Capítulo 27
La audacia de la fe
Ayer vimos que se debía hacer el censo de los hombres únicamente. Sin embargo, he aquí algunas mujeres a las que se les dedica todo un párrafo y, más adelante, todo el capítulo 36. ¿Qué tienen de notable esas cinco hijas de Zelofehad para que se hable tanto de ellas? Podrían parecernos descaradas por atreverse a presentarse ante Moisés, Eleazar, los príncipes y toda la asamblea, para reclamar una parte de la herencia. ¿No se trataría otra vez de murmuraciones como las que tan a menudo se habían oído en medio del pueblo? ¡En absoluto! Las murmuraciones expresaban el pesar que se sentía por la pérdida de lo que se dejaba atrás, en Egipto, mientras que la petición de estas mujeres surge por el apego que tienen hacia lo que hay por delante: la tierra prometida. Por eso el mismo Jehová lo aprueba abiertamente. Como respuesta a Moisés, quien “llevó su causa delante de Jehová”, declara:
Bien dicen las hijas de Zelofehad.
(v. 7)
¡Qué ejemplo dan ellas a quienes han tenido padres cristianos! Preguntémonos si “la herencia de nuestros padres”, lo que era el objeto y la ferviente expectación de las generaciones precedentes, posee el mismo atractivo y tiene el mismo precio para nuestro corazón (comp. con 1 Reyes 21:3).
Llamamiento de Josué para suceder a Moisés
En este pasaje Jehová habla con su siervo Moisés sobre el final de su carrera. A causa del error que Moisés cometió junto a las aguas de Meriba, no le será permitido introducir al pueblo en la tierra prometida. Lo que enseguida inquieta al siervo de Dios, es que Israel podría quedar sin conductor. En lugar de pensar en sí mismo, intercede nuevamente en favor del pueblo pidiendo que este no sea cual rebaño sin pastor (v. 17). El mismo pensamiento ocupaba el corazón del Señor Jesús. Contemplémosle en Mateo 9:36: “Tuvo compasión” por las multitudes que lo rodeaban, “porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor”. Sin embargo, ¿no estaba él, el buen Pastor, en medio de ellas? Sí, pero no lo querían.
Como respuesta a la petición de Moisés, Jehová designa a Josué, “hombre en quien está el Espíritu” (v. 18, V. M.). En el interior de la tienda, fuera del campamento, desde su juventud Josué había aprendido a conocer a Jehová (Éxodo 33:11). Más tarde cumplió con fidelidad una misión de alta confianza: la exploración de la tierra prometida. En fin, como Moisés en su tiempo, Josué también fue formado durante cuarenta años en la escuela del desierto, la larga escuela de la paciencia. Solamente entonces Dios lo llama para el servicio que le tiene reservado, el de introducir al pueblo en Canaán.
