesor; la oración, fruto de su intimidad con Dios, lo caracterizaba. De él se ha dicho: “Moisés y Aarón entre sus sacerdotes, y Samuel entre los que invocaron su nombre; invocaban a Jehová, y él les respondía” (Salmo 99:6).

Era preciso congregar a Israel en Mizpa. Así como Gilgal era el lugar de congregación en la época de Josué, el lugar de la circuncisión, del juicio de la carne para obtener la victoria, Mizpa fue el lugar habitual de congregación durante el periodo de los jueces, después de que el ángel subió de Gilgal a Boquim, lugar de los lloros, donde la ruina definitiva quedó demostrada. Mizpa es el lugar del arrepentimiento, sin el cual tampoco hay victoria. En Mizpa (cap. 4:1), en tiempos de Elí, Israel solo había encontrado la derrota, puesto que iba allá sin un trabajo de conciencia que pudiese levantarle. Debemos recordar que Mizpa, en la ruina, es tan precioso como Gilgal, aunque mucho más humillante; allí se aprende nuevamente a no poner la confianza en nada que sea humano, sino únicamente en la fuerza de Dios.

“Se reunieron en Mizpa, y sacaron agua, y la derramaron delante de Jehová, y ayunaron aquel día, y dijeron allí: Contra Jehová hemos pecado”. Estas cosas sucedieron como consecuencia de lo relatado en el versículo 4: “Los hijos de Israel quitaron a los baales y a Astarot, y sirvieron solo a Jehová”. Los frutos del arrepentimiento son distintos de los de la conversión; aquí tenemos tres de ellos: el agua derramada, es decir, la aflicción unida al sentimiento de su irremediable debilidad delante de Dios (2 Samuel 14:14; Salmo 22:14); el ayuno, porque en el luto no se alimenta a la carne; finalmente, una verdadera confesión del mal: “Contra Jehová hemos pecado”.

Estos frutos son el resultado de la intercesión de Samuel por el pueblo. Lo mismo valió para el apóstol Pedro en el momento de su caída: “Yo he rogado por ti”, le dijo Jesús. Sobre esta base el pueblo pudo ser restaurado: “Juzgó Samuel a los hijos de Israel en Mizpa”.

“Cuando oyeron los filisteos que los hijos de Israel estaban reunidos en Mizpa, subieron los príncipes de los filisteos contra Israel” (v. 7). La congregación del pueblo de Dios no convenía al enemigo. Sin duda este ignoraba completamente el trabajo de conciencia que la había producido, y no veía en esta reunión más que el peligro de una fuerza opuesta a la suya y cuyo desarrollo tenía que impedir a toda costa. “Al oír esto los hijos de Israel, tuvieron temor de los filisteos”. En el capítulo 4:7, cuando su conciencia aún no había sido alcanzada, Israel no tenía ningún miedo, y eran los filisteos quienes estaban llenos de temor. Aquí, habiendo experimentado su debilidad, el pueblo se asustó, porque aún no tenía la seguridad de que Dios esté por él. En cierto sentido, este temor era miserable, pero da gusto comprobarlo en el camino de la restauración. Sin duda era mejor que los “gritos de gran júbilo” lanzados anteriormente por Israel y que hacían temblar la tierra (cap. 4:5).

Entonces dijeron los hijos de Israel a Samuel: No ceses de clamar por nosotros a Jehová nuestro Dios, para que nos guarde de la mano de los filisteos
(v. 8). 

Se dieron cuenta de que su futuro, su salvación, dependía de la intercesión de Samuel. Entonces Samuel, su mediador, “tomó un cordero de leche y lo sacrificó entero en holocausto a Jehová”, ya que su oficio solo podía ser eficaz en virtud de la aceptación del sacrificio. Sobre esta base él podía ser el abogado del pueblo de Dios. Nosotros también tenemos un Abogado para con el Padre, y “él es la propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 2:1-2). 

Clamó Samuel a Jehová por Israel, y Jehová le oyó
(v. 9). 

Dios escuchó la petición de Samuel, la cual tenía como punto de partida el holocausto. Dios es por nosotros y nos concede todas las cosas, el que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por nosotros. En los versículos 10-11 Dios hirió e hizo huir a los enemigos de su pueblo, el cual solo tuvo que perseguir a un adversario vencido. Si es verdad que todo el socorro viene de Dios, la victoria no podría ser completa sin el despliegue de la energía de la fe.

Samuel confirmó esta intervención divina. Tomó “una piedra y la puso entre Mizpa y Sen, y le puso por nombre Eben-ezer (piedra de socorro), diciendo: Hasta aquí nos ayudó Jehová” (v. 12). Eben-ezer, mencionado ya en el capítulo 4:1, solo recibió su nombre después de esta victoria. “Hasta aquí”: puesta esta base, el enemigo ya no trató de levantar la cabeza (v. 13). La restauración, al menos por el momento, fue completa.

Hemos visto a Samuel como profeta, sacerdote, intercesor y juez: caracteres preciosos de este hombre de Dios. Su actividad para el Señor y para su pueblo no disminuyó: “Juzgó Samuel a Israel todo el tiempo que vivió. Y todos los años iba y daba vuelta a Bet-el, a Gilgal y a Mizpa (lugares cuyos nombres caracterizaban su actividad según Dios), y juzgaba a Israel en todos estos lugares”. Incluso en Ramá, donde estaba su casa, no se ocupaba más que del bienestar del pueblo de Dios. La Palabra añade: “Y edificó allí un altar a Jehová” (v. 17). Adorar a Dios había sido la primera expresión de su servicio (cap. 1:28); el altar del adorador fue la última. Esta vida de fe está bien enmarcada entre estos dos actos.

Capítulos 8

“Aconteció que habiendo Samuel envejecido, puso a sus hijos por jueces sobre Israel… Pero no anduvieron los hijos por los caminos de su padre, antes se volvieron tras la avaricia, dejándose sobornar y pervirtiendo el derecho” (v. 1-3). La historia de los jueces, como la del sacerdocio, termina en una completa ruina. Samuel mismo careció aquí de discernimiento espiritual. Estableció a sus hijos sin ninguna dirección de Dios, como si la función que Dios le había confiado pudiera ser transmitida a otros. ¡Pero no hay transmisión de dones, ni aun de cargos por sucesión!

Los ancianos de Israel (v. 4) desaprobaron, con razón, la conducta de los hijos de Samuel, pero se valieron de esta circunstancia para pedir un rey: “Constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones” (v. 5). El mal del cual se quejaban no los condujo hacia Dios, sino hacia las naciones; buscaron un socorro humano para remediar la ruina del hombre, creyendo escapar así de su propia miseria… ¡siendo el pueblo de Dios!

Desear un rey era en el fondo abandonar a Dios y rechazar su gobierno inmediato por medio de los jueces, pero el pecado capital era pedir un rey como las naciones. El propósito de Dios, ¿no era darles uno conforme a su corazón, un ungido que él mismo les hubiera escogido? (cap. 2:35; 13:14). Querer un rey como todas las naciones era abandonar su título de pueblo de Dios e igualarse al mundo, cuando debido a su infidelidad un sistema establecido por Dios había tambaleado en sus manos. La cristiandad, en camino hacia la apostasía, no ha obrado de otra manera al buscar el apoyo del mundo para mantenerse, en vez de humillarse y llevar luto.

Samuel, por reprensible que hubiera sido respecto a sus hijos, no los había honrado más que a Dios, como Elí. La petición de los ancianos: “Danos un rey que nos juzgue” (v. 6), era mala ante sus ojos. El desprecio al gobierno directo y a la gloria de Dios era lo que le afectaba. En su aflicción recurrió a la oración (v. 6). ¡Que el Señor nos permita seguir, en todas las circunstancias y diariamente, este ejemplo!

Y el Señor dijo a Samuel: “Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos. Conforme a todas las obras que han hecho desde el día que los saqué de Egipto hasta hoy, dejándome a mí y sirviendo a dioses ajenos, así hacen también contigo” (v. 7-8). Consuelo precioso dado por Dios a su servidor, en el momento en que él estaba sufriendo personalmente una disciplina provocada por los ancianos de Israel. Nada más consolador para su corazón que la seguridad de estar del lado de Dios, después de todo, y siendo rechazado Este, serlo él también. ¿No es un honor compartir el oprobio que el mundo lanza sobre nuestro Señor al desecharle? ¿Es de extrañar que obre de la misma manera con nosotros? Aunque disciplinó a Samuel, Dios lo identificó consigo mismo; mientras que su pueblo, teniendo la apariencia de juzgar el mal, se identificó con las naciones. Más vale ser un Samuel humillado, despreciado, solo con un Dios rechazado, que un Israel provisto de una fuerte organización exterior que le da la ilusión de poder arreglárselas sin Dios y obrar a su antojo, siendo en el fondo esclavo del mundo y de Satanás.

Ahora, pues, oye su voz; mas protesta solemnemente contra ellos, y muéstrales cómo les tratará el rey que reinará sobre ellos
(v. 9). 

El rechazo calificó a Samuel para un oficio nuevo: mostró de una manera clarísima lo que iba a suceder con el pueblo. El rey según el corazón de los hombres haría de ellos sus instrumentos para cumplir sus designios, yugo intolerable pero del cual no podrían librarse (v. 10-18). Del mismo modo, el mundo despoja enteramente a los cristianos que buscan su apoyo, y a cambio solo les da el sentimiento de su miseria sin compensación alguna. No concede su apoyo sino cuando uno acepta servirle. Este no es el yugo fácil y la carga ligera del siervo de Cristo, sino la angustia de una cruel servidumbre.

El pueblo advertido se negó a escuchar la voz de Samuel y prefirió seguir su propio camino; Samuel tenía al Señor como único recurso, y refirió todas las palabras del pueblo en sus oídos (v. 21).

Así, Dios se sirvió de la disciplina para fortalecer a su siervo, y luego, hacer de él un instrumento de nuevas bendiciones. Habiendo recibido la enseñanza divina, el que había establecido a sus hijos sin consultar al Señor esperó hasta que Dios le dijera: “Oye su voz, y pon rey sobre ellos” (v. 22).