Números
Números

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 13

Envío y regreso de los 12 espías

El pueblo va acercándose a la tierra prometida. Moisés envía a doce hombres con la misión de explorar el país y volver trayendo informes y frutos de allí. Son necesarios cuarenta días para realizar este reconocimiento. Los espías suben a Hebrón, lugar que ya conocemos; allí Abraham compró la cueva de Macpela para sepultar a Sara. Vuelven trayendo un racimo de uvas tan pesado que se necesitan dos hombres para cargarlo en un palo.

El cielo es la tierra prometida para nosotros. Como Israel, nosotros todavía estamos en el desierto, imagen de este mundo. No hemos visto la herencia en la cual Dios quiere introducirnos. Pero hay quien la conoce y puede hablarnos de ella: el Espíritu Santo, que nos ocupa con las cosas celestiales. Así como el racimo de uvas aportaba una prueba palpable de la riqueza del país, el Espíritu nos da las “arras”, esto es, el sabor anticipado de los goces del cielo. Nos hace conocer las cosas de Dios (1 Corintios 2:12). Toma de lo que es de Cristo y nos lo comunica (Juan 16:14). Aunque todavía estemos en el mundo que moralmente es un desierto para el alma, podemos ocuparnos con Aquel que no hemos visto, pero a quien amamos (1 Pedro 1:8).

Lo que cuenta no es la mayoría

Habían salido doce exploradores: uno por cada tribu. Cuando se pusieron en camino nada distinguía a los unos de los otros. Pero los cuarenta días de viaje pusieron a estos hombres a prueba (el número 40 en la Biblia habla de una puesta a prueba). De regreso cada uno muestra lo que hay en su corazón. ¿Cuál es el resultado? Diez son incrédulos; solo dos, Josué y Caleb, confían en Dios. La fe conoce al Señor y aprecia las circunstancias desde el punto de vista de Dios; la incredulidad, por el contrario, las mide según dimensiones humanas y se detiene ante obstáculos visibles. Los gigantes, hijos de Anac, no eran imaginarios, como tampoco lo eran las altas murallas. Pero el error de los espías incrédulos era fijarse en su propia pequeñez y preocuparse por lo que esos enemigos pensaran de ellos (v. 33 final). Era a Jehová a quien debían mirar. Josué y Caleb no tienen vergüenza de declarar su fe ante todos. Aprecian la herencia prometida e instan a sus hermanos a que se apoderen de ella. Hermoso ejemplo, ¿no es verdad? ¿Formamos parte de los que recomiendan “el país” o de quienes desaniman a las almas para que no sigan a Jesús?

No estar de acuerdo con la mayoría siempre es difícil y a veces peligroso. El pueblo quiere apedrear a los dos hombres (v. 10), pero ellos tienen a Dios de su parte.