Juan

Juan 11

Capítulo 11

Jesús se entera de que Lázaro está enfermo

Cerca del monte de los Olivos, no lejos de Jerusalén, se hallaba el pueblo de Betania, donde vivían Marta, María y su hermano Lázaro. Al Señor le gustaba refugiarse en casa de esta familia; el afecto del cual gozaba allí refrescaba su corazón constantemente entristecido por la incredulidad y el odio de los judíos. Allí Marta, siempre activa, le servía con abnegación, y María, sentada a sus pies, escuchaba su palabra; con ella Jesús tenía una comunión que no había disfrutado con ninguno de los suyos en un grado tan elevado. También era allí donde Jesús se retiraba por la noche en los últimos tiempos de su estancia en la tierra, una vez echado de Jerusalén por el odio de los judíos (Mateo 21:17; Marcos 11:11; Lucas 21:37); y, tal como lo veremos en el capítulo 12, fue allí donde María ungió sus pies con un perfume de gran precio.

Esta familia, tan profundamente vinculada al Señor y no menos amada por él, se vio afligida por la enfermedad de Lázaro. Como Jesús no estaba por allí, Marta y María le expresaron su dolor mandándole decir: “Señor, he aquí el que amas está enfermo”. No le pidieron que fuese a visitarlos; sabían que el amor del Señor no requiere ninguna invitación formal; estaban convencidas de que al enterarse de su pena, el Amigo divino acudiría para sanar al que amaba. Y no se equivocaban al contar con él: hermoso ejemplo de la confianza que podemos tener en un amor tan perfecto como el de Jesús. Pero las hermanas de Lázaro, y nosotros también, debemos aprender que lo que dirigía al Señor Jesús en su servicio no era en primer lugar su afecto por los suyos, sino precisamente la obediencia a su Padre. Jesús era el hombre perfecto, el siervo perfecto, porque obedecía y cumplía siempre la voluntad de Dios. En las circunstancias que la familia de Betania atravesaba, no era la voluntad de Dios que Jesús impidiese la muerte de Lázaro. Debía cumplirse una obra más grande que una curación, para que la gloria de Dios fuera manifestada por la resurrección de Lázaro, y que por ella el Hijo de Dios fuera glorificado. Para lograr tal objetivo, la muerte de Lázaro era imprescindible.

Cuando Jesús oyó el mensaje de las dos hermanas, respondió:

Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella (v. 4).

Por lo tanto, si Jesús no partió enseguida, no fue por indiferencia, pues el versículo 5 dice: “Y amaba Jesús a Marta, a su hermana y a Lázaro”. Por encima de todo, Dios debía ser glorificado y quería glorificar a su Hijo mediante el triunfo de la vida sobre la muerte. En efecto, ¡qué gloria resplandece, ante esta tumba, para el Hijo de Dios despreciado y odiado por los hombres! El hombre se encontraba bajo el imperio de la muerte, y Dios quería mostrar el poder por el cual le libraría de ella; esto no podía hacerlo por medio de una curación. Por eso envió a su Hijo a este mundo. Le dio la facultad de tener la vida en sí mismo, como Jesús lo dice a propósito de la curación del paralítico de Betesda en el capítulo 5: “Porque el Padre ama al Hijo, y le muestra todas las cosas que él hace; y mayores obras que estas le mostrará, de modo que vosotros os maravilléis. Porque como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida” (v. 20-21). La resurrección de Lázaro es una obra mayor que la curación del paralítico.

Después de enterarse de la enfermedad de Lázaro, Jesús permaneció dos días más donde estaba. Aunque no respondiera a la noticia de las hermanas de Lázaro, el corazón del Señor no era indiferente a su dolor, aumentado aún por el retraso de su llegada, el que sin duda no lograban explicarse. En su perfecto amor, Jesús sufría por parecer insensible a la pena de ellas; pero, por encima de todo, quería obedecer a Dios. ¿Acaso no había dicho al entrar en el mundo: “He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad”? (Hebreos 10:9). ¡Qué ejemplo más perfecto nos da en esta circunstancia, al igual que en todo lo que hizo! Siempre debemos tratar de complacer primero a Dios, preguntándole cuál es su voluntad, antes de dejarnos dirigir por nuestros afectos, nuestra simpatía o alguna otra circunstancia, pues su voluntad –y solo ella– debe conducirnos en el camino de la obediencia.

Transcurridos dos días, Jesús dijo a sus discípulos: “Vamos a Judea otra vez”. Como los discípulos no pensaban en la pena de la familia de Betania, le respondieron: “Rabí, ahora procuraban los judíos apedrearte, ¿y otra vez vas allá? Respondió Jesús: ¿No tiene el día doce horas? El que anda de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero el que anda de noche, tropieza, porque no hay luz en él” (v. 7-10). Para Jesús, el tiempo durante el cual cumplía la voluntad de su Padre en la tierra era el día; avanzaba sin tropezar, sin dejarse desviar por sus vínculos con la familia de Betania, ni por el odio de los judíos y la muerte segura que le esperaba. No solo veía la luz, siendo hombre obediente, sino que él mismo era la luz de la vida. Si procuramos hacer solo la voluntad de Dios, entonces nosotros también, en la práctica, andaremos en la luz, y nada podrá desviarnos de ella.

“Les dijo después: Nuestro amigo Lázaro duerme; mas voy para despertarle”. Al no comprender que Jesús se expresaba así para hablar de la muerte, le dijeron los discípulos: “Señor, si duerme, sanará”. Ellos no comprendían que, para Aquel que tiene el poder de resucitar a los muertos, la muerte no es más que un sueño. Ni ellos, ni Marta, ni María conocían a Jesús como la resurrección y la vida. “Entonces Jesús les dijo claramente: Lázaro ha muerto; y me alegro por vosotros, de no haber estado allí, para que creáis; mas vamos a él” (v. 14-15). El Señor se regocijaba pensando en las ventajas que tendrían los discípulos al ver el poder de vida desplegarse en el dominio de la muerte. Este milagro los llevaría a creer en él, ya no solo como Mesías, sino como Hijo de Dios venido para traer la vida al seno mismo de la muerte, en la cual se encontraban y aún se encuentran todos los hombres, mientras están en su estado natural. Lázaro, muerto, es figura de ello.

Tomás, al ver que su Maestro estaba decidido a ir a Judea, mostró su amor hacia él diciendo: “Vamos también nosotros, para que muramos con él”. Dios tuvo mucho cuidado en darnos a conocer esta declaración de Tomás, para que supiéramos que, si bien iba a mostrar incredulidad respecto a la resurrección de Jesús, lo amaba.

Jesús encuentra a Marta

Cuando Jesús llegó a Betania, Lázaro ya estaba en el sepulcro desde hacía cuatro días. La muerte había cumplido su obra; Jesús iba a cumplir la suya. Como Betania estaba cerca de Jerusalén (a unos quince estadios, aproximadamente tres kilómetros), muchos judíos habían venido para consolar a Marta y a María, según las costumbres orientales; estas circunstancias fueron dirigidas por Dios para que numerosos testigos presenciasen la gran obra que el Señor iba a cumplir (v. 17-19).

Marta, al saber que Jesús se acercaba, fue a su encuentro, mientras María permaneció en casa. Siempre activa y pronta para tomar la palabra, Marta dijo a Jesús: “Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto. Mas también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará” (v. 21-22). Era verdad; si Jesús hubiese estado presente, habría sanado a Lázaro; en Su presencia, la muerte no tenía poder sobre nadie. Sin embargo, Marta confiaba plenamente en Aquel a quien ella reconocía como el Cristo, para que él interviniera ante Dios a favor de ellas. Jesús le respondió: “Tu hermano resucitará. Marta le dijo: Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero”. Marta no albergaba la idea de que Jesús poseía el poder de vida en sí mismo y, por consiguiente, el poder de resucitar a los muertos. Al creer en la resurrección general en el día postrero, pero no en la resurrección de entre los muertos, ella no recibía el consuelo que necesitaba ese día. Hasta entonces, la presencia de Jesús no le había traído más de lo que traía a todo judío ortodoxo. Ahora bien, Jesús había venido no solo para cumplir lo concerniente a Israel, sino también a favor de todos los hombres. Luego dijo a Marta:

Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto? Le dijo: Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo (v. 25-27).

Entonces Jesús anunció a Marta que él era la resurrección y la vida, lo que, por la gracia de Dios, responde al estado de todo hombre; porque todos, judíos y gentiles, siendo pecadores, están bajo el poder de la muerte. Y para sacarlos de allí no basta sanarlos, sino que es necesario el poder que libera de la muerte y da la vida. Como Jesús es la resurrección y la vida, el que en él cree, aunque esté muerto, vivirá, será resucitado; y el que viva, el que se halle presente en su cuerpo, no morirá eternamente. Esto se verificará cuando el Señor Jesús venga y arrebate a la Iglesia y a todos los santos dormidos. Los creyentes fallecidos resucitarán primeramente, y los vivos serán transmutados, sin pasar por la muerte. Cuando Jesús aparezca en gloria para establecer su reinado, los testigos muertos entre el arrebatamiento de la Iglesia y aquel momento, serán resucitados. Los que aún vivan después de haber atravesado el terrible tiempo de la gran tribulación, no morirán; gozarán del reinado de Cristo sobre la tierra. He ahí las gloriosas verdades presentadas a la fe de Marta en las palabras y la persona de Jesús. Esto superaba infinitamente todo lo que ella, e incluso su hermana, habían comprendido en cuanto a la persona de Cristo. Cuando Jesús le dice: “¿Crees esto?”, ella contesta simplemente lo que su fe había percibido hasta entonces, a saber, que Jesús era el Mesías, el Hijo de Dios que había venido al mundo. Al no sentirse capacitada para sostener por más tiempo esa clase de conversación, comprende que lo que Jesús le dice se dirige más a María que a ella; por eso va a llamarla. En realidad, eran las palabras del Señor las que llamaban a aquella que se sentaba a sus pies para aprender de él. Cada uno de nosotros puede hacer una experiencia parecida. Cuando no nos hemos ocupado lo suficiente de la Palabra, si se nos hacen preguntas sobre la Palabra de Dios, muy pronto quedamos convencidos de quién de entre nosotros es más apto para responder. Para evitar semejante confusión, una pérdida para nuestra alma, es necesario dedicar más tiempo a la Palabra, sentarse, cual María, a los pies del Señor para obtener una porción que permanece, una riqueza eterna.

Jesús junto al sepulcro

Marta llamó secretamente a su hermana; esta se levantó inmediatamente y fue a Jesús, quien la esperaba en el lugar donde Marta lo había encontrado. Al verla salir de prisa, los judíos creyeron que iba al sepulcro, y la siguieron. María se echó a los pies de Jesús con el respeto que le inspiraba un conocimiento más profundo e íntimo de su persona. Igual que Marta, le dijo: “Señor, si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano” (v. 32). A pesar de la superioridad de María sobre su hermana en cuanto al conocimiento de Jesús y a la apreciación de su persona, el dolor provocado por la muerte de su hermano era el mismo para ambas: el fin de todo lo que uno puede disfrutar en la vida presente, hasta la resurrección en el día postrero. Pero para las dos hermanas, como para todos, el recurso está en Jesús. La resurrección y la vida estaban allí en su persona. Aquel que, a su juicio, les había ignorado en el momento oportuno, y con cuya simpatía aún contaban, iba a superar infinitamente todo lo que ellas esperaban de él.

Jesús entonces, al verla llorando, y a los judíos que la acompañaban, también llorando, se estremeció en espíritu y se conmovió, y dijo: ¿Dónde le pusisteis? Le dijeron: Señor, ven y ve. Jesús lloró (v. 33-35).

En presencia del dolor de María, Jesús no le enseña, como lo había hecho con Marta; da libre curso a su simpatía en una comunión que solo existía con ella. Pero en el corazón del Señor había más que simpatía para con Marta y María en el duelo; se añadían sentimientos producidos por el efecto de la muerte sobre los hombres incapaces de escapar de este rey de los espantos. “Se estremeció en espíritu y se conmovió”. Él mismo, el Dios creador, había colocado al hombre en esta tierra para que fuese feliz allí y viviera para siempre; pero, al entrar el pecado en este mundo, y por el pecado la muerte, el hombre se ve expuesto a los terrores de la muerte, sin defensa. En medio de este estado de cosas se encuentra Jesús, el Hijo de Dios, para sacar al hombre de debajo del poder de la muerte. Le vemos aquí, manifestando el poder de vida que está en él; sin embargo sabemos que para hacer valer este poder a favor de todos los creyentes, él mismo tendría que sufrir la muerte –juicio de Dios–, para librar de ella al pecador. Entraría en la muerte para volver a salir de ella vencedor, a fin de que, por la fe, todos participen de esa victoria.

En espera de ese momento, Jesús iba a mostrar que poseía en sí mismo la vida y todo el poder para liberar al hombre de las consecuencias terribles y eternas del pecado. Pero este precioso Salvador no obra con poder sin experimentar en su corazón todo el dolor causado por la muerte, con más realidad que aquellos a quienes esta había alcanzado. Después de preguntar: “¿Dónde le pusisteis?”, cuando los judíos le contestan: “Ven y ve”, Jesús lloró. «Ven y verás en qué ha parado tu criatura». Tal era para Jesús el significado de estas palabras. «Ve en dónde está el hombre, la obra maestra de tu creación; ve en dónde le ha hundido el pecado; hombre salido perfecto de entre tus manos, está en putrefacción». Comprendemos algo, muy poco por cierto, de todo lo que abrumaba el espíritu del Señor y lo que oprimía su corazón ante esta escena; él, apto para apreciar divinamente, con un corazón humano, las cosas tal como son en su realidad ante Dios. “Jesús lloró. Dijeron entonces los judíos: Mirad cómo le amaba. Y algunos de ellos dijeron: ¿No podía este, que abrió los ojos al ciego, haber hecho también que Lázaro no muriera?” (v. 35-37). En todos había el mismo pensamiento respecto a Jesús: solo veían en él el poder de retrasar el día de la muerte y no el poder victorioso de la vida sobre la muerte, para sacar de ella al hombre.

Este poder estaba allí, en la persona de Jesús, el Hijo de Dios, quien vino a este mundo conociendo la terrible condición en la cual se encontraba su criatura. Venido para simpatizar, llorar y finalmente liberar, lloró no solamente porque uno de los que amaba había expirado, sino porque todos los hombres estaban bajo el imperio de la muerte.

Un hecho digno de ser notado, que hace al Señor tan precioso para el corazón de los que pasan por el luto, es ver con qué actitud se presenta ante la tumba de Lázaro. No es la de un vencedor, aunque lo era; es la del hombre de dolor, que se adentra en las circunstancias de aflicción de aquellos a quienes viene a socorrer. No dice a las hermanas que están en el duelo que no lloren, pues va a resucitar a su hermano. Por el contrario, llora con ellas, y aunque la causa de su llanto superaba infinitamente la de Marta y María, experimentaba todo el dolor que provocaba en ellas la ruptura de los lazos naturales que él mismo había formado para la felicidad de su criatura. El Señor mostró su perfecta simpatía para que hoy en día –nosotros que atravesamos la escena de este mundo, en la cual la muerte viene constantemente a llamar a nuestra puerta y raptar a alguno de nuestros allegados– conociésemos todo lo que él es para nuestra consolación, mientras esperamos el glorioso momento de su retorno. Así conocemos a un Hombre que se halla en el cielo, Jesús, quien lloró en esta tierra en presencia de la muerte, quien mostró una perfecta simpatía, tanto humana como divina. Sabemos que él es el mismo; el lugar glorioso donde se encuentra no le distrae respecto a ninguna circunstancia dolorosa que atraviesen sus muy amados. Aún hoy es el mismo para consolar a todos los que, al hallarse en duelo, recurren a este corazón compasivo. Por eso podemos cantar, en medio del duelo como en cualquier aflicción:

Qué felicidad conocerte

A ti que no puedes cambiar…

Aun en el sombrío valle

Te mantienes muy junto a mí,

Y mi alma se consuela

Al sentirse junto a ti.

“Jesús, profundamente conmovido otra vez, vino al sepulcro. Era una cueva, y tenía una piedra puesta encima. Dijo Jesús: Quitad la piedra. Marta, la hermana del que había muerto, le dijo: Señor, hiede ya, porque es de cuatro días. Jesús le dijo: ¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?” (v. 38-40). El estado de corrupción de Lázaro solo servía para resaltar más el poder que Jesús tenía para vivificar.

Además, para el Señor no era más difícil resucitar un cuerpo en proceso de descomposición que un cuerpo que no lo estuviera. Los que ponen en tela de juicio la facultad de Dios para hacer surgir del polvo los cuerpos que a este han vuelto desde el principio, no creen que para Dios resulte tan fácil reunir el polvo de los que han muerto desde hace miles de años como resucitar a un hombre que acaba de expirar. En respuesta a la objeción de Marta –a saber: “Hiede ya”–, Jesús le recuerda que el que cree verá la gloria de Dios en resurrección. Mientras espera desplegar su poder a favor de todos los creyentes, la gloria de Dios sería manifestada mediante la resurrección de Lázaro. “Y Jesús, alzando los ojos a lo alto, dijo: Padre, gracias te doy por haberme oído. Yo sabía que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para que crean que tú me has enviado. Y habiendo dicho esto, clamó a gran voz: ¡Lázaro, ven fuera! Y el que había muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: Desatadle, y dejadle ir” (v. 41-44). No fue necesario desatarlo antes de resucitarlo; el poder vivificante de Jesús le hizo salir tal como estaba. Pero una vez vivo, para que pudiera andar, era preciso quitarle la mortaja.

Aquí vemos, como en todo este evangelio, que incluso si Jesús obra con su poder divino, siempre lo hace sujetándose a su Padre. Sabía que había sido oído, pero quería que la multitud fuera testigo de su dependencia y de su relación con su Padre en el despliegue de ese poder, para que creyera que Jesús era verdaderamente el enviado de Dios. Aún podemos resaltar que Jesús resucitó a Lázaro para que siguiera viviendo en la tierra, tal como Jesús antes de su muerte. Lázaro tuvo que morir otra vez, mientras que, el día en que Jesús resucite a los santos dormidos, los introducirá en el estado en el cual él mismo entró por su resurrección, y sobre el cual la muerte no tiene ningún poder. En 1 Juan 3:2 está escrito: “Seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es”. Lázaro fue semejante a Jesús en cuanto a su cuerpo, tal como lo era entonces, y nosotros seremos semejantes a Jesús tal como él está ahora, resucitado y glorificado, cuando seamos resucitados y transmutados.

El gran tema de este capítulo es, pues, Jesús, Hijo de Dios, la resurrección y la vida, quien tiene el poder de dar vida a los muertos. Ya hemos visto que este evangelio nos presenta el triste estado del hombre natural bajo tres figuras: su incapacidad para servirse de la ley (en el paralítico de Betesda, cap. 5); su estado de ceguera espiritual (el ciego de nacimiento, cap. 9); su estado de muerte moral (en Lázaro). Jesús, el Hijo de Dios, el enviado del Padre, es la respuesta de la gracia a la miseria total en la cual el hombre cayó por su propia culpa. ¡Qué objeto de adoración y alabanzas eternas resulta ser una Persona tan gloriosa, y qué eterno tema de agradecimiento el que haya venido a esta tierra!

Los jefes del pueblo declaran que Jesús debe morir

Muchos judíos, testigos de la resurrección de Lázaro, creyeron en Jesús. Pero otros fueron a informar a los fariseos sobre lo que Jesús acababa de hacer (v. 45-46). Después de haber sido informados sobre este milagro, en vez de ver en ello la gloria de Jesús y creer en él, convocaron al sanedrín (tribunal supremo de los judíos) para decidir qué hacer con Jesús. “Si le dejamos así” –dijeron–, “todos creerán en él; y vendrán los romanos, y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación” (v. 48). Según ellos, la gran tragedia sería que todos creyesen en Jesús. ¡Qué oposición a los pensamientos de Dios! Dios envió a su Hijo al mundo “a fin de que todos creyesen por él” (cap. 1:7), y para que los que creyesen fueran salvos.

Esta oposición a los pensamientos de Dios es la misma hoy, porque el mundo, en cuanto a los principios que lo gobiernan, es el mismo hoy que en los días en que Jesús fue rechazado. La oposición al Evangelio es la prueba de ello, puesto que anuncia a los hombres que todo el que cree en el Hijo de Dios, el Salvador, tiene vida eterna. En el caso de los jefes del pueblo, su odio contra Cristo provenía de sus celos al ver cómo su ministerio de gracia atraía a las multitudes, porque si todos llegaban a creer en él, ellos perderían su posición en medio del pueblo. Ellos deseaban, pues, la muerte de Jesús, pero alegaban como pretexto el temor a los romanos, quienes, sin embargo, no tenían por qué temer la influencia de Aquel que decía: “Dad a César lo que es de César”. Si todos hubiesen creído que Jesús era el Cristo, él hubiera establecido su reinado y destruido al imperio romano; esto es lo que hará precisamente cuando venga en gloria (Daniel 7:26-27). Caifás, sumo sacerdote, les dice: “Vosotros no sabéis nada; ni pensáis que nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca” (v. 49-50). Humanamente hablando, emite esta opinión por temor a que los romanos pusieran fin a la nación al ver los éxitos obtenidos por Jesús, lo que, según ellos, apartaría a los judíos del poder de Roma. ¡Pobre sabiduría!, pues la destrucción de la ciudad y del pueblo, por parte de Tito, cuarenta años más tarde, ocurrió como juicio de Dios precisamente porque los judíos habían rechazado a su Mesías. Mas por encima de las previsiones humanas, como Caifás era sumo sacerdote, Dios se valió de él para anunciar una gran verdad: “profetizó” –dice el autor del evangelio– “que Jesús había de morir por la nación; y no solamente por la nación, sino también para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos” (v. 51-52), para que un día los judíos, al mirar a Aquel a quien traspasaron y al creer en él, puedan disfrutar de las bendiciones prometidas que Dios, en su fidelidad, quiere concederles. Pero, en espera de la salvación de Israel, Dios quería cumplir una obra maravillosa en el mundo en virtud de la muerte de su Hijo. En el capítulo 1 está escrito: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”. Dios no quería que estos hijos permaneciesen aislados en este mundo, puesto que serían tomados de diversos países y razas; quería que, al poseer la misma vida, estuvieran unidos entre sí por el poder del Espíritu Santo, venido a la tierra tras la muerte y glorificación de Cristo. Todos los hijos de Dios, separados del mundo, forman una misma familia y, como vemos en los Hechos de los apóstoles y en los escritos de Pablo muy particularmente, constituyen la Asamblea de Dios. Por una parte, la maldad del hombre se manifestaba abiertamente y alcanzaba, con la muerte de Cristo, su punto culminante; por otra parte se verificaba la perfecta manifestación del amor de Dios y el cumplimiento de sus consejos. Desde ese día los jefes del pueblo procuraban matar a Jesús (v. 53).

La presencia de Jesús en la tierra manifestó el estado de perfecta ceguera moral en el cual estaban los judíos y en el que también se hallan hoy todos los hombres. Dios envió a su Hijo, quien a lo largo de su ministerio no cesó de probar su divinidad mediante el ejercicio de un amor incansable y de su poder en bondad. Sin embargo, tanto sus palabras como sus obras fueron rechazadas (cap. 8 y 9). Dios acababa de dar otro testimonio brillante acerca de su Hijo mediante la resurrección de Lázaro, cuyo cuerpo ya entraba en descomposición; era la vida llevada al seno mismo de la muerte, de la cual, con una palabra, Jesús arrancaba al hombre, por cuanto este era incapaz de sustraerse a ella. A pesar de ser testigos de este hecho y de la vida perfecta de Jesús, los judíos y la raza humana no ven en él más que a un hombre que merecía la muerte. Desde entonces el estado del hombre natural (como descendiente de Adán) fue manifestado: no podía reconciliarse con Dios, ni aprovechar los medios puestos a su disposición para liberarle de las consecuencias del pecado. Dios podía ejecutar sobre él su justo juicio. Pero, en su infinita gracia, fue su propio Hijo quien sufrió este juicio en lugar de los culpables, “para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. En la cruz, el hombre natural llegó a su fin en Cristo bajo el juicio de Dios; allí Dios acabó con él; un nuevo hombre, sacado de la muerte por la resurrección de Cristo, se encuentra en Cristo ante Dios. Tal es la porción del creyente mientras espera estar con Cristo y ser semejante a él.

Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas
(2 Corintios 5:17).

Desde entonces, “Jesús ya no andaba abiertamente entre los judíos, sino que se alejó de allí a la región contigua al desierto, a una ciudad llamada Efraín; y se quedó allí con sus discípulos” (v. 54).

Por este tiempo se preparaba la fiesta de la pascua, la última antes de la realidad que esta simbolizaba: la muerte del Cordero de Dios. De la región circundante, muchos subían a Jerusalén para purificarse, a fin de poder celebrar la fiesta. Buscaban a Jesús y se preguntaban si él también vendría, sin duda con la esperanza de verle hacer algún milagro. Poco se pensaba que en tal fiesta este Jesús, a quien deseaban ver, sería crucificado entre dos malhechores, porque “los principales sacerdotes y los fariseos habían dado orden de que si alguno supiese dónde estaba, lo manifestase, para que le prendiesen” (v. 57). El hombre firmó su sentencia de muerte al decretar la muerte de Jesús; pero, por el triunfo del amor de Dios,  allí donde “el pecado abundó, sobreabundó la gracia”.

Hoy en día las fiestas y las formas religiosas se observan nominalmente en honor a Cristo. Pero, prácticamente, él es excluido de la vida, de los afectos, de los pensamientos. La inmensa mayoría de los que practican la religión cristiana, en contraste con los demás cultos, observa sus formas con el fin de hacer méritos. No obstante, esas personas se resisten a creer que la única manera por la que un pecador puede ser agradable a Dios es aceptando a Jesús como su Salvador personal, separándose del mundo y llevando así su oprobio.