Capítulo 33
Retrospectiva del camino recorrido
Llegados a la frontera del país, Moisés y los hijos de Israel son invitados a mirar hacia atrás. ¡Cuánto camino han recorrido desde la gran noche de la pascua! Al lado de unas felices y hasta gloriosas etapas –Pi-hahirot y el paso del Mar Rojo, Elim con sus fuentes y sus palmeras–, cuántos nombres sonaban dolorosamente: Sin y sus murmuraciones, Refidim y sus altercados, el Sinaí con el becerro de oro, Kibrot-hataava con las codicias y el triste asunto de las codornices… Estas etapas jalonan miserablemente el trayecto del desierto como lecciones necesarias para enseñar a Israel –y a cada uno de nosotros– a conocer poco a poco su malvado corazón. Sin duda, el pueblo hubiese deseado borrar algunos de estos nombres de su itinerario. Moisés hubiese tenido razones personales para silenciar lo de Cades, con las aguas de Meriba. ¡Pero eso no era posible! No podemos hacer desaparecer nuestra historia, incluyendo las faltas pasadas, como tampoco podemos volver atrás para retomar una sola hora de nuestra existencia. Lo que sí podemos hacer es recordar las lecciones aprendidas en el camino, la paciencia y la misericordia de Aquel que nos ha perdonado todo.
Dios vio y contó todo
Desde hace mucho tiempo el viento del desierto ha borrado las pisadas del largo peregrinaje. Pero en el Libro de Dios cada paso ha sido anotado:
Salieron… y acamparon… salieron… y acamparon.
(v. 5-49)
Unos pocos versículos rápidamente leídos resumen cuarenta años y un número igual de etapas, de las cuales muchas no son mencionadas sino aquí. Pero aunque no sepamos nada más, a Dios le pareció bien inscribir cada nombre en su santo Libro, como para recordarnos este versículo conmovedor:
¿No ve él mis caminos, y cuenta todos mis pasos?
(Job 31:4)
Para nosotros también, el tiempo ha borrado el recuerdo de la mayor parte de nuestro pasado. ¿Podríamos contar todo lo que hicimos ayer sin olvidar ni el más mínimo detalle? Ciertamente no, pero el Señor lo sabe todo. Nada se le ha escapado. Existe como una especie de película de nuestra vida. En el “tribunal de Cristo” (2 Corintios 5:10) esta será proyectada ante nuestros ojos en la plena luz de Dios. ¡Qué pensamiento más serio! Si ello sucediera ahora, ninguno de nosotros podría soportarlo. Pero estando cerca de Jesús, no conoceremos la vergüenza ni tendremos temor de ningún juicio. Allí solo habrá sitio para el sentimiento indecible de la grandeza de su gracia, fuente de una eterna adoración.
