Números
Números

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 1

Un censo a fin de prepararse para el combate

Las instrucciones de Levítico conciernen al culto y a la comunión. A su vez, Números reanuda la historia del pueblo de Israel a través del desierto para hablarnos de otros aspectos de la vida cristiana: la marcha y el servicio. Jehová empezó por el censo (Números) de las tribus de Israel: soldados, levitas y sacerdotes. Cada uno tenía que declarar su filiación (v. 18). Más tarde, en el tiempo de Esdras, los que subirían del exilio tendrían que probar su ascendencia israelita. Y ciertos sacerdotes fueron excluidos de su servicio por no haber podido, por negligencia, hallar su “registro de genealogías” (Esdras 2:59-62). Queridos amigos, cada uno de nosotros debe saber si es o no es un hijo de Dios. Y debe estar dispuesto a declararlo ante los demás (Romanos 10:9). Pero, ¡cuidado!, israelitas eran todos aquellos cuyos padres pertenecían a una de las doce tribus. Mientras que hoy, una persona solo puede ser cristiana cuando personalmente cree en el Señor Jesucristo. Entonces pasa a formar parte de ese pueblo celestial, del cual Dios en su «registro civil» o libro de la vida tiene la relación perfectamente al día. Si usted viene a Jesús hoy, su nombre se escribirá allí.

A todos los que le recibieron… les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.
(Juan 1:12)

Comprometerse con el Señor

En ciertos países, veinte años todavía es la edad en la que los jóvenes deben cumplir su servicio militar. Al ser declarado apto para llevar las armas, el recluta se debe a su patria. Tiene que renunciar a su independencia y someterse a determinados deberes colectivos; aprende el respeto a sus superiores, el sentido de la disciplina, del deber, del honor; recibe entrenamiento para combatir… (Lucas 7:8). ¿Acaso esa “llamada a filas bajo la bandera” no tiene su aplicación espiritual para cada joven cristiano? Sin duda, no es al siguiente día después de su conversión que un “recién nacido” en Cristo está listo para “salir a la guerra”. La familia de Dios se compone de “hijitos”, de “jóvenes” y de “padres” (1 Juan 2:13). Y aunque todos son hijos de Dios, como en toda familia, cuenta con hijos de diferentes edades y con un desarrollo distinto; están unidos por una misma vida y tienen derechos idénticos, pero poseen capacidades y responsabilidades diversas. Sin embargo, debe producirse un crecimiento (comp. Lucas 2:40, 52). Llega un momento cuando el niño debe convertirse espiritualmente en un joven fuerte, con capacidad para vencer al maligno (1 Juan 2:14), luego en un hombre maduro según Hebreos 5:14. ¿Ya hemos llegado a ese nivel, o hemos progresado poco desde nuestra conversión?

¿Y qué de los levitas?

Todos los hijos de Israel censados en este capítulo habían atravesado el Mar Rojo el año anterior. Habían sido bautizados a Moisés en la nube y en el mar”, habían participado de todos los privilegios vinculados a la calidad de pueblo de Dios: el maná, el agua de la roca (1 Corintios 10:2-4, V. M.). Pero de los más de seiscientos mil contados del versículo 46, ¿cuántos llegarían al país? Dos solamente, en quienes Dios pudo hallar su agrado porque tuvieron fe (comp. 1 Corintios 10:5; Hebreos 11:6). En la multitud de los que hoy llevan el nombre de cristianos, solo el Señor sabe cuántas almas le pertenecen de verdad (2 Timoteo 2:19). Repitámoslo, no es el bautismo el que hace de alguien un miembro del pueblo de Dios, sino la fe en Jesucristo.

Los hijos de Leví no eran contados entre los hombres de guerra (v. 47). Esto nos enseña que la fuerza y el poder humanos no cuentan para el servicio del Señor. Sin embargo, notemos que en la actual dispensación el creyente debe asumir ambas funciones a la vez: la de soldado y siervo. Tiene que ser como Timoteo, apto para pelear “la buena batalla de la fe” (1 Timoteo 6:12), y al mismo tiempo como el joven Arquipo: listo para cumplir el ministerio que ha recibido del Señor (Colosenses 4:17).