Capítulo 11
Quejarse del maná
En su ingratitud el pueblo se queja y Jehová lo castiga. Pero esta lección no basta. La codicia, condenada por el décimo mandamiento de la ley, se enciende en medio del pueblo influenciado por la gran multitud de “gente extranjera” salida de Egipto con Israel (v. 4; Éxodo 12:38). ¿Dónde están los alimentos que comíamos de balde en Egipto? El pobre pueblo ha olvidado los ladrillos, la paja y lo caro que el opresor le cobraba lo poco que le daba. Esos manjares de Egipto: puerros, cebollas, ajos, etc., por lo general tienen un sabor fuerte que excita el apetito, pero no son nutritivos, y a veces indigestos. La gente de este mundo, ¿de qué alimenta su espíritu? De lecturas y espectáculos a menudo frívolos, atractivos para la carne pero sin beneficio para el alma, los cuales, al contrario, ¡hacen mucho daño!
Israel recuerda aquellos alimentos porque para él el maná ha perdido su exquisito gusto a “hojuelas con miel” (Éxodo 16:31). Ahora tan solo es una torta con sabor a aceite; pronto lo llamarán abiertamente un pan liviano (cap. 21:5). Queridos amigos, si se nos tienta con los “manjares” del mundo, hagámonos cada uno la siguiente pregunta: ¿No será que la Palabra ha perdido su sabor para mí? El Señor Jesús prometió:
El que a mí viene, nunca tendrá hambre
(Juan 6:35).
Desánimo de Moisés, su petición
¡Aquí vemos a Moisés desanimado! Reprocha a Dios el peso de todo ese pueblo (v. 11), él, que al final del capítulo anterior hablaba triunfalmente de los “millares de millares de Israel”. Es cierto, Moisés no podía cargar solo con ese pueblo, ¡pero precisamente no estaba solo! Jehová mismo llevaba a Israel “sobre alas de águilas” (Éxodo 19:4) y en sus brazos paternales (Deuteronomio 1:31).
El Salmo 106 evoca este triste episodio:
Bien pronto olvidaron sus obras… Se entregaron a un deseo desordenado en el desierto… y él les dio lo que pidieron, mas envió mortandad sobre ellos.
(v. 13-15)
Esto encierra una verdad muy seria. Cuando insistimos en obtener lo que Dios no quiere darnos, puede suceder que finalmente nos lo conceda, pero acarreando consigo unas consecuencias desastrosas; así sucedió con Israel (v. 19-20, 33). En el Salmo 106 algunas versiones traducen “flaqueza en sus almas” por “mortandad”. La flaqueza (consunción), según el diccionario, es un adelgazamiento y debilitamiento progresivos. Un debilitamiento de nuestras almas, ¿no es más serio incluso que una enfermedad? Que Dios nos ampare de esas codicias “que batallan contra el alma” (1 Pedro 2:11), enseñándonos a contentarnos con lo que él nos da y con lo que, en su conocimiento perfecto, ve bien en negarnos.
Los 70 ancianos establecidos
Según su petición, Moisés es relevado de una parte de sus responsabilidades, las cuales pasan a manos de setenta ancianos. Ya, en el capítulo 4 de Éxodo, Aarón le había sido designado como auxiliar para “servirle en lugar de boca”. Resulta humillante pensar que a veces nuestra falta de fe obliga al Señor a dar a otros una parte de nuestro trabajo. Los ancianos son convocados a reunirse junto a la tienda, donde el Espíritu viene sobre ellos.
Allí se enteran de que dos de estos hombres, Eldad y Medad, se han quedado en el campamento y están profetizando. Josué quisiera impedírselos (comp. con Lucas 9:49). Pero para Moisés esto es motivo de gozo. Pablo también se regocijaba al ver que el evangelio era predicado, aunque algunos lo hacían “por envidia y contienda” (Filipenses 1:15-18). Si Dios nos ha mostrado el camino de separación “fuera del campamento” religioso de la cristiandad, guardémonos de juzgar con un espíritu de superioridad a los creyentes quizá más piadosos y entregados que nosotros, quienes no han comprendido esta separación. Todo cuanto poseemos o conocemos lo debemos a la pura gracia de Dios.
Uno puede imaginar lo que rápidamente llegó a ser del montón de codornices bajo el sol del desierto. Gálatas 6:8 nos advierte que
el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción.
(Gálatas 6:8)
