Capítulo 19
El sacrificio de la vaca alazana
El sacrificio de la vaca alazana ocupa un sitio aparte en medio del libro del desierto, porque precisamente solo está previsto en figura para las necesidades del mismo. Como los otros sacrificios, este representa en ciertos aspectos la persona y la obra de Cristo. Esta vaca alazana, perfecta, sin ningún defecto, y que nunca había llevado yugo, evoca a Aquel que fue la víctima sin mancha y no conoció, como nosotros, el terrible yugo del pecado. Cuando la víctima había sido degollada fuera del campamento, se hacía aspersión de su sangre delante del tabernáculo de reunión (v. 4). Luego era quemada totalmente. La grosura no se ofrecía a Jehová y el sacerdote no comía porción alguna. Por el contrario, las cenizas se recogían y proporcionaban una abundante provisión de agua de purificación, suficiente para lavar todos los pecados de todos los israelitas durante toda la estancia en el desierto. Este sacrificio no corresponde, como los de Levítico 4, a las necesidades de los inconversos, sino a las de los creyentes cuando estos hayan fallado. La obra de Jesús, cumplida una sola vez, es suficiente para purificar de sus pecados y mantener en la comunión a sus redimidos expuestos a la contaminación. El Espíritu Santo aplica por la Palabra (el agua) el recuerdo de los sufrimientos de Cristo (las cenizas) a la conciencia y al corazón del creyente caído.
Purificación necesaria después del contacto con el pecado
La virtud del agua que contenía las cenizas de la vaca respondía a las múltiples ocasiones de contaminarse al caminar en el desierto. Tocar un muerto o un simple hueso humano corresponde, para nosotros, al contacto con la corrupción y la violencia de este mundo. La carne puede exteriorizarse en la familia (la tienda: v. 14) y entonces, ¡cuidado con los hijos, estas “vasijas abiertas”, fácilmente escandalizados! (v. 15; Lucas 17:2). Ella puede aparecer fuera, en nuestro trabajo (los campos: v. 16). Un pequeño fraude, una maledicencia, una palabra insensata o un chiste indecoroso (Efesios 5:4) pueden formar una lista de esos “huesos humanos”, manifestaciones carnales sobre las cuales a menudo pasamos sin prestarles la menor atención. ¡Pues bien!, el creyente se mancha por medio de semejantes faltas. Estas no parecen ser muy graves a ojos de los que no conocen a Jesús. Pero nosotros que lo amamos las tomamos en serio porque sabemos que, para expiar tan solo la más mínima de ellas, fueron necesarios sus sufrimientos y su muerte. En cada ocasión debemos renovar aquello que corresponde a ese largo trabajo de purificación: juzgarnos a nosotros mismos a la luz de la Palabra de Dios y experimentar la eficacia de la obra de Cristo.
