Capítulo 14
Intercesión de Moisés – Juicio del Señor
Este pueblo me ha despreciado, declara Jehová (v. 11, 23). Al desprestigiar “la tierra deseable” (13:32; comp. con Salmo 106:24), en realidad desprecian a Dios mismo. ¿Cómo, pues, hemos de calificar la actitud de tantas personas que desprecian una dádiva que es el cielo mismo, y a un donante que es Dios mismo?
Nuevamente interviene Moisés, como en el caso del becerro de oro. Esta vez tampoco se deja tentar por la oferta de hacerlo jefe de una nueva raza (v. 12; Éxodo 32:10 final). Desarrollando un argumento irrefutable, recuerda a Jehová que la grandeza de su nombre está en juego ante las naciones. Luego, valiéndose de lo que ha aprendido a conocer de Dios y retomando sus propias palabras (Éxodo 34:6-7), le recuerda que él es lento para la ira y grande en misericordia; también le sugiere que precisamente es el momento de perdonar la iniquidad y la transgresión. Donde no existe falta, el perdón no tiene razón de ser. Pero el pecado del hombre, el mío y el suyo, ha ofrecido a Dios la ocasión de desplegar su gracia. Hijos de Dios, ¿conocemos a este Dios que perdona? Él es nuestro Padre y tenemos a su lado un abogado lleno de amor: Jesús, nuestro Salvador (1 Juan 2:1).
Cuando se quiere ser obstinado
En medio de esta triste escena, cuánto consuela poder considerar a Josué y Caleb. En ellos “hubo otro espíritu” (v. 24, 30). Por tanto, no perderán su recompensa. De toda su generación, solo ellos entrarán en el país. Hasta allí tendrán que compartir la suerte del pueblo culpable: vagar cuarenta años por el desierto. Pero durante este largo peregrinaje, continuamente serán alentados por el recuerdo de la tierra que han visitado y cuyo fruto ya han probado.
Moisés anuncia la desagradable nueva. ¿Cómo reacciona el pueblo? Cuando Caleb exhortaba a que subieran osadamente y tomaran posesión de la tierra, habían querido volver a Egipto y hablaban de perecer en el desierto (cap. 13:30; 14:2). Ahora que el juicio los ha condenado a volver sobre sus pasos, camino del Mar Rojo, y que Dios anuncia que morirán en el desierto, quieren sustraerse al castigo y responden:
Henos aquí para subir.
(v. 40)
El corazón del hombre nunca está de acuerdo con Dios, principalmente cuando se trata de reconocer las faltas cometidas, de doblegarse bajo la disciplina y aceptar con humillación las consecuencias de sus pecados. A pesar de que Moisés les dice: “No subáis”, se empeñan en hacerlo y sufren una cruel derrota.
