Números
Números

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 35

Las ciudades de los levitas y las ciudades de refugio

En la tierra de Canaán, dentro de los límites que se acaban de trazar, cada tribu recibirá su posesión, excepto los hijos de Leví. Según la profecía de Jacob, estos debían ser dispersados en Israel a causa de la mala conducta de su padre (Génesis 49:7). Pero, por la gracia de Dios, este castigo se convertirá en bendición. Cuarenta y ocho ciudades repartidas en todo Israel serán atribuidas a los hijos de Leví. Cada tribu deberá darles algunas en proporción con su herencia. Así esos levitas, siervos de Jehová y de sus hermanos, encargados particularmente de enseñar la ley, serán llevados a ejercer un ministerio en beneficio de todo el pueblo.

A continuación se habla de las ciudades de refugio para el homicida. La ley en todo su rigor exigía la sangre por la sangre, independientemente de que esta hubiese sido derramada intencionalmente por odio o, al contrario, involuntariamente. Pero para responder a este último caso, Jehová había dado, junto con la ley, una promesa (léase Éxodo 21:12-13). Se había comprometido a proveer un asilo en el que el responsable de la muerte de otra persona fuera autorizado a huir para salvar su vida. Bella ilustración del refugio que Dios ofrece al pecador culpable. Ello nos recuerda que

el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree.
(Romanos 10:4)

¿Quién tiene derecho a refugiarse?

Bajo el aspecto profético, la ciudad de refugio para el homicida protege al pueblo judío que crucificó a su Mesías sin medir el alcance de su crimen (Lucas 23:34). Desde entonces, es guardado providencialmente por Dios lejos de su herencia, hasta el final del período actual, esto es, mientras Cristo es sacerdote según el tipo de Aarón.

De hecho, toda la humanidad es culpable de la muerte del Hijo de Dios. Pero, en su infinita misericordia, Dios ha dado al hombre un refugio contra su propia ira, y este refugio no es otro que la víctima misma. Jesús es Aquel “quien nos libra de la ira venidera” (1 Tesalonicenses 1:10).

Cristo, representado en este capítulo a la vez por la víctima y por la ciudad de refugio, también lo es por el sumo sacerdote, cuya muerte señalaba el momento del retorno del homicida a la tierra de su posesión en plena seguridad (v. 28).

El versículo 31 afirma que ningún rescate, por elevado que fuese, podía sustituir, para el homicida, al medio de salvación que Jehová había provisto. Ni dinero, ni oro (1 Pedro 1:18), como tampoco las buenas obras (Efesios 2:9) pueden reemplazar para el pecador la cobertura que halla en Jesucristo.

En ningún otro hay salvación…
(Hechos 4:12)