Capítulo 16
Pretensión y rebelión
A la sombría historia del pueblo en el desierto se añade ahora otra página funesta. La epístola de Judas le da como título “la contradicción de Coré” (Judas 11). Este relato muestra hasta dónde puede conducir el “orgullo” del que se habla en el capítulo 15: una verdadera sublevación contra Dios. Coré es un levita de la familia de Coat. No contento con su noble servicio, ambiciona el sacerdocio que Jehová encomendó a Aarón y su familia. Desempeñar el servicio del tabernáculo y estar “delante de la congregación para ministrarles” (v. 9) no bastaba a Coré y sus cómplices. Puede suceder que ciertos cristianos tampoco se contenten con el servicio que el Señor les ha encargado. Quieren ser importantes, estar por encima de los demás. El apóstol Juan se ve obligado a denunciar a un tal Diótrefes, a quien le gustaba ser el primero en la iglesia (3 Juan 9-10). Un perfecto contraste con Aquel que “no vino para ser servido, sino para servir…” (Marcos 10:45)
En cuanto a Datán y Abiram, se atreven a aplicar a Egipto la expresión que designa al país de Canaán: “una tierra que destila leche y miel” (v. 13). Y el señorío de Moisés les parece insoportable (v. 13 final). Estos hombres son figura de la rebelión civil, mientras que Coré personifica la apostasía religiosa.
Parece que las lecciones no se aprenden
Coré se enalteció en su pensamiento (v. 1-2). Mas escrito está: “Cualquiera que se enaltece, será humillado” (Lucas 14:11). Los Proverbios confirman esta regla tan frecuentemente verificada en la historia de los hombres:
Antes del quebrantamiento es la soberbia…
(Proverbios 16:18)
Para los insurrectos, esta ruina no se hace esperar. ¡Qué escena más espantosa! La tierra misma se abre bajo sus pies; son tragados vivos con todas sus pertenencias. Moisés había advertido: “Apartaos ahora de las tiendas de estos hombres impíos” (v. 26), y fue lo que evidentemente hicieron los hijos de Coré. Supieron tomar partido por Dios más bien que por su padre, reconociendo así en él a un hombre malo. En efecto, el capítulo 26:11 nos informa que “los hijos de Coré no murieron”. Más tarde los encontramos como cantores y compositores de salmos, por ejemplo, el Salmo 84 donde su historia se da como resumen: “Escogería antes estar a la puerta de la casa de mi Dios (los coritas eran también porteros del templo), que habitar en las moradas de maldad” (v. 10). ¡Incluso si esas tiendas eran las de su propio padre!
Somos hijos de una raza culpable, pero si hemos creído, también seremos guardados de un juicio aún más terrible. ¡Cuán grande es la gracia de Dios!
La orden de separarse – Castigo divino
No solo “contra Moisés y Aarón”, ni “contra Jehová” (v. 3, 11), pecaron Coré y sus hombres. También lo hicieron “contra sus almas” (v. 38). Así mismo ocurre con los incrédulos: ¡serán víctimas de ellos mismos eternamente! Un castigo repentino acaba de caer sobre estos cabecillas, y Dios vela para que no sea olvidado. Sus incensarios, fijados en el altar, son como señal para los hijos de Israel (v. 38). A pesar de esto, al siguiente día todo el pueblo se junta y murmura nuevamente contra sus dos conductores. Primero se levantó un dirigente: Coré, juntamente con Datán y Abiram. Luego se unieron a ellos doscientos cincuenta hombres. Ahora se subleva toda la asamblea (v. 41). ¡Cuán influenciable es el corazón humano! Ya vimos cómo diez espías fueron suficientes para arrastrar a todo el pueblo (cap. 13). Por eso en Gálatas 6:7 se nos advierte:
No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará.
(Gálatas 6:7)
El castigo va a empezar. Como ocurrió en el versículo 4, Moisés y Aarón se postran sobre sus rostros; no pierden ni un minuto. Aarón, que había sido envidiado, insultado e injustamente acusado, hace propiciación por el pueblo con el único incensario válido. ¡Hermosa figura de Cristo, el supremo Intercesor!
